Opinión
5 de Junio de 2026
Crítica de películas: “Amarga Navidad”, “Backrooms” y “Letras robadas”, ¿qué estamos yendo a ver al cine?
Por Cristián Briones
El crítico de cine Cristián Briones hace un repaso por una cartelera muy dispersa, que refleja distintos momentos de la industria del cine. Aquí, escribe sobre la nueva cinta de Almodóvar, que aunque errática, siempre vale la pena. También del nuevo fenómeno del terror, "Backrooms", inspirada en un trend, y del hallazgo inusual de "Letras robadas", protagonizada por Nick Jonas y Paul Rudd.
Compartir
Una pregunta que sirve como pie ideal para hacer un listado de recomendaciones o revisar la cartelera, pero que también es una inquietud que atraviesa todo el espectro de la industria cinematográfica en este momento: ¿qué estamos yendo a ver al cine?
Y la respuesta es cada vez un debate más complejo y difícil de abordar. Esta última semana hemos visto cómo un producto supuestamente probado como franquicia, fracasa en conseguir audiencias. Cineastas de renombre hoy ven sus nichos de público cada vez más acotados o deben conformarse con estrenos en plataformas de streaming. Y aquellos creadores que consiguen instalar sus proyectos en alguna distribuidora, deben redoblar sus esfuerzos para tener una base de atención.
Nada de esto es insólito en ninguna industria en estos días. La competencia por tener consumidores es tan fiera, que a nadie debería extrañar. Pero en el caso de la industria creativa, esto incide directamente en la creación. En el arte. Y tenemos ejemplos.
“Amarga Navidad” es la vigésimo tercera película de Pedro Almodóvar. Y el segundo intento por ponerse a sí mismo como un autor que se entrega a la historia en carne viva. Un relato fragmentado en dos tiempos, en ficción y realidad, dentro de la misma narración. Un viaje de búsqueda por lo introspectivo, que cae en lo derivativo y que camina al borde de la autoindulgencia.
Autores reflexionando sobre el arte y especialmente sobre su arte, siempre son un par de horas que valen muchísimo la pena. Autores reflexionando sobre sí mismos como artistas, es a lo menos decir, no tan interesante. Sin embargo, este sigue siendo un filme de Almodóvar. Los elementos aquí son tan fascinantes como en el resto de la filmografía del español. Los colores, la estética, los personajes a medio cocinar, las interpretaciones femeninas, las sonrisas cómplices, Chavela, Alberto Iglesias en los acordes, todo lo que hace de las películas del oriundo de La Mancha casi un género en sí mismo.
Y por muy errático que termine siendo este viaje explorando el propio proceso creativo y autoral, lo cierto es que el valor de un filme de Almodóvar suele estar en sí mismo. Por mucho que terminemos, tal como los personajes en la película, mirando a la pantalla y exigiendo una explicación. En estos días, a esa pericia, visión, e intención, se le pueden perdonar sus pecados. Almodóvar sigue tecleando y sigue filmando. Sigue haciendo cine. Y se agradece de dónde viene ese impulso por hacerlo.
“Backrooms“, en cambio, es un éxito inusitado que llega de un lugar completamente distinto. La primera película de Kane Parsons, un joven youtuber que acaba de tomar un concepto llamado creepypasta en clave de terror analógico y lo ha convertido en uno de los taquillazos del año.
Si usted es de aquellos que no entendió mucho estos términos, no se preocupe, porque “Backrooms” es muchas cosas, y una de ellas es un llamado a retiro a todos quienes nos hemos quedado abajo de la posibilidad de apreciarla. No me malentiendan, podría presentar descargos sobre el escaso valor narrativo de la película, lo impresionantemente repetitivo del artilugio de la trama y lo muy difícil que es entender el por qué una habitación vacía con muebles desordenados, produce este nivel de inquietud. Y acá perfectamente cabe la sorna y espetar que quizás el escenario terrorífico es quedarse hasta tarde trabajando en la oficina y no saber que el personal viene a hacer mantención de los tubos fluorescentes que titilan, pero hay dos cosas que impiden entrar por esa veta: la primera es por ningún motivo romantizar la explotación laboral y la segunda es reconocer que acá hay un quiebre generacional notorio: ¿Son estos los nuevos códigos audiovisuales? ¿Es esta la nueva narrativa del terror?
Inducir un estado con las imágenes, despertar una emoción, causar una conmoción, es tan añejo como el cine mismo. Desde aquella locomotora filmada por los Lumière que se persigue. Pero el cine desarrolló su lenguaje a través de la construcción de historias. El terror, quizás por sobre todos los géneros, ha sabido contrabandear ideas mucho más grandes que el sólo hecho de producir un nivel de ansiedad que muchos desean experimentar. Montones de líneas de texto serán publicadas a propósito del éxito de recaudación de “Backrooms“, habrá mucha conversación entre las planas ejecutivas sobre qué otro trend de redes sociales puede comprarse barato y generar este nivel de ganancias, y sobre qué otros creadores de contenido pueden llevar a su base de fans a las llenar las salas; pero acá lo más interesante es en realidad si estamos frente a un cambio de eje en las formas narrativas o ante un hecho aislado que no sabemos muy bien cómo manejar. O quizás es el momento de asumir la obsolescencia.
O podemos ser como el director John Carney, quien esta semana estrena “Letras Robadas” (Power Ballad). John Carney es un hombre con un plan y un compromiso con una causa: el recordarnos lo que la música era para nosotros antes de que todo fuera un producto más. Antes de ser un conjunto de modelos diseñados en un estudio de mercado con el sólo objetivo de conseguir ejércitos de fanáticos. Antes de ser el trabajo de 25 productores musicales para poner en los rankings de streamings a una inane cantante de belleza paparazeable. Lo que la música significaba para aquel cantautor que ponía su sangre sudor y lágrimas en una letra que le movía el mundo. Lo que era para el intérprete entregarle esa lírica emoción en un escenario, a una audiencia. Lo que significa para cada uno de nosotros esa canción. La que sonó en la boda, la que nos recuerda a un amigo que ya no está, la que nuestros padres nos dijeron que se parecía a algo que ellos ya habían escuchado.
Esa es la que se ha impuesto John Carney. Sus armas para librar esa batalla son las mismas. Contar historias sobre gente que ama la música. Quizás es una espada roma, pero su encanto está en quien la ha blandido todo este tiempo. Es el mismo ímpetu que tuvo en “Once“, “Begin Again“, “Sing Street” o aquella que quedara relegada los servicios de streaming, “Flora and Son“. Y es que este es otro detalle, que esta película protagonizada por Paul Rudd y Nick Jonas se estrene en las salas de cine de nuestro país, es prácticamente un milagro. Con todo aquello que está menos afilado, desarrollo de personajes, un valle demasiado extenso en el segundo acto, son este tipo de películas que uno agradece poder apreciar de forma colectiva. Hay risas, hay penas, hay decepciones y momentos emotivos. Y por sobre todo ello, “Letras Robadas” tiene el magia de hacerte sentir que las cosas pueden estar mejor si simplemente las amas lo suficiente.
Panorama disperso esta cartelera. Cuesta mucho saber con certeza qué es exactamente lo que queremos ver hasta que ya estamos saliendo de la sala. Y esa puede parecer una mala noticia, pero si lo piensan un tanto, no lo es.



