Pasé una noche en “Studio 54”, la fiesta +50 de Santiago Oriente: lo que encontré entre estufas, hits ochenteros y los paseos de la Tía Sonia
Más de 700 personas llegan cada fin de semana a una fiesta para mayores de 50 en Santiago Oriente, que mezcla hits de los 80 y 90, estufas a toda máquina y una pista donde conviven baby boomers, celebridades locales y una forma distinta de enfrentar la noche —y la edad. Aquí la experiencia de un periodista de The Clinic: "¿Así se ve tener 50 y salir de noche? ¿Cuidarse del frío sin dejar de bailar?", escribe.
Sigue a The Clinic en Google News Por Antonio Valencia 18 de Abril de 2026
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Estoy en la fiesta Studio 54. Nunca había visto tantas estufas en un club de baile. No eran dos ni tres: eran, al menos, una docena. Tampoco había visto tantos sweaters anudados al torso, colgando de los hombros como si el frío se negara a quedarse afuera.
¿Así se ve tener 50 y salir de noche? ¿Cuidarse del frío sin dejar de bailar? ¿Esto es adaptarse o resistirse? ¿Ellos están haciendo algo bien o soy yo el que todavía no entiende cómo se envejece sin rendirse?
“Bienvenido a la Jurassic Party”, pensé de inmediato, recordando el comentario de un amigo cincuentón -padre, pareja y con crédito limitado de salidas nocturnas-, que rechazó acompañarme tan pronto vio en Instagram los videos promocionales del evento.
No lo culpo. No cuando entre esos videos suena un encendidísimo tema de Chemical Brothers del ’99 y el público baila como si fuera una kermese de colegio, un matrimonio que recién comienza o un recatado mambo familiar.
“Paso”, me dijo otro amigo entrañable —un tipo de buena pinta que ya bordea los 50— cuando lo vi en el cumpleaños 49 de una colega, que terminó funcionando como previa. Yo, en cambio, tuve que irme mucho antes de las doce. Lo siento, tengo que trabajar. Y partí.
Sábado 11 de abril, 22:57 horas y el taxi de aplicación enfila desde Ñuñoa a Lo Barnechea, más al oriente de la capital y al borde de la cota mil, distante a 22 kilómetros desde mi punto de partida. El sitio al que voy queda un poco más arriba de la Plaza San Enrique. Es un punto de encuentro de las comunas de Lo Barnechea, Las Condes y Vitacura.
El reloj marca las once con veinte y en la fiesta solo para mayores de 50 donde abundan, a primera vista, adultos de entre 55 y 65, y no pocos baby boomers de 70 -y más- bajo el sonido de los ‘80 y los ’90.
No me siento en mi lugar. Me pregunto qué hago aquí y recuerdo cómo empezó todo.
La llamada
—“¿Cuántos años tienes?”
“Los suficientes”, respondí por WhatsApp.
—“Necesito saber tu edad. Te tengo una misión. Un reportaje. Hay una fiesta para +50. Es en dos semanas. Hablemos”, escribió mi editor, con un entusiasmo que no necesitaba explicación.
Antes de ir, hice la advertencia de rigor: “¿El productor sabe que esta nota tiene sus riesgos?”, dije por teléfono. Un vivencial, al final, no es más que una subjetividad con libreta. La respuesta fue corta: “Yo creo que sí. Trata de ser equilibrado. Y pásalo bien”.
Lunes 13, 10:41 de la mañana. Han pasado dos días desde la fiesta +50 y suena el teléfono. Estoy viendo un video de Iggy Pop, frenético e inagotable a sus 78 años, cerrando su show en Coachella metiéndose en un ataúd. Al otro lado está el editor.
—¿Qué tal estuvo eso?
Pienso un segundo.
“La fiesta no es para mí”, digo al fin. “No me gustó. Pero la gente se divierte, y eso importa. Había entre 800 y 900 personas pasándolo bien, a su manera, hasta las tres de la mañana. No es poco”, resumo. Y agrego: “Igual, eso de llamarse Studio 54 es pretencioso. Te obliga a comparar”.
