POR RENÉ NARANJO
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Se ha convertido en una pequeña moda cinematográfica recuperar la vida de un personaje célebre (real o ficticio) desde antes que empezara a convertirse en mito. Lo hizo Walter Salles con el Che Guevara en “Diarios de motocicleta” y, en un terreno más hollywoodense, lo han hecho la saga de “La Guerra de las Galaxias” y, más recientemente, “X Men” y “Star Trek”.

En un tono muy distinto, “Coco antes de Chanel”, de la solvente directora Anne Fontaine (“Lavado en seco” y “Nathalie”), se adentra en los años mozos de la mujer que va a revolucionar la moda del siglo XX. Lo distinto viene dado porque la madurez de la protagonista no proviene exclusivamente de su voluntad, sino –en buena parte, y como buen melodrama– del choque de sus aspiraciones con un mundo muy estructurado, de clases y normas rígidas.

Desde el plano inicial del filme, cuando en 1893 la pequeña Gabrielle (futura Coco) Chanel es conducida en una carreta a un orfanato, la directora nos confirma que ésta será una historia vista a través de los ojos de la protagonista, y que la clave estará en las relaciones entre ella y su entorno. Desde esa primera escena, el vestuario marca las diferencias sociales (ella viste de sencillo negro mientras las niñas que son visitadas por sus padres llevan vistosos atuendos rojos). Y hay algo más, porque al quedar Gabrielle sola en el portal, el relato anuncia que ese camino de soledad que se teje en plena infancia no se revertirá jamás.

15 años después, la protagonista se asoma tras una cortina, como quien sale a un teatro. Y lo que ve tiene mucho histrionismo, pues una cantina arde de hombres ansiosos de disfrutar en compañía femenina. Coco canta una pintoresca canción, pero el foco de la escena está puesto en cómo jóvenes pobres como ella se ligan a hombres ricos y mundanos. En este desfile de extremos sociales, la ropa marca la diferencia y, también, la vida de Coco. Cuando la despiden de la cantina, lo único que se lleva es un vistoso traje rojo, que le va a servir para moverse en otro contexto. Cuando logra instalarse en el castillo del terrateniente Etienne Balsan (el siempre eficaz Benoit Poelvoorde) y no tiene qué ponerse, corta las propias prendas del dueño de casa y con ellas se fabrica su primer traje estilo masculino.

Así, más que por explicaciones sicológicas, Anne Fontaine presenta a la naciente Coco a través de sus relaciones con los demás, al punto que la diferencia entre ella y el resto de los personajes de mayor rango, el abismo entre ella y la estricta norma social, se constituye en el centro de este filme. Son dos mundos que no pueden tener otro punto de contacto que la fantasía, el arte. Y así, a través del teatro, Coco se abre camino en este universo de apariencias. Y si los aristócratas se disfrazan y bromean, ella permanece auténtica con su ropa masculina, y, siendo genuina, en ese contexto de falsedad encuentra el verdadero amor que la marca en el inglés Arthur “Boy” Capel (Alessandro Nivola).
Con él a su lado, Coco emprende su liberación, la que culmina en el gran salón de vals, donde el vestido negro marca la consagración definitiva de su identidad. De ahí en adelante, como una Madame Bovary de la alta costura, Coco será para siempre Coco, si bien no por ello podrá escapar del peso de las convenciones sociales.

Sobrio, contenido y con su estilizada carga de melodrama, “Coco antes de Chanel” es más que una cuidada biografía o un bello filme sobre la moda: es uno de los retratos sociales más contundentes que hemos visto este año en el cine.