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Opinión

20 de Junio de 2009

“Me encanta la disciplina militar”

Por

Por Ana María Sanhueza / Foto: Alejandro Olivares

Lorraine Salvo, el travesti que recibe pensión del Ejército, fue acólito, aspirante a cura, cabo primero de Ejército, subalterno del general Cheyre, transformista y hoy cría y vende perros pooudle en Rancagua. La primera vez que cobró su pensión militar fue con su carné de Capredena como Javier Salvo pero con su foto y su look de transgénera, y el cajero quedó impactado. Pero nunca tanto como cuando su traumatólogo del Hospital Militar vio que ya no era él, sino ella. Y que su pierna operada a causa de un balazo había cambiado radicalmente. Ésta es la historia de cómo un soldado pasó de los bototos al taco aguja.

“Travesti dio jugo tres horas en departamento en Rancagua”, dice un pequeño titular de La Cuarta. La noticia, de mayo de 2006, refleja uno de los peores momentos de la vida de Javier Salvo, hoy Lorraine, cuando armó un escándalo de proporciones agotada de ser molestada en la calle: que le digan que se parece a Kenita Larraín le da risa, pero que se burlen le da ira.

¿Cómo fue ese día de furia?
-Saqué a pasear a Kenita una rottweiler que tenía en ese tiempo y una vecina dejó abierta la puerta de acceso del edificio pese a que todos teníamos llave. En eso se mete un tipo, me toca la puerta y me dice: “oye, echemos una cachita”. Lo agarré a palos y lo saqué cagando. Luego le digo a mi vecina: “dejaste la puerta abierta y acaba de venir un tipo a pedirme una cachita a las tres de la tarde”. “Por algo será”, me contesta mirándome por debajo del hombro… Me dice eso, me baja el demonio y le dije de tu padre y de tu madre. De pronto aparece toda su familia para aforrarme, hasta que otra vecina me defiende y me saca de ahí. Pero como yo no me voy a quedar, pesco a mi perra y a palos le hice tiritas la puerta. Después me encerré en mi departamento.

¿Por qué hiciste eso?
-De enojada. Y porque ellos en patota me iban a pegar. Después llegaron los carabineros y un teniente agarró un bastón retractil y me dejó así un huevo en la cabeza. Le dije que no tenía ningún derecho a pegarme y lo saqué de mi casa. Ofendido llamó a más compañeros. Luego llegó la fiscal, los bomberos, el GOPE, la prensa…

“Travesti amenazó con suicidarse en su departamento”, fue como tituló también el diario local.
-Es que era a lo grande. Y me encerré y di el gas. Pero en vez de dar el de la cocina, salí con la manguera del balón de la estufa. Y el gas se fue para arriba y después me corté los brazos con esos vasos grandes de combinados. Además, tomé cloro con una cuestión que le doy a los perros para las pulgas. Me mandé tres vasos y no me pasó nada ¡pero nada! Y eso que estaba vuelta mona.

¿Qué sentías en ese momento?
-Estaba cansada, mal, descontrolada. Porque todos dicen: ‘el maricón me hizo esto y le creen’. Además, no soy de las personas que cuentan hasta 10. Al 1, paf, altiro. Es por mi historia. De chiquitita me golpearon. Y aprendí lo mismo. Al final, el juez dejó a ellos tan victimarios como a mí. Y yo tuve que buscar casa.

¿Te cuesta mucho encontrar casa?
-Me cuesta, no es fácil. Cuando llego, me miran de pies a cabeza y me dan todas las explicaciones: que mi marido ya arrendó la casa; que se olvidó de sacar el aviso y ya está ocupada, etc. Porque la gente tiene prejucios, y conoce mi condición más como travesti que como transgénera. La diferencia está en que los travestis se disfrazan para ejercer la prostitución de noche y las trangéneras vivimos la femineidad todo el día.

¿No has pensado en operarte?
-No, porque no tengo intención de ser transexual. Soy realista: soy transgénera. Me gusta vivir en femenino, me siento bien, pero no voy a ser nunca mujer. Soy rubia, alta, tengo el físico que cualquier mujer quisiera, pero nací hombre. Y hasta que me muera me van a gritar maricón. ¿Sí o no? ¿Qué saco con operarme si la vagina no la voy a andar exhibiendo en la frente para ganarme el respeto de los demás? Después la gente igual te va a tratar como maricón castrado.

