A raíz del ataque a cuchillazos que un alumno le propinó a su profesora de inglés en un colegio de La Florida, rescatamos este reportaje sobre maestros golpeados por discípulos que la periodista Sonia Lira escribió para la desaparecida revista Fibra en agosto del 2003.

Por Sonia Lira

Lo políticamente correcto es decir que animales y niños son las víctimas de los dueños del poder, es decir, los adultos. Indefensos, están a merced de quienes toman las grandes decisiones. Pero existen bestias peludas capaces de devorarnos al menor descuido y personitas que sin cumplir la mayoría de edad se pueden convertir en nuestra peor pesadilla.

Son las “criaturas”. Este parece ser un nombre apropiado porque provoca una extraña mezcla de ternura y horror. Como que se pone la piel de gallina cuando alguien habla de ellas. Sobre todo de sus travesuras, siempre inocentes y no imputables, pero en ocasiones capaces de enviar a cualquiera directo al hospital.

Así le ocurrió a R.S., contratada como “institutriz” –así decía el aviso en el diario- por una familia residente en La Dehesa. Debía ocuparse de 3 niños cuyas edades fluctuaban entre los 5 y los 9 años. El del medio tenía 7 y su máxima entretención era disparar los proyectiles de un moderno juguete contra las piernas de su tutora. Ella resistió los embates durante un par de meses pero como sufría de várices un día se vio obligada a partir a la posta para que le vendaran sus maltrechas pantorrillas. Y muy pronto debió operarse de urgencia, para loo cual no tenía un peso en los bolsillos, ya que tras los acontecimientos fue acusada de abandonar a los niños y despedida de su trabajo.

Su caso no es aislado. Cada cierto tiempo aparece en los diarios un llamado de socorro de un adulto que trabaja con menores. En mayo, por ejemplo, 120 trabajadores del Centro de Orientación y Diagnóstico de San Miguel decidieron tomarse el establecimiento porque se sentían sin protección frente a quienes debían proteger. Las amenazas de muerte eran lo más común, según denunciaron entonces.

Desde las alturas, las autoridades observan esta realidad como si fuera un pleito entre el gallo Claudio y su discípulo, el pequeño Gavilán pollero. “Son niños”, dicen, mientras los sumarios administrativos contra los funcionarios se acumulan en los estantes. Quizás el ministro de Educación haya cambiado de opinión luego de visitar en mayo el colegio Britania Cordillera, donde unos días antes, en pleno patio, P.V. apuñaló con mortales consecuencias a su compañero S.M. La primera reacción de Sergio Bitar fue un elocuente llamado a los responsables del establecimiento a aplicar el “Programa de Convivencia Escolar”, una de las invenciones de los creativos del ministerio para mejorar las relaciones internas de los establecimientos, que consiste en hacerlos dialogar y debatir sobre sus diferencias cara a cara. ¿Lo habrá puesto en práctica el ministro cuando los escolares descontrolados le hicieron conejitos con los dedos y le pegaron uno que otro cachamal, según se puede observar en las imágenes televisivas de su visita?

Y eso que un cachamal (golpe anónimo en la nuca) es sólo una niñería al lado de experiencias como la sufrida por Carlitos (55), auxiliar de un colegio particular subvencionado de Gran Avenida. El hombre fue amenazado en numerosas ocasiones con un tip-top por un alumno de 11 años cada vez que debía trasladarlo desde la sala hasta la inspectoría después de que la criatura había cometido alguna maldad y los profesores se lavaban las manos. Hasta que un día el chico rebelde cumplió su amenaza y algo más: enterró el útil escolar en la palma del funcionario y luego aprovechó la inclinación natural y dolorosa de su víctima ante la agresión para propinarle una patada en el trasero. Según un testigo, Carlitos renunció por la patada y no por las gotas de sangre derramadas. Fue una cuestión de honor.

