POR JAIME GUZMÁN ERRÁZURIZ

Realmente, Carlos Dittborn fue un héroe. Porque hay muchas maneras de serlo. Una, es matando peruanos y bolivianos. Otra es alegrando al pueblo entero de Chile. Él prefirió la segunda. Yo concuerdo con él“.

Jaime Guzmán, el fundador de la UDI, escribió esta columna en 1962, en la revista escolar de los Sagrados Corazones. En este texto, titulado “El Mundial de Carlos Dittborn”, describe el clima que existía en Chile luego del triunfo de los rusos en el Mundial.
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Escribo estas líneas en los momentos de mayor efervescencia deportiva que se haya producido en nuestra Patria: es la mañana del Lunes 11 de Junio de 1962.

Personalmente, siempre he sido un fanático hincha del fútbol, por lo que no me admiro de que anoche, después de la sensacional victoria de nuestro equipo sobre el de la Unión Sovietica, la población de Santiago haya sentido la necesidad de llegar hasta el centro de la ciudad a participar del júbilo indescriptible, con que Chile entero saludó la victoria. Los pañuelos, las banderas, los CEACHEÍ, las antorchas, las repetidas estaciones del Himno Patrio, los gritos optimistas o los vivas a Riera y sus muchachos, hicieron vibrar a Chile entero, desde Arica donde comenzó, hasta el lejano Magallanes.

Pero quizás si lo más extraordinario de este “clima” de Mundial, es que ha cogido a gente para la cual el futbol era hace hasta un mes, algo tan desconocido como puede ser para nosotros la política económica del gobierno de Afganistán. A señoras o caballeros que ignoran que la cancha es de pasto, o que confunden al árbitro con el arquero y entrenador, se les oye decir: “parece que Toro hizo mucha falta contra Alemania”, o admirarse de la fuerza del taponazo de Leonel Sánchez; preguntar si reaparece el Tito Fouilloux, o si tenemos alguna chance frente a Brasil.
Ha hecho interesarse por el fútbol hasta el Presidente de la República, (que no es precisamente de los que frecuentan Independencia, Santa Laura o el mismo Estadio Nacional) hasta el grado de dirigirle a Fernando Riera una carta de estímulo y posteriormente otra de felicitación, antes y después del partido en Arica, respectivamente.

Hasta este momento, se ha visto buen fútbol cada vez en mayor grado y después de los desagradables sucesos que provocaron los jugadores italianos en sus primeras actuaciones, debido a que se doparon en forma exagerada, el campeonato ha ido ganando en calidad y en armonía entre todos. Partidos de las categorías a los correspondientes a los cuartos de final, son como para dejar satisfechos hasta a los más exigentes.

Pero sin duda, lo más notable ha sido la sobresaliente actuación de Chile, que ha superado con creces hasta los más optimistas pronósticos serios. Ya “por lo menos” somos los cuartos en el mundo entero, pese a tener jugadores de condición física mediocre y a ser un cuadro construido a base de esfuerzo. Y esto tiene un nombre. Lo dijo un cronista argentino: “de poseer un futbol subdesarrollado, Chile se ha transformado en una potencia mundial. Y esa transformación se debe a Fernando Riera”.

Cuando el deporte chileno recuerde a los hombres que mucho le han dado, se agigantará la figura de Fernando Riera con caracteres indiscutibles.

Llamado de vuelta a nuestra Patria, a preparar una “selección que cumpliera un papel decoroso como país sede del campeonato mundial de futbol 1962”, Riera no se contentó con eso, sino que además formó a muchos jugadores jóvenes y entrenadores competentes, llevando a cabo un plan serio de preparación, que hoy son la reserva del futbol chileno.

Trabajó casi cuatro años de forma metódica, que comprendió una gira a Europa y numerosos partidos internacionales. Debido a los resultados adversos, fue duramente atacado, llegando a tratársele de deshonesto. Se aportilló su labor y se le dijo que se fuera. Periodistas ignorantes y dirigentes amargados, participaron de esta persecución vergonzosa. Pero Fernando Riera siguió adelante, vinieron los resultados favorables del año pasado; se ganó la afición; y ahora ha terminado de darle un tapaboca de proporciones a sus enemigos y detractores.

Sean cual fueren los resultados que vengan, Chile entero agradece a todos esos muchachos que entrenaron y trabajaron junto a Riera, y que ya tanta satisfacción nos han dado.

