COSTOS Y CASTAS: “Chile, el paraíso más enfermo del consumo”

Por Diamela Eltit / Foto: Alejandro Olivares

El sociólogo francés Pierre Bourdieu puso en entredicho la legitimidad del sistema democrático cuando demostró cómo y en cuánto los capitales simbólicos pesaban a la hora de ejercer y repartir los poderes. Precisamente este sociólogo remarcó la importancia de lo que denominó como “currículum silencioso” mediante el cual se cursan las influencias de clase, familia y/o dinero que permiten el control constante de las hegemonías.

Esta escritura con letra invisible es la que aniquila toda posibilidad de una fluida y trasparente movilidad social fundada en la “meritocracia”. Porque el “currículum silencioso” apunta a espacios pactados de antemano y posibilita una genética social que forma castas de poder.

Las actuales castas chilenas se atrincheran en barrios (preferencialmente Vitacura y La Dehesa) y comparten su adicción por las (mismas) modas, restaurantes, marcas, tiendas, usos verbales, balnearios. Lo hacen buscando una exclusividad de alto precio que los distinga de la contraparte que más temen: lo que ellos llaman “el roterío”.
Pero nuestras castas son bastante siúticas. Ya en la novela “Martín Rivas” publicada en el siglo XIX es posible detectar sus rasgos. La clase alta no es más que un conjunto de tics sociales rígidos y bastante dudosos: miméticos hacia realidades internacionales pero aferradas a un provincianismo estrecho, traspasado de ecos agrícolas. No obstante sostienen sus hábitos por el poder que otorga el flujo cómodo del dinero.

En general, la influyente derecha chilena aliada a una parte de la iglesia católica se estructura en estos tics y cuenta con el apoyo del mundo militar por su vocación a un orden maníaco (cercano a la mística religiosa) y por supuesto todo el remanente arribista de una ciudadanía aspiracional, proveniente de las capas medias que quieren pertenecer a un mundo en el que son percibidos como meros subordinados.

Pero hoy tenemos que considerar la casta concertacionista. La Concertación a veinte años de control del poder estatal no ha conseguido producir una cultura propia y se ha plegado al imaginario sociocultural de la derecha. Muchos de sus dirigentes (no todos), pertenecientes a clases medias profesionales, habitan los mismos barrios que la derecha, veranean en parecidos o idénticos balnearios, cultivan la devoción por colegios particulares similares, entre otras características.

Aunque la Concertación mantiene un discurso aparentemente diverso a la derecha, parte de su dirigencia (no toda), transita los espacios derechistas, celebra las marcas derechistas y maneja sus influencias y familias de modo derechista.
De esa manera, aunque vivimos un régimen político binominal, heredado de la dictadura, existe entre la Concertación y la Alianza una serie de acuerdos tácitos que estrechan aún más el horizonte binominal. Y hay que pensar que la llegada al Congreso se desea como una condición vitalicia, un espacio de garantías económicas y dominaciones sociales semejante al antiguo modelo de la Hacienda.
Y, como si fuera poco, los legisladores, aunque voten diferenciadamente, se unen para sostener sus privilegios económicos y, más aún, se presagia parte de un Congreso de tipo monárquico donde los hijos perpetúen la influencia de sus padres.

La derecha representante del capital, cuida los intereses empresariales e inversionistas y los multiplica desde el Congreso, impidiendo leyes que lesionen las inauditas ganancias. El único proyecto político que tiene la Concertación, por su parte, radica en mantener a raya la línea de la pobreza y controlar la cesantía y para conseguirlo cuenta con la ayuda de los miles de presos a lo largo del país que bajan los índices de desocupación.
Porque la Concertación no ha puesto límite a las ganancias, ha dejado hacer y deshacer a la riqueza (a la derecha) y de esa manera se ha generado una desigualdad sin precedentes en la historia chilena.

Fuera de las castas, distanciados de sus privilegiados barrios, millones de chilenos habitan una situación cruzada por una fragilidad económica verdaderamente escalofriante. Millones de ciudadanos están sometidos a trabajos débiles que los empujan a la deuda y los transforman en víctimas perpetuas de la usura, esa usura multitudinaria que mantiene el ascenso de todo el sistema comercial y de servicios.

Los mismos ciudadanos, en sus horas libres, son sometidos y domesticados por programas televisivos de calidad infrahumana, abiertamente distorsionadores de la realidad. Programas plagados de situaciones morbosas donde los denunciantes (generalmente habitantes de clases medias o mundos populares) son abusados por las cámaras. Sí, son abusados mediante la banalización intencionada de sus problemas (médicos y sociales) y sólo son expuestos como rating, como simple entretención pública.

El conjunto del mundo televisivo y particularmente ciertos conductores de noticiarios y animadores de televisión son cómplices de esta situación porque promueven la espectacularización del delito (el crimen vende, decía Marx), de las enfermedades, de las confesiones personales, de las tragedias familiares y sociales mediante (falsos) gestos de horror y un cúmulo de frases estereotipadas.

La crisis globalizada del neoliberalismo ha sido objeto de una perceptible censura por parte de los medios de comunicación chilenos. No se explica con detalles que es la peor crisis que ha afectado al capitalismo desde los años 30 del siglo XX, tampoco se discute su causa que es la infinita especulación de los privados en medio de un escenario económico desregularizado. Los Estados, a nivel global, han tenido que proveer de sumas increíbles a las empresas privadas y a los bancos para que no colapse todo el sistema económico mundial.

No se dice que en Chile tenemos uno de los mercados más abiertos del mundo, fundado en las exportaciones que caen y van a seguir cayendo por la crisis. En medio de la crisis, el Estado chileno apoyó no sólo a la ciudadanía más pobre sino también a las empresas privadas. Lo hizo con nuestras riquezas (el cobre) y nuestro dinero como contribuyentes. En suma, nosotros nos sostenemos a nosotros mismos, pero también sostenemos a las empresas e inversionistas para que no quiebren.

Pero las casas comerciales han convertido la crisis y la cesantía en un espectáculo festivo. De manera constante las promociones nos muestran alegremente que la farra consumista no ha terminado. Y, en el paraíso más enfermo del consumo, se ha abierto un constante y considerable espacio para que los desocupados puedan adquirir mercancías, acumulando las deudas y duplicando los intereses hasta que encuentren un nuevo trabajo.

¿A qué ética social estamos apelando cuando las casas comerciales sustentan masiva, alegre y abiertamente sus ventas (usureras) en las futuras, inminentes cesantías?

En fin. “Vendrán días mejores” escribió el poeta Rimbaud, justo un día antes que le cortaran la pierna.

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