Vamos desde el principio
Studio 54 es leyenda pura y literalmente dura de Nueva York. Un club de baile nacido en 1977 que fue epicentro de glamorosa extravagancia durante los 33 meses que resistió antes de ver a sus dueños tras las rejas por fraude tributario. Lo inolvidable fue la fiesta sin freno, justo en la ventana post píldora y antes de la explosión del sida.
Era el mejor club de la Gran Manzana montado donde hubo un estudio de TV y un teatro de opera. Performances irrepetibles, música disco, sexo en balcones, baños y el subterráneo, que estaba provisto hasta de colchones. Alcohol, cocaína, excesos, hedonismo, creatividad pomposa, libertad a destajo, refugio para la comunidad LGTB y también para famosos que se mezclaban con anónimos con onda, desplante o estética. Segundo hogar de la icónica “Disco Sally”, una incansable abogada de 77 años que no paraba de bailar. O de “Rollerena”, una drag queen sobre patines que de día era un empaquetado corredor de la bolsa.
Todo el mundo quería estar ahí. La pareja de Mick Jagger –frontman de los Rolling Stones– entró una noche sobre un caballo blanco, Andy Warhol era un habitué. Y una larga lista de celebridades agigantaron su fama de imperdible: Truman Capote, Bowie, Freddy Mercury, Grace Jones, Cher, Liza Minelli, Jack Nickolson, Stallone, Travolta, Elizabeth Taylor, Yves Saint Laurent y Carolina Herrera. O Diana Ross cantando en la última noche.
Todo era contracultura en Studio 54. Nada de eso se ve en Studio 54 chileno.
Hay un guiño a la entrada de la terraza de las estufas. Una drag queen llamada Diamond da la bienvenida ataviada con un penacho de fuego. Paso, y me concentro en la búsqueda de la DJ que quería ver y escuchar. Cecilia Amenábar, la modelo y conductora chilena exesposa de Gustavo Cerati.
Pone música de los 80 y 90 prácticamente desde que nació la fiesta, que —me entero ahí mismo— partió hace tres años. Pero me va mal. Amenábar pinchaba hasta la medianoche y, cuando llego, faltando media hora, ya no hay rastro suyo. Tampoco se entiende mucho la lógica: si es el nombre que encabeza el cartel, ¿por qué programarla tan temprano, justo antes de que empiece la verdadera hora peak de un sábado en la noche?
En fin. Recorro el recinto, hay otros dos ambientes, más oscuros, más prendidos. Uno mediano y otro más pequeño. Ambos están repletos, los dos con DJ, y ya sin estufas, la gente goza bailando y coreando a Soda Stereo, Charly García o Miguel Mateos.
De vuelta a la terraza aparece el primer rostro que me parece conocido.
–¿Eres Pilar Cox?
“Sí”, responde con una sonrisa quien fuera miss tanga 1979, actriz de telenovelas ochenteras y presentadora de televisión hasta comienzos de los 90. “Me invitó el dueño de la fiesta”, dice.
Cambio de camino y la música también va cambiando. Hubo un momento en que sonaron Paulina Rubio, Arjona y también “Ahora te puedes marchar”, de Luis Miguel. La gente lanzó un pequeño hervor que se esfumó cuando sonó Kiss. En el salón mediano de Studio 54 sonó “Soldado del Amor”, de Mijares, y otro extraño punto alto sacudió el espacio.
En la terraza, además de barra, mesas y comida, se bebe. A una señora se le pasó la mano con el espumante hasta un punto extremo discretamente ocultado por sus acompañantes. Y también se puede fumar en la terraza que, con tantas telas de lado a lado, lámparas y plantas colgantes, parece techada. La cajetilla de 20, adentro, cuesta 12 mil pesos.
Cuando la fiesta en la terraza se me hizo infumable, y eso fue temprano, decidí ir por una piscola: $7.200 en vaso plástico, como dicta la norma. Nada de vidrios para evitar accidentes en la pista.
