“Yo soy, envejeciendo, una asiática”: ¿Qué haremos con el lesbianismo de la Mistral?


POR DIAMELA ELTIT

¿Qué haremos con el lesbianismo de Mistral?, ¿cómo podremos ingresar su deseo y el tránsito de su deseo en los espacios públicos, sin escándalos y sin ofensas?

La publicación de sus cartas con Doris Dana, una correspondencia de amor, de locura y de muerte (como diría Horacio Quiroga) rompen la ambigüedad de un extenso, constante rumor, porque Gabriela Mistral escribe cartas de amor a la joven americana y, más aún, parte importante de esa correspondencia está escrita por un masculino: “yo estoy consternado, sí, consternado.” O bien “Olvidaste enteramente que soy un enfermo”. O “soy arrebatado, recuérdalo, y colérico”. Mistral en parte de sus cartas es “hombre” o se hace “hombre” mediante la teatralización que permite la escritura. Pero, incrementando la complejidad, ese “hombre” que escribe se firma fielmente: Gabriela.

El doblez mistraliano que se observa en este epistolario -él/ella- extrema la problemática entre sexo y género y nos recuerda que el amor y la escritura son también juegos. En el intenso juego del amor se pueden adoptar variadas identidades, de la misma manera que la escritura permite extremar o rehacer o inventar el “yo” según la necesidad del texto. La carta de amor es un juego por partida doble.

Para los que admiramos la obra de Mistral y reconocemos su valiosa y épica biografía, nada puede sorprendernos porque la poeta chilena adoptó múltiples identidades, máscaras y travestismos culturales a lo largo de su trayectoria. Incluso transitó el “juego” heterosexual, erótico, ardiente o urgente que está enteramente escrito en sus cartas al poeta Manuel Magallanes Moure.

Esta correspondencia amorosa de Gabriela Mistral se desarrolla en el tramo final de su vida, cuando se han consolidado los máximos honores literarios y se avizoran, a la vez, los máximos horrores físicos que más tarde van a ocasionar su muerte.

Las cartas permiten pensar que Doris Dana, una bella e ilustrada joven estadounidense de 28 años, es la que busca y planifica el encuentro con la poeta chilena que ya tiene 60 años. Ella es la que la enamora y ella la que la acompaña (a su manera) hasta la muerte de Mistral.

La narradora francesa Marguerite Duras declaró: “Tengo 72 años, estoy físicamente arrasada por el alcoholismo, pero todavía me asedian muchachos y muchachas porque quieren tocar a la escritora”. Doris Dana asedia a Gabriela Mistral, la toca hasta que consigue su amor. Pero la plenitud amorosa rápidamente se desmorona, experimenta tensiones y transformaciones.

Gabriela Mistral quiere que Doris sea su secretaria, que vivan juntas, que viaje con ella, que la asista en sus asuntos. Es necesario señalar que las relaciones amorosas de la poeta estuvieron ligadas a mujeres que ejercieron oficialmente como sus secretarias. En ese sentido no se diferencia de la relación tradicional entre los escritores latinoamericanos y sus esposas que, en su gran mayoría, han cumplido la tarea simbólica de “secretarias” atendiendo los temas financieros, sociales y literarios de sus maridos. Pero la poeta chilena es nómada, incapaz de adscribirse a una geografía. Doris Dana, al parecer, tiene una vida o quiere una vida ajena a las secretarías totales y prefiere vivir parcialmente en Nueva York. Las crisis, las distancias, los reproches se multiplican hasta que Mistral cede y acepta que Dana también posea una identidad.

¿Cuáles son las constantes que señala esta correspondencia? Ambas mujeres están siempre enfermas, débiles, exhaustas, con los pulmones, el hígado o el corazón transidos, son hermanas en sus males, amigas en el intercambio incesante de síntomas. Y cómo no, el dinero, las cuentas de cheques conjuntas, los balances. Y para Mistral, en sus últimos años, la obsesión de comprar una (nueva) casa, esa casa que no es capaz de habitar y que no obstante ensueña… La casa como metáfora de un hogar que le permita alcanzar la estabilidad emocional y una pertenencia a la que en realidad nunca accedió.

Quizás ésta sea la correspondencia menos literaria de la escritora, seguramente porque Dana no frecuenta el mundo latinoamericano, pero aparecen menciones del horror de la poeta ante la elección de Carlos Ibáñez o su malestar ante la arrogancia de Alone.

El elemento ultra dramático que contiene esta correspondencia radica en el deterioro y la confusión mental que progresivamente invade a la poeta. Escribe sus últimas cartas (particularmente los años 1954, 1956) cuando ya la enfermedad ha derribado la lucidez de su escritura.

Gabriela Mistral y Doris Dana han muerto. Lo más humano de ellas -los celos, las posesiones, la angustia- han cesado, porque: “hasta ese hondor recóndito la mano de ninguna bajará a disputarme tu puñado de huesos”.

Pero ¿qué haremos con el lesbianismo de Gabriela Mistral?

Respetarlo y, por qué no, alabarlo.

NIÑA ERRANTE
Cartas a Doris Dana
Gabriela Mistral
Lumen, 2009, 480 páginas.

FRAGMENTOS ESCOGIDOS:
“YO SERÉ LO QUE TÚ QUIERAS QUE SEA”

“… ¡Qué estúpido ha sido el que más te quiere, Doris mía! ¡Perdóname, vida mía, perdóname! ¡No lo haré más! Y tú guardarás el control de ti, y haz fe en tu pobrecillo, que es un ser torpe, vehemente y envenenado por su complejo de inferioridad (el de la edad).
Duerme, mi amor, descansa. Yo procuraré ser menos brutal y necio. Yo te debo el lavarme de estos defectos. Yo te debo la felicidad por cuanto he recibido de ti…
Duerme, mi amor, Dios te cure de tu dolencia. Perdona el que te he herido, por no creerme amado, por pensarme postergado en tu corazón.
Te beso, tuyo”.

***

“… Por favor cuídate para mí. La vida tuya tanto como la mía están en tus manos. Yo soy una gota de agua dentro del hueco de tus manos. Yo seré lo que tú quieras que sea, yo viviré por ti y el tiempo que quieran mi corazón flaco y tú, tú, Doris mía”. (15 de abril, 1949).

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