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29 de Marzo de 2009

La vida entusiástica

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Es asombroso que esta genialidad sea la primera novela que un entonces veinteañero Charles Dickens publicó, y no porque sea perfecta a la manera en que son perfectas, por ejemplo, las novelas de su compatriota JaneAusten. Al contrario, “Los papeles…” es una novela desmedida, desprolija, pero en su exceso resulta fascinante e inolvidable.

Es una novela imperfecta porque hay cosas que parecen estar de más, como el aparataje cervantino de presentar el relato como la investigación de unos editores, procedimiento que el mismo Dickens va paulatinamente abandonando para concentrarse en narrar sin más las disparatadas aventuras de Samuel Pickwick, sus amigos y su ayudante Sam Weller. También sobran, a veces, las novelas intercaladas, que no son pocas, y uno que otro capítulo, como el antepenúltimo, que más bien estorba, aunque tal vez sea más correcto decir que distrae, y la distracción es la ley de Pickwick y sus amigos. Por eso, tal vez, es que hay también muchos asuntos y personajes que son dejados en el camino, sin que ello importe mucho. En efecto, la ley pickwiciana primera es la del movimiento perpetuo, el goce y “la observación del género humano en toda su variedad”, es decir la distracción, y si en narrar eso se producen olvidos o discontinuidades, qué importa: esta novela, como la vida, se parece más a un encantador terruño salvaje que a un rígido jardín municipal perfectamente estructurado.

Como queda dicho, narran los editores; en ellos, y en los personajes mismos, Dickens, a la manera de Tolstoi, mete sus reflexiones, máximas y pareceres sobre el bien, el hombre y la vida, lo cual al relato le da espesor reflexivo y el carácter moral que Dickens quiso siempre imprimirle a sus libros. No por nada habla el narrador del “encanto inestimable de unir la diversión a la enseñanza”.

En este afán pedagógico, el libro está lleno de personajes memorables, como Alfred Jingle, un caradura de habla entrecortada y humor socarrón que, hacia el final, termina convertido en una persona bondadosa, gracias a los efectos benéficos que acarrea el trato sostenido con Samuel Pickwick, hombre cuyos rasgos esenciales son la bondad, la sociabilidad, la torpeza corporal, la inteligencia, la magnanimidad, una moderada cólera y la entereza, rasgo este último tan fuerte que Pickwick se niega a pagar la indemnización que le exige una estafa montada por un grupo de abogados, aun cuando la rebeldía le cuesta pasarse una temporada en la cárcel, donde, dicho sea de paso, aprovecha de hacer nuevos amigos.

Tiene esta novela un final feliz, y esto, ya se sabe, es un lujo que se pueden permitir, sin caer en la condescendencia folletinesca, solo los grandes, tal como lo hace, por dar un ejemplo de otro ámbito, David Lynch en “Corazón salvaje”.

Aun inscribiéndose claramente en la tradición inglesa de novelas cervantinas –Fielding, Sterne, etc–, “Los papeles póstumos…” es bastante adelantada en procedimientos narrativos que después serían grito y plata. Por ejemplo, Dickens hace uso del estilo indirecto libre –es decir, del cambio inadvertido de la voz del narrador a la del personaje– años antes que lo hiciera Flaubert. Si hasta unas buenas dosis de surrealismo tiene esta novela, como la historia del anciano encarnado en una antigua silla de madera que habla y da consejos amorosos.

También es adelantada en sus cuestionamientos. Dickens esboza aquí críticas que van al callo de lo que tiempo después sería el capitalismo, y las descripciones de la burocracia de las oficinas públicas y los abogados –cuestión que llevó al extremo en la que tal vez sea su mayor novela, “Casa desolada”– adelantan a Kafka y explican por qué éste lo admiraba tanto. Pero no por ello es ésta una novela oscura ni desencantada, sino al contrario: todo en ella es “entusíastico”.

Sin duda, la verdadera protagonista de la novela es la amistad, expresada sobre todo en la relación de Pickwick con Sam Weller, una relación de muto cuidado y de sabidurías complementarias, a la manera del Quijote con Sancho, aunque sin los retos ni alucinaciones del uno ni el interés creado del otro que mostraba Cervantes.

Nabokov, que no prodigaba elogios a los clásicos sino más bien impugnaciones, dijo: “Sencillamente, hemos de rendirnos ante la voz de Dickens. Eso es todo”.

Y sí, eso es todo.

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