Rumbo a conseguir el brebaje, aparece una garzona. Es lo más joven que hay a la redonda. Bordea los 20 años. Hay varias en el local. También un par de garzones. Ganan 40 mil, más propinas, por lo que en una noche fácilmente doblan y hasta triplican la ganancia. A diferencia de eventos juveniles, los mayores de 50 dan propina. Y los malos ratos con ellos son mínimos: “Algunos te abrazan un poco patudos, incluso estando con sus señoras al lado…”, cuenta una. “Una señora me dijo me daba propina solo porque yo era lindo”, comenta un garzón.
La competencia de los garzones son los tótems. Repartidos en pasillos o al borde de las barras, los totems son pantallas de autoatención y pago con tarjeta. Y ofrecen de todo. Pizzas grandes desde diez mil pesos, hot dogs a cinco mil, quinientos pesos más caro que una pizza individual o unas papas fritas. Item botellas: la de Whisky 98 mil pesos, vodka 80 mil, pisco de 40 grados 78 mil, ron o fernet 75 mil, espumante 42 mil, tinto o blanco 25 mil. Cervezas chicas a 4 mil. Agregado de chelada a 1.200. Y así. Spritz, tequila, shots. Pero también aparecen rarezas como café, té, koyaks pin pop y chupón de manjar, cada uno a 990 pesos. En otros artículos, encendedores y condones: la caja de tres vibra ribbed stimula vale 6.990.
Suena “Don’t You Want Me”, de The Human League minutos antes de las cero horas.
El local es muy amplio. Sumados los tres ambientes, tolera sin lio hasta mil personas. Se llama teatro Alicia, pero no es ni fue un teatro. Es el mismo local donde desde 1949 funcionó el restorán las Delicias del Arrayán. Una semana antes, la ticketera había vendido 800 entradas, según su productor. Todo un éxito.
Studio 54: La tía Sonia entre drags
Pasada la medianoche, tres drag queens revolucionan la terraza. Una es Diamond, otra vestida de rombos y con barba bien cuidada se llama Póstuma. Y la tercera concentra igual cantidad de solicitudes de fotos: su nombre es Tormenta La Emperatriz.
“¿Cómo se llama ella?”, le pregunto a una señora bien mayor que, emocionada, la pide una selfie: “Tormenta del desierto”, me dice, y enseguida cuenta que, al igual que su amiga, a la fiesta llegó gracias a que su hija le regaló la entrada.
Otros llegaron por comentarios de quienes ya vinieron, o porque algún familiar o amigo vio la promoción en redes sociales de “la mejor fiesta para mayores de 50”.
En una de esas promociones en Instagram, aparece el líder de los Rolling Stones, acompañado de su pareja caminando por la alfombra roja de los Oscar: “Mick Jagger a los 82 dando cátedra y tú todavía dudando en salir. Envíaselo a ese amigo que solo sale con orden judicial. La energía no tiene edad. El estilo no se jubila. No es nostalgia. Es vigencia”, se lee.
La noche avanza y ya no está Pilar Cox. Se ha ido mientras por los parlantes retumba “Funkytown”, un hit incombustible de 1980 de Lipps Inc. Su lugar en la mesa ahora lo ocupa la Tía Sonia, madre del héroe de Atenas, el olímpico Nicolás Massu. Se escucha “What Is Love” y a las 12:28, la Tía Sonia, en modo celebrity, posa para las fotos con Tormenta. Quince minutos más tarde, con Póstuma. La gente también le pide fotos a ella. Sonrisas, colores, maquillaje y música de fondo. A la fiesta llegó desde Viña.

“Súper bien todo. No conocía. Mi cuñada había venido una vez y me invitó. Un hijo mío vio la fiesta en redes sociales y me entusiasmó. Pagamos la entrada y listo. Llegamos muy temprano eso sí, como a los ocho, nos equivocamos. Impresiona el mar humano que llegó, mucha, mucha gente. Se pasó. Todo muy simpático, diferente: las drag queens, la gente. Un poco de frío eso sí. Hay estufas pero me puse chalas, jaj,a. Hay cositas por mejorar en la atención de la comida o el acceso a los baños, que para la gente que es mayor como una está para sacarse la mugre. Detalles. Está buena la idea. Tenemos derecho a divertirnos, a salir, a dar una vuelta. Y síganme en Instagram, jajaj, @tia_soniaoficial”.
