La columna de Pato Araya: “La cultura borracha”

la crítica, o en la condena, o en la simple preocupación frente a un hecho que, más allá de la connotación social que alcanza, bien podría tener repercusiones a largo plazo. Lejos de ser una forma “simpática” de introducirse en una nueva etapa de la vida, en el contexto de un paseo a la playa por un día, estos muchachos no sólo acaban obteniendo en esas jornadas el carnet de consumidores profesionales, también entran en un espiral de consumo irreversible que atenta contra su propia vida, encendiendo todas las alarmas sobre la calidad de su rendimiento estudiantil y su futuro desempeño profesional. No obstante, para la televisión esto es “simpático”, “anecdótico”, y no amerita mayor análisis; para los señores académicos, esto es “cosa de chiquillos”.
¿Qué impulsa a los universitarios chilenos a “tomarse” o “pitearse” el mundo? Tal vez sea el mero exceso de oferta de “chelas” y de pasto seco, o la necesidad de exorcizar la pena frente a la comprobación de que el ingreso a la universidad no es garantía de nada en esta vida, o la urgencia de ser felices y exitosos. ¡Quién sabe! Cualquiera sea la respuesta, no podemos evadir el fondo del asunto: el consumo de alcohol y drogas por parte de muchos universitarios, debería hacernos reflexionar; en especial, cuando dicho consumo termina instalándose como algo inocuo, sin mayores riesgos, lejos del daño irreparable que produce a nivel neuronal. O sea, termina siendo aceptado. No rechazado.
La ingesta excesiva de alcohol y drogas nunca debería obtener la legitimación social que muchos pretenden granjearle; así como tampoco lo debería hacer la violencia, en cualquiera de sus formas (verbal, física, sicológica). Sin embargo, hoy es posible comprobar una estrecha relación entre ambos factores. Cuando el consumo y la violencia acaban desarticulando la vida de algún joven, pocos se hacen la pregunta de dónde partió esa funesta relación. Los adultos (los padres) deberíamos ser capaces de anteponernos a estos escenarios hipotéticos. Una forma de lograrlo, es encender la alarma cuando corresponda, no cuando se incendie la casa, sino cuando compremos la primera caja de fósforos.
No facilitemos con nuestro dinero el acceso al consumo de nuestros hijos; démonos el tiempo de conversar con ellos, de explicarles que el mundo no se termina el 2012, y que el copete nunca se terminará, y que siempre los podrá esperar, y que todos aquellos que se pusieron la meta de acabar con él, perdieron la batalla y hoy yacen en un cementerio, y que los que creyeron que eran revolucionarios porque se fumaron un caño, sólo lograron deshacerse de algunos traumas y hacerse de otros, y que jamás ganaron una sola neurona en esa gesta, y que todavía no se dan cuenta de las tantas que perdieron. No les hagamos creer que es “choro” emborracharse. No aceptemos que pongan en riesgo su vida y su felicidad con la simple excusa de la libertad, cuando ni siquiera están preparados para ganarse el pan que se comen. No hagamos lo de la avestruz, seamos valientes y sinceros. No nos hagamos peregrinos de la cultura borracha.

PATRICIO ARAYA GONZÁLEZ
Periodista

The Clinic Newsletter
Comentarios