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8 de junio de 2009

El escritor mediocre

Por

POR JAIME BAYLY

El escritor se ha resignado a salir en la televisión todas las noches porque sabe que carece de talento para ganar con sus libros el mismo dinero que gana en la televisión y porque sabe que carece de coraje para vivir pobremente, como viven o vivieron algunos escritores que admira.

La televisión es entonces una derrota moral para el escritor, el recuerdo permanente de su mediocridad. Lo que otros perciben como un éxito personal (lo que otros incluso le envidian) resulta para él un fracaso abrumador del que ya no tiene esperanzas de recuperarse, después de haber publicado diez novelas.

Si no ha podido ganarse la vida como escritor con diez novelas publicadas y traducidas a algunos idiomas, y si sus obligaciones económicas no tienden a disminuir sino a multiplicarse a medida que sus hijas crecen, parece altamente improbable (casi tan improbable como ganarse la lotería) que el escritor consiga emanciparse de las penosas servidumbres de la televisión (penosas al menos para él) y cumplir su sueño de retirarse a vivir del dinero que le procuren las ventas de sus libros.

Ya que está condenado a desempeñar ese oficio alimenticio (un oficio que, por cierto, podría ser mucho peor, porque después de todo le pagan por hablar, y por hablar sentado, y por hablar sentado cosas que a menudo no tienen el menor sentido, pero que son ocasionalmente divertidas), el escritor venga su probada mediocridad (una mediocridad que recuerda cada noche, mientras lo están maquillando) tratando de gozar, si cabe, de la hora o las horas en que alquila su rostro, sus palabras, sus sonrisas, su fatigada habilidad para seducir a los incautos y confundidos. Puesto que le parece inevitable prostituirse para que su familia y él vivan con una cierta comodidad, procura hallar placer en el meretricio intelectual o moral al que se ha abandonado. Dado que posa de bufón o francotirador (haciendo alarde de una inteligencia impostada o exagerada, simulando ser más inteligente de lo que él sabe que en verdad es, pues si de veras fuese inteligente se ganaría la vida como escritor y no como bufón), intenta que dicha postura histriónica no resulte del todo incómoda y, en lo posible, sea incluso placentera.

No por someterse al vértigo carnavalesco de la televisión todas las noches el escritor ha dejado de escribir. No por ganar más dinero del que nunca imaginó se ha sentido exonerado del deber o la urgencia de seguir escribiendo. Podría no escribir más: tendría en la televisión y sus lastres, yugos y humillaciones la coartada perfecta para dejar de escribir. Nada ni nadie lo obliga a seguir escribiendo. Ya no escribe novelas con la esperanza de que alguna de ellas se convierta en un éxito impensado de ventas y lo rescate de la cloaca o el prostíbulo que es para él la televisión. Sabe que es un escritor mediocre, sabe que sus libros nunca lo harán rico, sabe que no podrá vivir la utopía de renunciar a la televisión y retirarse discretamente a escribir, sabe que envejecerá impúdicamente en la televisión y algún día lo despedirán por viejo, calvo, aburrido y desdentado, y no por eso ha dejado de escribir todas las noches, al volver del programa (y a menudo para olvidar el programa).
Es decir que, siendo mediocre, sabiéndose mediocre, el escritor es sin duda alguna un escritor, o siente que está en su destino ser un escritor, o es al menos un escritor mediocre y obstinado, alguien que, a falta de verdadero talento, se refugia en el dudoso mérito de la terquedad.

Por alguna razón que le resultaría difícil de explicar, sabe con certeza que, si dejara de escribir y confinara su vida a la cárcel dorada de la televisión y sus fuegos fatuos, se despreciaría tanto que no encontraría razones para no matarse.

Se puede decir entonces que el escritor se aferra al hábito o al vicio de seguir escribiendo no por amor al arte ni porque albergue la ilusión de que sus libros sean algo parecido al arte, sino porque no quiere matarse, no todavía, quiere seguir estando vivo un tiempo más, entre otras razones para enterarse, si la fortuna le sonríe, de la muerte de ciertos escritores que se han tomado el trabajo de publicar críticas venenosas, una y otra vez, despreciando sus libros (los libros que, en el fondo, él también desprecia).

