Por Patricio Fernández
___________________
Para el cuico chileno, y es de imaginar que para todos los cuicos del mundo, lo más importante es la familia. De hecho, no se es cuico individualmente, sino por razones de pertenencia. Es una condición a la que no se accede por simple voluntad y de la que no se escapa fácilmente. Es, para decirlo en corto, un grupo social. Pertenecen demasiado pocos como para llamarles “clase”. En su inmensa mayoría, están emparentados, aunque es cierto que, cada vez más, acceden a sus mesas individuos novedosos, tipos y tipas que, sin volverse cuicos de golpe, conviven con ellos hasta fundirse. El cuico originario tiene campo –“el fundo”–, y es religioso a rabiar. Claro que últimamente ha surgido un ala del cuiquerío mucho más festiva y menos virtuosa. Ostentosona y buena para la plata, contaminada por influencias foráneas, en especial del carerajismo norteamericano. El cuico-cuico, sin embargo, es un conservador redomado, como don Carlos Larraín o Agustín Edwards, aunque se comenta que don Agustín era buenazo para el tandeo. Sus tres reductos fundamentales son Zapallar, La Parva y el Club de Golf Los Leones. Sus casas, a estas alturas, están repartidas por varios lados, siempre en el así llamado Barrio Alto.


Foto: Alejandro Olivares

Son, en gran medida, los dueños de Chile. Si se suman las tierras que les pertenecen, apenas queda territorio libre. De buenas a primeras no les gustan nada ni los árabes ni los judíos ni ninguna cosa rara. Una hija de este lote es internada si se empareja con un negro o un coreano. Sería el hazmerreír. El cuico suele burlarse de las diferencias, las menosprecia de un modo salvaje, tan salvaje que a veces alcanza un humor inimitable. Entre los cuicos, lo más gracioso es ser cuico desacomplejado. Se sienten mucho mejor que el resto y el orgullo los lleva incluso a defender apasionadamente su ignorancia. Para muchos de ellos, sólo existe lo que conocen. Hay, por supuesto, entre los cuicos gente culta: son los cuicos admirados por los demás cuicos, muchos de los cuales, paradójicamente, disfrutan despreciando a sus admiradores, sin darles la espalda.

Provienen, grosso modo, de los mismos colegios: El Verbo Divino, el Tabancura, el San Ignacio, el Saint George, y las mujeres del Villa María, Las Ursulinas, el Los Andes, más un goteado en otros establecimientos cercanos. Con la aparición de nuevos barrios han ido sumándoseles otros como el Cumbres, el San Benito y unos cuantos más a los que no les sé el nombre. Son todos colegios católicos. En Chile, este grupo de menos de un 0,5% de la población congrega un porcentaje enorme del producto nacional, y eso que han perdido bastante. El otro día, cuando se dio la noticia de que nuestro país tenía un ingreso per cápita de $700.000 , un auditor llamó a una radio para preguntar quién chucha se estaría quedando con sus quinientas lucas, porque él ganaba doscientas no más.

Primero lucharon contra la ley de divorcio, y hoy lo hacen contra la píldora del día después, el aborto, los homosexuales y hasta los condones si viene al caso. Prefieren no hablar de sexo, aunque el tema los obsesiona y por algún lado siempre vuelven a él. Están atentísimos a los olores. Si no fuera por la obligación de mantener la compostura, serían de vómito fácil. Entre ellos, se huelen de lejos. Tienen un sexto sentido que los lleva, como a los enanos, a reconocerse de inmediato. A continuación, bastan dos o tres preguntas para que se tengan enteramente identificados. Hay en su clan ovejas negras, pero les puedo asegurar, con conocimiento de causa, que ninguna oveja es tan negra como parece.

Son la cima de la escala social, aunque no necesariamente tengan vidas envidiables. Se controlan más de la cuenta. Unos pocos desordenados disfrutan por todo el resto, pero la mayoría es contenida, viven repletos de reglas, y saben con claridad castradora lo que está bien y lo que está mal. Le dan protección y garantías de bienestar a los suyos, y a cambio sólo piden buen comportamiento. Ellos deciden, eso sí, qué significa esto último. Son un problema, porque el pije no acepta que se le trate igual que a los demás – “¡acaso no sabe usted con quién está hablando?”– y como tienen el suficiente poder para que así sea, constituyen una dura casta reaccionaria. No soportan hacer fila. Se mueren sin empleadas domésticas. Hacen esfuerzos por hablar como hombres de mundo, pero son lo más chilenos que hay. A ratos dan risa, y por momentos ganas de llorar.