¿Te han gritado eso en la calle?
-Sí. Yo no soy linda, no soy hermosa, pero fea no soy. Pero me han gritado de todo. Incluso porque visto de negro: ‘¡maricón satánico!’, me dicen. Me han tratado de lo que han querido, pero me he defendido, porque tampoco soy ‘oh qué sumisa y qué suave que yo soy’… Tengo carácter, tengo garra. Y si me tengo que poner a pelear con cinco o con seis, lo hago. No estoy ni ahí.

En las noches sales a acompañar a tus amigas mientras trabajan en la calle.
-Pa estar con ellas un rato, pa acompañarlas, pa que me cuenten sus cosas. No voy a negarte que también es la hora que a mí me conviene la exhibición. Porque después de las 3 de la mañana los chiquillos vienen de las discos, de los pubs, de las tomateras y si puedo recoger algo que me guste… Pero no por plata. Y si es cliente de alguna de las otras…nones.

¿Los abordas tú?
-Puede ser recíproco: o ellos a mí o yo a ellos. Yo puedo decirles: ‘oh, qué lindo’. O al revés, ellos me dicen: ‘oh, qué bonita. Te parecís a la Kenita Larraín’. Una vez un periodista que me hizo una nota, me dijo: ‘tenís un aire a alguien’, pero no se acordaba a quién. Y yo le dije: ‘ya sé a quién, a la Kenita Larraín’. Y él me contestó: ‘siempre supe que la Kenita tenía cara de travesti’, jajaja.

¿Sientes que tienes un aire a la Kenita?
-Sí, pos, por la cara cuadrada y por lo rubia. Mi hermana chica es igual, pero no me habla.

UNA INFANCIA DEL TERROR

¿Cómo fue tu infancia como Javier Salvo?
-Cuando nací, mi papá no quería nada conmigo, porque él ya tenía una historia con la que es su señora ahora. Pero mi mamá se le metió entremedio hasta que me engendró. Él le dijo que se hiciera remedio, que podía mantenerla a ella y a mi hermano, pero que jamás se iba a casar. “Esa guagua no la quiero”, le dijo. Y esa guagua era yo. Por eso, cuando nací, a la guagua que nadie quería ella le dijo “toma, yo tampoco lo quiero”.

Terrible.
-Viví hasta los cinco años con mi abuelita, y a los cinco años, una tía me dijo la palabra que más odio en el mundo: huacho. Y con otra palabra más: culiado. Eso me marcó para el resto de mi vida. Al día siguiente, mi madrastra me llevó a vivir con ellos. Pero de mi papá jamás recibí cariño.

¿Siempre supiste que eras gay?
-Siempre. A los 15 años, cuando ya supe que era homosexual, me sentí como un demonio, como el diablo, el anticristo. Y me entré a culpar de esa vida. Lloraba si estaba enamorada de algún niño y en la noche rezaba para que me gustaran las mujeres. Si hasta le llevé pololas a mi papá, pero por chapa. Nadie se dio cuenta, porque nunca fui amanerado. Pero cuando estaba solo, como a los 13 años, me ponía a escondidas la ropa de mi hermana. También le robaba las muñecas a mis primas. Y cuando me pillaban, me daban una chanca… Mi papá decía: ‘¡te voy a sacar vestido de mujer a la calle!’. Ahora yo le digo a mis hermanos: ‘Cuéntenle que hoy salgo solita y que tienen que entrarme a la fuerza’, jaja.

¿A qué edad empezaste a vestirte oficialmente de mujer?
-Grande, a los 24. Antes sólo sentí la culpa y busqué refugio en la religión. Era acólito y le ayudaba a los curas en mi colegio, el Teresiano de Lo Barnechea. Yo amaba la religión y la fe. De hecho, ser carabinero o cura fue uno de los primeros proyectos de mi vida. Pero mi papá me hizo todos los trámites para que llegara a la Armada y yo por llevarle la contra, entré al servicio militar. Lo hice en Infantería, en San Bernardo. Después fui destinado a la Academia de Guerra, a La Reina, frente a la discoteca Las Brujas.

CHEYRE Y PINOCHET

¿Qué tal te fue en el servicio militar?
-Me encantó la disciplina militar, es lo mejor que hay, pero no la de mi casa, donde me pegaban por cualquier cosa. En cambio, cuando me pegaban en el servicio era igual que a todos los demás. Pero no es que te peguen todo el tiempo, sino al principio no más, unos dos o tres meses.