Puede ser que lleguemos aún más arriba. El que nuestro cuadro finalice en el tercer lugar no es improbable, y aún Brasil y Yugoslavia se presentan como escollos tremendamente difíciles, pero no insalvables y si no, ahí está el grito que anoche llenaba la ciudad: “Con Pelé o sin Pelé, ganaremos otra vez”. ¿Optimismo desmedido? Puede ser. Cuando ustedes lean estas líneas, todas estas dudas estarán resueltas. Las delegaciones habrán vuelto a sus Patrias y todo estará sellado. Pero es más bonito este momento de incertidumbre optimista, ¿verdad?
Y todo esto… ¿gracias a quién?

La respuesta surge como un recuerdo admirado y doloroso: a CARLOS DITTBORN PINTO.
Recuerdo perfectamente cuando el 28 de abril en la mañana, alguien me preguntó: “¿Supiste que murió Carlos Dittborn?”. Y pálido le respondí: “¡Cómo! ¿Carlos Dittborn?”. Es que era realmente increíble e increíblemente doloroso.

Joven, dinámico y alegre, emprendió una obra demasiado ardua, a veces incomprendida, y plena de terribles emociones, que como dijo alguien “terminaron por llevarlo a la tumba”. Y por curiosa coincidencia el día de la victoria sobre la Unión Soviética, ha nacido Tomás, su séptimo hijo, por lo que le damos a Juanita Barros nuestro muy cariñoso saludo. Todo lo que se diga en torno a la personalidad del gran dirigente fallecido, resultará a repetición, porque lo ha dicho ya un pueblo entero, fuertemente dolido.

Se le ha reconocido su inteligencia brillante y aguda, su extraordinaria actividad, su gran amenidad, su espíritu combativo y su nobleza en la lucha.

Tuvo una importante figuración política. Fue dos veces candidato a diputado con la bandera de la democracia cristiana y fue miembro de la junta ejecutiva de dicha colectividad política, que con justa razón le rindió un homenaje póstumo muy merecido.

Pero fue sin duda en el deporte donde su figura alcanzó su mayor relieve. Puede decirse que entregó su vida en bien del deporte chileno. Combatió todo lo que era nocivo para él, desde la prepotencia de Colo Colo en el orden local, hasta las injustas críticas que el mundial sufría en Europa.

Fue un brillante presidente del club deportivo Universidad Católica, y más que eso, un hincha fervoroso de esta institución. Domingo a Domingo llegaba hasta Independencia para ver “su” equipo y es por eso que todos los de la Católica lo sentíamos aún más nuestro.

En suma, todos concuerdan en que es el dirigente deportivo más extraordinario de la historia chilena.

Fue su voz la que argumentó en Lisboa, que Chile quería y merecía el campeonato. Ayer, cuando todo Chile vibró emocionado, pensé una vez más en Carlos Dittborn y me di cuenta de lo pobre que es la razón humana, para encontrar incomprensible algo que por ser la voluntad Divina, es la lógica perfecta.

Fue él quien contrató a Fernando Riera, en unas condiciones tales, que era casi imposible echarlo (a no mediar esto, lo habrían obligado a retirarse hace ya mucho tiempo). Ayer cuando se consuma el triunfo aplastante de Fernando Riera como entrenador de la selección nacional, una vez más Carlos Dittborn demostraba tener razón.

Realmente, Carlos Dittborn fue un héroe. Porque hay muchas maneras de serlo. Una, es matando peruanos y bolivianos. Otra es alegrando al pueblo entero de Chile. Él prefirió la segunda. Yo concuerdo con él.

Nosotros, los alumnos de los Padres Franceses, lo colocamos entre las grandes personas que han pasado por nuestro colegio, que no son pocas, por cierto. Muchos de nosotros no le conocieron; otros le conocimos. Pero todos estamos ligados a él por el lazo que el ser o haber sido miembro de la familia de los Sagrados Corazones involucra.

Fue miembro también de nuestra ya más que centenaria Academia Literaria, y es una triste coincidencia para mí, que en la primera sesión que me tocaba presidirla, tuviéramos que rendirle a Carlos Dittborn, el homenaje póstumo de un minuto de silencio emocionado.

Porque en él estuvo Carlos Dittborn; porque está hoy su hijo Sergio y estuvieron también Carlos y Pablo, hoy cadetes militares, el colegio de los Sagrados Corazones siente aún más que haya partido.

En nuestra iglesia, que fue la suya como alumno, despedimos cristianamente sus restos. Y una oración profunda al Padre Eterno, brotó de nuestros dolidos corazones.