Perseguido por Los Espectros

Felipe Berríos (28) se salvó de un linchamiento seguro gracias a una micro amiga. Los hechos ocurrieron durante una tarde otoñal del año pasado cuando Berríos se dirigía a su casa caminando por avenida Grecia luego de asistir a un curso de perfeccionamiento en el colegio subvencionado Cork, donde trabajaba como profesor de inglés. Acostumbrado a las aglomeraciones en los días de partido, no le extrañó ver como unos 40 jóvenes vestidos con camiseta de Colo-Colo se tomaron la calle. Después de todo era un sábado y Los Espectros –nombre de una facción de la Garra Blanca- marchaban rumbo al Estadio Nacional premunidos con palos y banderas. Pero su pesadilla comenzó cuando distinguió entre la hinchada a M.T., alumno de 16 años al que un par de días antes había puesto una anotación negativa en el libro de clases. El adolescente lo apuntó, masculló algo a sus camaradas y Berríos sintió sobre sí decenas de miradas ávidas de sangre. Los Espectros lanzaron su grito de guerra. En un primer momento pensó enfrentarlos. “Pero me di cuenta que eran muchos, y sus palos grandes. La gente adivinó las intenciones del grupo y, discretamente, se corrió. Entonces me puse a correr y tomé la primra micro estacionada en el paradero. De no ser por el chofer me linchan. Ni siquiera quise mirar hacia atrás”, cuenta el afectado. El lunes siguiente faltó a clases y el miércoles reapareció con una carta de renuncia en la mano. Su instinto le advirtió que abandonar ese colegio era una cuestión de supervivencia.

El protagonista de esta historia es profesor de Filosofía. Estudió en el Pedagógico y en el Arcis y suelen confundirlo con el cura Felipe Berríos, aunque el se declara, riéndose, “ateísimo”. Llegó al colegio York, ubicado en Peñalolén, para enseñar inglés a alumnos de 8º básico cuyas edades fluctúan entre los 12 y los 17 años. Su primer día de clases es inolvidable: “Los pollos y garabatos volaban”, recuerda. Sus tres antecesores tampoco resistieron el perfil del alumnado. “Me temo que el 90% va a ser delincuente. Muchos le hacen a la pasta base, y no creen en la educación como salida de la pobreza”, dice.

M.T. es, según Berríos, el caso típico del líder negativo porque “en la sala se reproduce la estructura de la pobla, donde sobrevive quien pega más fuerte”. El impasse que terminó con el cuasi linchamiento del pedagogo se originó luego que éste decidiera sacar al adolescente al patio y decirle en su lenguaje –“porque en estos casos los sermones no sirven”- que dejara de revolver el gallinero. Llegaron a un acuerdo, pero M.T. volvió a la carga apenas regresó a clases. Al profesor no le quedó más remedio que anotarlo, con las nefastas consecuencias relatadas. Por 24 horas de docencia le pagaban 180 mil pesos.

El caso del “pelito”

María Teresa Rogers es dueña de una voz trémula y de una vocación a toda prueba. Siempre lleva colgada una medalla que dice: “Para gallina, de pollos”. Se la regalaron sus ex alumnas de la Protectora de la Infancia, ubicada en Puente Alto. Allí educó a niñas en riesgo social de 12 y 13 años, algunas abusadas, otras embarazadas. Todavía sigue siendo para ellas la tía Tere. También fue reclutada por un colegio teresiano y por otro orientado a niños con problemas de inmadurez, parálisis cerebral y Síndrome de Down. Rogers cree a pie juntillas en la figura del profesor comprensivo, siempre dispuesto a poner la otra mejilla. “Tanto amor das, tanto recibes”, dice mientras saca tiernamente de su cartera la fotografía de una ex alumna que la torturaba con unas pataletas de terror, casi para expertos en exorcismo. La tía Tere no confiesa su edad pero da una pista: fui parte de la segunda promoción de Pedagogía Básica de la Universidad Católica. Experimentada, la prueba más dura que quizás ha debido enfrentar fue su paso por el Buenaventura, un colegio ligado al Opus Dei y orientado a niños que no soportan el estrés de los establecimientos tradicionales orientados a sectores acomodados. En otras palabras, alumnos-cacho. Rogers hizo un reemplazo en abril pasado como profesora jefe, y de castellano de un sexto y un séptimo básico, todo el paquete por una suma de 170 mil pesos.