¿Y en el regimiento alguien se percató que eras homosexual?
-Nunca me cacharon. De hecho, yo quería seguir, pero no pude por el accidente en mi pie. Estaba haciendo mi primera guardia en la Academia de Guerra, en la época en que salía el general Pinochet y entraba Patricio Aylwin, en 1990, y me tropecé con el fusil, que estaba cargado. Me disparó en el pie. Lo tengo atornillado. Por eso pasé a retiro en 1994 y tengo una pensión mensual hasta los 65 años. Después jubilaré, porque me están imponiendo.

¿Conociste a Pinochet?
-Sí. Lo atendía en la Biblioteca Central de la Academia de Guerra. Me gustaba mucho vivir la doctrina militar, el orden. Pero con el accidente, a los 19 años, mi vida cambió. En ese tiempo, mi coronel era Juan Emilio Cheyre, que llegó a ser comandante en jefe del Ejército. Cuando yo tenía el pie malo, él me dijo: “a ti nadie te va a pasar a llevar”. Porque otros milicos de muchos menos grados me hacían formar a la lectura de la orden. Y eso que yo andaba con un zapato con realce y un bastón. Pero no les aguanté, porque me daba vergüenza andar así. Por eso fui donde el coronel Cheyre y me puse a llorar afuera de su oficina.

¿Tienes secuelas hasta hoy?
-Todavía me duele el pie, pero me hago la loca. Les digo a mis amigas: “Me hago cagar los pies, pero camino digna”. Porque si la gente me viera caminar con bastón ¿qué me va a gritar?…¡Maricón cojo! Fue en ese mismo período, mientras me rehabilitaba, que estuve un año ocho meses en el aspirantado franciscano. Alcancé a ser aspirante y novicio.

¿Por qué no seguiste como cura?
-Tenía mi vida planeada así, pero me pillaron que era homosexual a través de los tests sicológicos y las conversaciones. No es que me echaran, sino que me dieron la oportunidad de irme. Además, un cura más viejo me hizo proposiciones que no me gustaron, como que me podía ayudar a que me fuera bien, que nunca me iba a pasar nada… Era muy amable y cariñoso, decía que me iba a cuidar y yo caché altiro pa donde iba la micro. Y me sentí incómoda. De ahí, viendo la cuestión caché que estaba puro tonteando.

¿Y en qué momento te conviertes totalmente en Lorraine?
-En el 2003 terminé de convertirme, cuando me puse seis litros de silicona: tres en las pechugas y tres en el traste. Pero si me sacas la silicona, soy un palo. Recién empecé a tener algo vestida de mujer, porque de hombre no me pescaba nadie. Además, nunca fui de la onda de los gay, porque son de un mundo superficial, materialista, donde todo es rasca si no es Americanino o Zara. Y si no es el Bunker es el Bocara. Viven una fantasía que a lo mejor algunos tienen para costearlo, pero no todos. Y que tampoco es por lo que las personas valen. La feminidad me dio la seguridad que Javier nunca me dio.

¿Qué pasó en el Ejército cuando te transformaste en Lorraine?
-Tengo una tarjeta de identificación de Capredena, la Caja de Previsión de la Defensa Nacional, y durante el cambio empezaron algunos problemas. Pero se fueron acostumbrando de a poco. Con los años pasó lo mismo en el Hospital Militar. Después, para evitar complicaciones no me llamaban por mi nombre, sino que me veían y me decían: “pase, el doctor la va a atender”. O abiertamente, para no exponerme tanto, me dejaban en una pieza solita mientras el doctor se desocupaba.

¿Qué dijo tu doctor de siempre cuando te vio tranformada?
-Un día se me hinchó la pierna y creí que me había picado una araña de rincón. Entonces, fui donde el traumatólogo. Él no me había visto en años…Dejó de ver a Javier y ahora estaba Lorraine.

No sabía que habías cambiado la pierna peluda por una pelada…
-Jajaja. El doctor me dice: “señora, buenas tardes”. Yo no sabía cómo decirle…De pronto, hablo y le digo: “Hace muchos años usted me arregló esta pierna”, y levanto la falda y se la muestro. Él me la ve y me dice: “¡Javier, qué te pasó! Después me abrazó, me dijo que no me iba a discriminar y me preguntó las dudas que tiene todo el mundo: en qué minuto desapareció Javier y apareció la Lorraine. Pero lo que más me gustaba de él es cuando se despedía de mí.

¿Por qué?
-Porque me decía: “sé feliz”.

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