Por Pamela Jiles

En octubre próximo quedará definido en la práctica el próximo comandante en jefe del Ejército que probablemente será un agente de la DINA, el general Alfredo Ewing Pinochet, si no asume el cargo un militar implicado en las más atroces violaciones a los derechos humanos, el general Juan Miguel Fuentealba. Son los candidatos del más parlanchín de los ministros bacheletistas, ese estratega de la inteligencia militar que es Francisco Vidal, muy interesado en estos días por promover el reconocimiento –algo forzado- que hizo el general Izurieta a su superior institucional, el general Carlos Prats González, asesinado por orden de Pinochet hace treinta y cinco años.
La idea del titular de Defensa es dorarnos la píldora con la subordinación del ejército al gobierno constitucional, como para que olvidemos que somos un país cautelado por las armas castrenses, en los mismos días en que el general Izurieta se permite un acto tan deliberante como insolente: invitar al candidato pinochetista, Sebastián Piñera, a un acto oficial de la institución.
Ya lo advertía el propio general Prats: “Muy difíciles son los obstáculos que las Fuerzas Armadas y Carabineros tendrán que franquear en el futuro mediato para retornar a su sitial de legítima institucionalización”, como escribió proféticamente pocos días antes de morir por orden de Pinochet.
Según el último Comandante en Jefe leal a la democracia, sería necesario un largo camino para que las FFAA pudieran “recomponer su aptitud profesional en beneficio de la razón de ser de su existencia y para concitar el respeto y el cariño desinteresado de todos los sectores de la comunidad nacional”. Según él “una vez que sus miembros tomen conciencia individual de la incuestionable necesidad patriótica de una estrecha identificación de los institutos armados con los intereses del pueblo, que son comunes a la gran mayoría nacional, y desplieguen en conjunto un sincero y supremo esfuerzo doctrinario verticalista para anteponer al egoísmo y a la pasión, la divisa del honor y del espíritu militar, el guerrero podrá pasar al reposo anímico y el sol de la convivencia cívica logrará disipar la espesa niebla que cubre el campamento”.
Recién después de treinta y cinco años, el Ejército pronuncia el nombre de Prats, pero ni una palabra dicen de su doctrina, la que tanta falta haría que se recuperara hoy para bien de la democracia.
Vale la pena recordarle a Vidal y a Izurieta que desde que fue nombrado a la cabeza del Ejército por el presidente Frei Montalva, Carlos Prats se propuso como tarea de primera prioridad la de avanzar con una institución respetuosa de la constitución y sensible a los problemas de los sectores populares. Fue un defensor del costitucionalismo al interior de las instituciones armadas. Consideraba que el Ejército debe ser obediente al poder civil democráticamente elegido, que su misión es la de garantizar la soberanía de los chilenos, sin deliberar en política. Creía firmemente en la disciplina y la cohesión militar para el cumplimiento de sus funciones.
Curiosamente, los militares que quebraron el estado de derecho e intervinieron en política a sangre y fuego, han deformado la trayectoria de Prats durante treinta años. Pinochet hizo una gama amplia de esfuerzos para enlodar la figura de su superior, mostrándolo como un personaje servil al comunismo, alejado de la doctrina institucional.
Prats suscribía plenamente los lineamientos hechos por el general Schneider, que no concebía en ningún caso a las fuerzas armadas como una alternativa de poder y que afirmó que “hacer uso de las armas para llegar a la conducción del país implica simplemente un desconocimiento y aún más una traición al país que le ha entregado esta tarea” . Hay que recordar que la participación del general Prats en el gobierno de la Unidad Popular –y la de otros mandos militares- se da en el marco de la Guerra Fría y en el inicio de un proceso revolucionario en Chile, que desde el primer momento se intenta frustrar por medios militares. Esta confrontación entre un proceso de transformaciones que se abre paso y la conspiración que se instala en su contra, puso a los mandos de las fuerzas armadas en un papel muy central.
Como en la sociedad, al interior del Ejército también convivía –igual que hoy- una orientación constitucionalistas –doctrina Schneider- con otra básicamente anticomunista –doctrina de la seguridad nacional- muy exaltada por ideólogos civiles de derecha que asignan una función mesiánica a estas instituciones, muy funcional con el golpismo.
En ese contexto, Prats no suscribe un compromiso con Allende sino con la soberanía popular que había dado origen a un gobierno legítimo. Intenta mantener la cohesión y la verticalidad del mando del Ejército, pero va más allá. Como él mismo señala, contribuyó a”una participación realista de las Fuerzas Armadas en las grandes tareas del desarrollo del país que tiene trascendente incidencia en la seguridad nacional”.
Qué falta nos haría hoy una oficialidad militar que tuviera la altura moral e intelectual de Carlos Prats. Ojalá que Francisco Vidal repase los valores por los que dio la vida en los momentos en que defina la quina de la que saldrá el próximo Comandante en Jefe del Ejército