Su debut no fue auspicioso. En la sala de clases colgaban carteles para que se fuera “Celia Cruz”, como la apodaron apenas cruzó la puerta. Ella resistió las más crueles agresiones. Dos de sus alumnos, por ejemplo, solían pasarse las manos por los genitales y luego acariciaban la cara de la confiada tía Tere. “El mal comportamiento del curso fue tema en el consejo de profesores. Fue denigrante porque no exisitó sanción. Sus padres pagan”, cuenta un administrativo. “¿Eso hacían?” cuenta la profesora Rogers con una ingenuidad infinita, y luego dice sólo recordar el episodio del “pelito”. El pelito era un vello púbico que una criatura pasó a otro compañero y éste se lo llevó a la señorita María Teresa. Las risas inundaron la sala. Estoica, conversó con el autor de la broma para indagar sus motivaciones, ligadas posiblemente a una “carencia afectiva”. La tía Tere se ganó al final el corazón de sus alumnos: “Terminamos comiendo en un McDonalds”, concluye con una especie de entusiasmo.

Piojo P., el discípulo

Jorge Iván Ríos (46) todavía no se repone de la paliza que recibió en su propia sala de clases. Mientras cuenta su experiencia, come avellanas para combatir el frío y gesticula nervioso. Su interlocutor puede pensar que está con la mente en otra parte, pero no. El profesor de pedagogía básica con mención en ciencias sociales sólo puede mirar por el ojo izquierdo. “Soy monocular”, dice. Ríos pertenece a un grupo de docentes en vías de extinción. Se autoproclama un maestro y a sus alumnos los llama discípulos. Fue precisamente uno de sus discípulos, el Piojo P. (14) quien lo mandó a la posta. Diagnóstico: lesiones múltiples y stress.

Los hechos se desencadenaron el 13 de julio pasado mientras Ríos explicaba a un quinto básico de la Escuela Nueva Esperanza de Puente Alto las diferencias entre un mapa político y uno topográfico. Su clase fue interrumpida por una discusión y pronto comenzó a “correr el chocolate” (sangre). El Piojo le estaba pegando a un compañero. “¡Suelta al niño, carajo!”, le gritó el profesor, pero éste le respondió con un rosario de garabatos y Ríos decidió enviarlo a inspectoría. Sin embargo, el adolescente partió a los estacionamientos y demolió a pedradas el cacharro del profesor. Luego se fue a su casa para contar cómo el viejo de ciencias sociales lo había agredido. Quince minutos después, su abuela, su tío y un amigo estaban en la escuela dispuestos a arreglar el asunto a su manera. En el Nueva Esperanza se dio la voz de alarma. Cerraron las puertas pero el grupo igual llegó hasta la sala. Lo que pasó a continuación es confuso. Hubo insultos de alto calibre, patadas y un revólver que alguien apuntó al cielo. El caso fue portada de un periódico de Puente Alto. Ríos quiere aprovechar esta oportunidad para agradecer a sus discípulos del 6º B –“arriesgaron su vida por defenderme”- y al Colegio de Profesores. El Piojo P. fue retirado de la escuela y su maestro decidió poner cadenas a la puerta de su casa. Por si acaso.

Payaso de la guarda

El Payaso era uno de los alumnos más conflictivos del Complejo Educacional Estación Central-. A mediados de los 90 se divertía bajándose los pantalones frente a sus profesoras y agredía a sus compañeros cuando era presa de ataques de furia. En una ocasión, el inspector Carlos Fonseca Mejías (60) le preguntó por su apodo y el Payaso rompió en lágrimas. “Sabe profe, soy así porque nadie me quiere”. Respondió. Y nació entre ambos una férrea amistad. Pasó el tiempo y el niño problema se convirtió en su ángel de la guarda, pues lo salvó de J.R. y su pandilla, cuyos integrantes acostumbraban a esperarlo cuando salía del colegio. Eran patoteros, provenían de poblaciones bravas y manejaban diestramente todo tipo de armas blancas. Durante un recreo, Fonseca sorprendió a J.R. golpeando a un compañero y lo paró en seco. “El chico me amenazó con que me las vería con sus amigos a la salida. Si no interfiere el Payaso, te aseguro, soy hombre muerto”. Con el tiempo, el inspector encontró un trabajo menos peligroso en el colegio Melford de Quilicura, pero todavía sueña que está en medio de una batalla de patitos malos y otro de rabiosos payasos.