Por JPB * Foto: ALEJANDRO OLIVARES

El Cisarro se crió en Vitacura, pero en el lecho del Mapocho. Vivía en una de las comunas más exclusivas del país, pero un cráter lunar. En un sumidero de relaves mineros. En el escupidero de las aguas servidas. En el estrato de las ratas, pero con hipotética vista al estacionamiento de un Hummer amarillo. La madre había crecido acompañando a la abuela. La abuela pedía en la calle. Esa fue la escuela de la madre.

Cuando el niño tenía un año, alrededor suyo comenzaba un ensordecedor movimiento de camiones pesados. Millonarias obras de construcción. Ejércitos de mentes, de manos, de máquinas y el gobierno. Todos trabajando por un fin mancomunado. Se edificaba una autopista para permitirles a los habitantes del Barrio Alto realizar desplazamientos libres y limpios al aeropuerto internacional. O a pasar sus fines de semana en la costa.

En el río, a esa altura del valle, la ciudad se ve desde uno o dos metros más abajo. La atmósfera está perfumada con una extraña mezcla de olor a quemazón, mierda y eucalipto. Sobre las cabezas, el vuelo silencioso de los planeadores y parapentes. A horcajadas, entre los árboles y el tránsito, relumbra el destello de las cofias blancas de las nanas. Ellas ahora reciben capacitación municipal, que les enseña a no abrir la puerta a extraños y saber comportarse en caso de asalto. Más abajo, la tierra es un trumao ennegrecido de manera artificial. Arena pestilente en playas de liquido chocolatado por el desperdicio. Cuadrillas de recolectores de ripio con carretillas y ranchas que duran hasta la primera crecida. Pero si caminaba algunas cuadras, el Cisarro en vez de ripio podría haber encontrado pelotas golf perdidas en las cunetas. Huevos incomestibles de dinosaurio.

Ahora, a los diez años, el Cisarro vive en Peñalolén y tiene nueve hermanos. La historia de su desplazamiento desde el río a la villa Cousiño Macul no la conozco. Dejo aquí un espacio para la imaginación. Quizá los lectores optimistas rellenarán el vacío con un apoyo social concedido a la madre o con un subsidio habitacional. Otros tendrán diferentes visiones; una huida, una inundación, un abandono, una expulsión, un carro celular de carabineros o una retroexcavadora y un abogado de casco plateado. Quizá alguien les hizo un lugar simplemente.

A él es imposible preguntarle directamente su recuerdo de esa mudanza. Está dopado y esposado a una cama del Hospital Luis Calvo Mackenna. Porque, no olvidemos lo más importante, a los diez años el niño es un delincuente con prontuario. Eso, si se puede “ser” algo a esa edad.

Pero el Cisarro encontró la manera. Y todos estamos convencidos de su peligrosidad. Se informa que cometió muchos crímenes. Pero uno en particular es el más grave. El destino tiene un discutible sentido del humor y de la justicia poética. El niño participó junto a un grupo de sus amigos en el asalto a la casa de Leonidas Montes Lira, un economista graduado en el King’s College de Cambridge, decano de la escuela de Gobierno de la Universidad Adolfo Ibáñez. Se agrega que en esa ocasión el dueño de casa (cuya especialidad académica es la teoría de Adam Smith sobre la riqueza de las naciones) recibió una puñalada, que por fortuna no tuvo consecuencias fatales.

Se nos pone en guardia. Se irradia por cada uno de los canales sociales la historia del vistoso rescate del Cisarro por un grupo de niños que se animó a irrumpir en un hogar de menores armados con una pistola y toda la resolución del mundo. En esta ocasión, una operación limpia y sin heridos.

Si se piensa bien, lo sorprendente es que estos niños, pese a todo lo que el mundo les ha enseñado, tengan nociones de solidaridad y lealtad suficientes como para arriesgarse a rescatar a un compañero. Deben ser héroes comentados de litera en litera por todos los hogares del Sename. Y con razón, porque relumbran en ellos los porfiado materiales que, más allá de lo que haya opinado Adam Smith en su momento, convierten al ser humano en lo que es. En estos niños hay voluntad de supervivencia y altruismo. Y el que lo niegue que se atreva a rescatar a un amigo preso.

La persona externa que parece haberse interesado más en ayudar a la familia del Cisarro es el ex sacerdote Carlos Sánchez, que intenta convencer a los pocos periodistas que han recogido su testimonio de que el Cisarro sí es un niño. Y no solo eso. Que es uno bueno. Que se acurruca a su mamá y siente impotencia por causarle tantos problemas todo el tiempo. Pero que los únicos modelos llamativos de su mundo son los delincuentes exitosos.

La mayoría de los que opina pide que se pudra en la cárcel. Y ni siquiera eso. Ese cabro no tiene arreglo. Como se sabe, la cárcel es la escuela del delito. Entonces pa’ qué. Que lo maten, imploran muchos. No todos a la primera. Varios necesitan un copete para soltar su reedición de la solución final. Muchos se atreven a discurrirlo todo el tiempo desde el anonimato de los foros digitales. Otros ni se arrugan. Señoras distinguidas, jóvenes progre o policías jubilados en un taxi.

Todos claman, intempestivamente preocupados por hacer ahorros en el rancho carcelario. Inquietos de repente por las reservas mundiales de comida. Por qué habría que gastar plata y tiempo en cuidarlo; en alimentarlo. Menos bocas que llenar. Hay gente que se muere de hambre y vamos a desperdiciar colaciones en un mal niño de diez años.

Como si los hambrientos no comieran por culpa de los delincuentes infantiles.

Pero, no. No estamos más fachos que hace una semana. En el fondo, para el Cisarro la respuesta es la misma una y otra vez desde que nació: Por qué habría que gastar plata y tiempo en cuidarlo.