La Tía Sonia se fue de Studio 54 a la una de la madrugada sin bailar en toda la noche.
Lo que siguió fue una mezcla de temas pop que se van mezclando en la cabeza. “Blue Monday”, de New Order, es una. Continúo en Shazam para identificar otras. “Missing”, de la ochentera banda Everything But The Girl, “I Say a Little Prayer”, de Diana King, “Lady” (Hear Me Tonight), de Modjo. En otro salón se escucha “Llámame, Si me Necesitas”, de Miguel Mateos, “Niña Engreída” de Viena y minutos después “Vamos a la Playa”, de Righeira, “María Magdalena”, de Sandra, otra de Luis Miguel y Paulina Rubio: “Yo no soy esa mujer”.
En uno de los salones oscuros, el mediano, una pareja parece incomodar con su estilo. Se trata de una especie de Tigresa del Oriente que baila desenfadada empujando su trasero sobre la entrepierna de su pareja, un galán cuya estampa hace recordar al vendedor de cómics de Los Simpsons, pero con pelo negro. Hay un evidente vacío a su alrededor. Pero ellos disfrutan, lo pasan bien, también a su modo.
¿Y si tener 50 es esto? ¿Y si yo también me veo así y no lo sé? ¿Ellos son distintos a como me imaginé que sería tener 50 o fui yo el que se contó una historia equivocada?
Cambio de salón. Se escucha “Gipsy Woman (She’s Homeless)”, de Crystal Waters (La Tigresa tiene un célebre notable cover), y pasadas las 2:30 de la mañana recién empieza a decaer el en número de feligreses. A la gente mayor le gusta madrugar. La música no se detiene, y poco a poco se van vaciando los ambientes.
“Mal Bicho” de los Cadillacs a las 3:37, “L’ombelico Del Mondo” de Jovanotti a las 3:39, “Walk Like an Egyptian”, de The Bangles, un minuto después. Tres de la mañana con cuarenta y un minutos y me rindo: estoy en la terraza debajo de una de las tantas y salvadoras estufas. El frío. La edad. La hora de cierre se anunció para las cuatro de la mañana. Decido el adiós y me despide “Ballroom Blitz”, de Sweet.
Pido el taxi y calibro lo ocurrido. Me voy para no volver. Pero eso da igual. Los gustos, aquí son otros. El bicho raro soy yo. Porque el teatro Alicia se llena igual. La fiesta es un éxito entre su público. La gente, que impresiona por la cantidad que asiste, disfruta, lo pasa bien, come, bebe y fuma sin que nadie moleste.
Recuerdo la entrevista radial –que hallé gugleando– donde Rita Cox le preguntó al productor de Studio 54, sincerando el mercado al que apuntaba, ya en 2023, un año después de la primera fiesta: “Mi público es de Santiago Oriente”, decía. “Por la sensación de inseguridad, cuesta que la gente se mueva de una comuna otra, y estamos en nuestro propio metro cuadrado. La gente de 50, 60 y 70 años solamente baila en sus casas, en cumpleaños de sus amigos o en los matrimonios. Lamentablemente es un target que no tiene opciones”.
El 9 de mayo es la siguiente fiesta. Diez mil pesos las primeras cien entradas. Treinta mil en puerta. Por cierto, no iré. Y a esta altura ya habré visitado un par de veces a Martín Huerta, el fotógrafo chileno amigo de Truman Capote que fue testigo de la verdadera juerga en Studio 54 de Nueva York. “Tengo todo escrito. Ya te lo paso”. Pero esa, claro, es otra historia.
Ahora solo pienso que prefiero morir con las botas puestas antes que convertirme en algo que no reconozco.