Parece claro, o al menos parece claro para él mismo, que el escritor no es ni será un artista, y que las razones o emociones turbulentas que lo precipitan a escribir son el instinto de supervivencia y la sed de venganza, de lo que podría concluirse (aunque esto es siempre debatible) que, además de ser un escritor mediocre, es una mala persona, alguien que se alegra cuando muere un escritor que se tomó el trabajo de publicar artículos mezquinos e insidiosos, menospreciando los libros que él publicó.

El escritor nunca ha contestado las críticas no por falta de valor sino porque a menudo coincide con ellas y porque le parece que la mejor manera de humillar a un enemigo es ignorarlo. No es tan tonto para creer que sus libros son obras de arte. Tampoco es tan autodestructivo para creer que podría haber escrito libros mejores. El genio literario no se halla escondido en sus genes (ni en los de sus críticos más sañudos), es tan simple como eso. Tal vez por eso mismo, cuando ha ocurrido el encuentro improbable entre el escritor y alguno de esos críticos que lo han atacado con virulencia, el escritor lo ha saludado con una sonrisa, le ha extendido la mano, ha fingido que no le guarda rencor y que tal vez es tan frívolo o despistado que no ha leído esas críticas venenosas contra sus libros. En esto, el escritor es también un mediocre, porque no consigue odiar a quienes lo odian o desprecian, sólo espera pacientemente a que esas personas se mueran antes que él, con eso se conforma.

¿Debería el escritor ser valiente y abandonar su oficio exhibicionista y altamente rentable en la televisión y condenarse (y condenar de paso a sus hijas) a una vida austera, frugal, espartana, a una vida que ya no recuerda porque hace veinticinco años trabaja en la televisión con el éxito que no ha podido conseguir con sus libros? ¿Debería imponer con egoísmo su visión ermitaña de la felicidad, contrariando y decepcionando a las miles de personas que prefieren verlo en televisión que leer sus libros? ¿Debería educar a sus hijas en la convicción de que una persona sólo debe trabajar en oficios de los que disfruta a plenitud, aun a expensas de ser pobre y someter a privaciones económicas a las personas a las que ama, o debería educarlas en la creencia de que una persona debe ser lo bastante mercantilista o mercenaria como para trabajar en unos oficios que, no siendo del todo placenteros, son sin embargo los que el mercado le recompensa con más generosidad? ¿Qué forma de felicidad es más perdurable, la de ver un libro publicado (que los críticos dirán que es un adefesio, un mamarracho) o la de ver cómo engorda su cuenta bancaria y cómo sus hijas pueden darse todos los lujos que él no pudo darse cuando era un adolescente que vivía escapando de sus padres?

El escritor mediocre está satisfecho porque acaba de terminar una novela. Se ha divertido escribiéndola en las madrugadas insomnes. Le ha salido una novela sórdida, insolente, salpicada de procacidades, rencorosa, vengativa. Le ha salido una novela triste de los cojones. Sabe que no es una obra de arte. Sabe que es apenas una suma de palabras brutales que estaba condenado a escribir, escupiéndolas o vomitándolas para no terminar pegándose un tiro con el arma de fuego que ha comprado en una tienda, tras esperar los cinco días en los que la policía local verificó que no se trataba de un delincuente.

Ahora el escritor espera un avión que lo llevará a Barcelona, donde espera reunirse con su agente literario y entregarle el manuscrito de la novela. No le interesa el dinero, ya tiene bastante con lo que ha ganado en la televisión. No le interesa ganar ningún premio más, cree que los premios son un fraude, un embuste, y que a estas alturas un premio dañaría todavía más su ya estragada reputación. Por eso le ha dicho a su agente literaria que no le interesa postularse a ningún premio de ninguna índole y, que si alguien insistiera en dárselo sin haberse postulado, deberá devolvérselo.

Sólo le obsesiona que esa novela triste de los cojones sea publicada antes de que él muera. Está enfermo y sabe que no le queda mucha vida. No cree en los médicos y no quiere someterse a las humillaciones que ellos le impondrían si intentara curarse o prolongar su vida.

El escritor mediocre sabe que su vida ha sido mediocre, que la obra que deja es mediocre, que su última novela no escapa de esa previsible mediocridad, pero sabe también (o se aferra a esa superstición) que si continúa escribiendo como un demente, como un poseso, como un sujeto desalmado y vengativo, no morirá todavía y la enfermedad de ser un escritor derrotará a esa otra enfermedad, aquella que se aloja en su hígado y se extiende, corrompiendo sus entrañas.

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