Música para quedar con las pelotas en la garganta

Por Juan Pablo Abalo

Corriente es escuchar que la llamada música contemporánea (que no es otra cosa que la música de “tradición escrita” actual o, al menos, del último siglo,) produce una sensación de inquietud, miedo, lejanía, incluso terror.

Por ello, tal vez, es que a esta música se la ha terminado asociando indefectiblemente con una que, en el más feliz de los casos, encuentra lugar -cuaja- acompañando películas de terror. Para tal razonamiento popular, legítimo por lo demás, las razones podrían ser innumerables, pero al menos dos se detectan a vuelo de chincol. La primera es que, durante las primeras décadas del siglo XX, bajo los cambios que Arnold Shoenberg instaló en la concepción armónica y melódica que de la música se tenía, introduciendo el sistema dodecafónico a la escena, abrió de par en par las puertas a un periodo que se caracterizará hacia adelante por cierto grado de “oscurantismo” sonoro, en el que se prevalecerán las disonancias y una permanente tensión (dadas por la utilización de armonías cerradas, semi y cuartos de tono y ciclos que no descansan en polos tonales). Por otro lado, con el surgimiento del cine, diversos compositores encargados de hacer las músicas para acompañar las películas de miedo o suspenso explotaron -y lo siguen haciendo hasta el hartazgo- este tipo de gestos sonoros (particularmente el trémolo en los instrumentos de cuerda). Así acompañan historias de monstruos, fantasmas, degeneraciones de pederastas y espeluznantes recovecos de la incontrolable y maligna psicología humana.

El notable director Stanley Kubrick, que siempre para sonorizar sus películas tuvo un oído acabado, localizó en la música del húngaro-rumano Giorgy Ligeti y en la del polaco Kristof Penderecki extraordinarios pasajes para dejar a todos los espectadores con las pelotas en la garganta o, en su defecto, con la garganta hecha pelota de tanto tragar saliva.

Los pasajes que escoge Kubrick para darle vida a las imágenes de “2001, odisea del espacio” corresponden a las músicas que Ligeti tituló como “Atmospheres”, “Requiem” y “Lux Aeterna”, todas obras que esculpen el tiempo con plasticidad única. Diferente resulta con las piezas para piano de Ligeti, utilizada por Kubrick en “Ojos bien cerrados”, y en las que el sonido de una sola nota, o dos, otorga a las orgías que se llevan a cabo en el film un universo pavorosamente sabroso. No es raro que la música de este gran compositor funcione tan bien acompañando imágenes espeluznantes; el propio Ligeti hacía hincapié en que su música nacía, con toda naturalidad, desde la rabia (rabia incubada en él por haber tenido que arrancar de su país con lo puesto y, de paso, haber perdido a la mitad de su familia por los caprichos de la guerra).

En lo que respecta al polaco Penderecki, Kubrick toma extractos de su “Concierto para violoncelo” y da vida a la claustrofóbica trama de “El resplandor” (otros extractos se utilizaron en “El exorcista”).
Música e imagen, en estos casos, van de la mano, como si se las hubiese pensado juntas, aunque lo cierto es que fueron hechas diferidamente. Si la obra de arte es o no un reflejo del momento histórico en el que se da, sepa Moya, pero la música contemporánea habla con claridad del período histórico al que pertenece, el tenebroso siglo XX, pulverizando los ritos, el canto y la trama musical en aras de un sonido igualmente tenebroso.

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