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6 de agosto de 2009

Bullying político

Por

Patricio Araya G.

Lejos, lo peor que puede hacer una familia con tal de convencer al vecindario sobre su desmesurado cariño y buenas relaciones, es posar para una fotografía que incluya a toda la parentela: a los exitosos y a los fracasados; a los proletas y a los empingorotados. Eso nunca resulta. Un amigo me llamó para contarme que su hermano, quien reside hace muchos años en Estados Unidos, hace unos meses tuvo la genial idea de comisionar a su hijo “gringo” para llevarle al regreso de su viaje a Chile, una “fotografía
familiar”, que “incluyera a todos”; un botín tercermundista para poner sobre su piano de Houston. El problema se suscitó cuando algunos tíos díscolos (hermanos del “tejano”) se negaron a retratarse con algunas cuñadas gordinflonas y esa parvada insufrible de sobrinos malcriados; en resumen, la mentada familia no era ni la sombra de lo que imaginaba ese antiguo pariente. Por el contario: se odiaban. Pero la nostalgia pudo más, y un hermano “operador” se las dio de lobista y consiguió que, con la excepción de una rama familiar, al fin los cínicos de siempre posaran como futbolistas para el de pariente “petrolero”.

En la Concertación no lo hacen diferente, sino mejor; allí son más apasionados que los parientes de la historia. De hecho, cada vez que estos niños concertacionistas están frente al tío fotógrafo, en vez de peinarse o arreglarse la corbata, secretan abundante saliva y preparan la musculatura abdominal; allí la costumbre es la chuchada fácil y el empujón espontáneo. Todo un lujito. Una finura imitable. Ya lo vimos en alguna oportunidad cuando el senador y presidente del Partido Socialista Camilo Escalona, luego de insultar en público a su par del Partido Radical Social Demócrata José Antonio Gómez, no dudó en hacer la respectiva mueca que lo retratara como un demócrata feliz, tras una elección primaria trucha en que su conglomerado “eligió” a Eduardo Frei como candidato presidencial, dejando una estela de pelambres que aún no acaba. Al cabo, la fotografía de rigor y los vídeos en Youtube hicieron furor en los medios. Todo un acierto periodístico que graficó de manera indesmentible la mala onda que hay dentro del oficialismo, y la excesiva labilidad emocional de algunos dirigentes.

Hace un par de días, la escena se repitió casi calcada. Esta vez fue la profesora de Castellano María Antonieta Saa, quien descargó todo su repertorio de parabienes en contra del propio senador Gómez, tratándolo de “chantajista” frente a la “osadía” de los radicales de levantar la voz al interior de la Concertación, llegando a plantear la idea de abandonar esa coalición debido a la poca bola que les daban en el comando presidencial.

Ambas salidas de madre tienen como denominador común un hecho que a estas alturas resulta imposible de soslayar: el bullying político o matonaje organizado. En otras épocas el fenómeno se conoció como asesinato político o magnicidio. Para el caso, se trata de la misma violencia. Una violencia que siempre intimida y permea la piel de la democracia de cualquier país, violencia que produce pánico y desincentiva a otros a entrar a lo público, violencia que desacredita lo poco y nada de bueno que puede tener la actividad política, violencia cuyo norte es el cupo asegurado o la pega mal habida, en suma, una violencia interesada en desplazar al otro de su legítimo sitio, que tiene en su forma más mediática y “divertida” esa connotación social del bullying escolar: es malo pero se le acepta.

Cuando la diputada María Antonieta Saa (quien está en la Cámara desde 1998), explica su exabrupto diciendo que el destinatario de su actitud coprolálica era su colega y vicepresidente radical Fernando Meza, a propósito de su escuálida representatividad y magro aporte en votos para el abanderado Eduardo Frei, se complica, pues, por mucho arrepentimiento que exprese en los medios, y más allá de la recomendación del propio Frei de “tomarse un Armonyl”, en el fondo de su corazón sigue vivo el afán de agredir a cualquiera que pise el pasto de su casa.

El bullying político tiene diversas formas. Va desde el empujón infantil o la zancadilla chistosa, hasta la acción delictiva a secas; pasa –con toda facilidad e impunidad– de la mera falta al crimen mismo. Ya hemos visto, aparte de estos mal educados de Escalona y Saa, a otros connotados parlamentarios acusando a colegas suyos de pedófilos, también a un alcalde como Luis Plaza (Cerro Navia) anunciando a viva voz que no dejará entrar a “su comuna” al ungido por su ex partido RN (el actual diputado Nicolás Monckeberg), tras lo cual es posible predecir una batalla fundamentalista de temer. También es matonaje político el nepotismo, la designación a dedo, la anulación de la participación ciudadana, y la repetición del plato fiscal. Acciones todas que violentan la soberanía popular.

En los meses de campaña que vienen de aquí a diciembre, con toda certeza, seremos testigos de mucho más bullying político, y peor aún, de mucha más violencia verbal y de la otra. Sin embargo, nunca hay que confundir la denuncia seria o la fiscalización oportuna con el montaje para desprestigiar sin argumentos al rival. El matonaje político no puede ser el protagonista de la vida cívica. Las ideas merecen oportunidad y respeto.

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