Pablo Oyarzún, filósofo: “La derecha chilena le hace demasiado a la prepotencia”

POR VICENTE UNDURRAGA • FOTO: ALEJANDRO OLIVARES
Pablo Oyarzún, decano de la Facultad de Artes de la Universidad de Chile, traductor de Walter Benjamin, de Baudelaire y de Swift, le entra de lleno al arribo -“un poco patético”, dice- de la derecha al gobierno. Y sugiere por dónde es que debería rearticularse la Concertación.

¿Cómo lees los signos -el logo de gobierno con el escudo, los cascos blancos encima de la mesa (denotando trabajo en terreno), la parca roja que hace parecer a todos los ministros repartidores de pizza- que la derecha ha querido enfatizar?
-Me da la impresión de que la idea del desalojo ha tendido a imponerse. Desde un punto de vista general, creo que es un grave error convertir el tan mentado “cambio” (en gran medida, una cáscara sin contenido declarado) en una especie de refundación, que es un viejo síndrome nacional. Pero no me preocupan tanto los símbolos —por favor, se requiere urgente una asesoría de diseño y de estética que aminore un poquito el mal gusto y la vergüenza ajena—, sino la voluntad que ellos invisten y que se refleja en la violencia (simbólica, también) con que se los impone. El gran problema con la derecha chilena —desaparecida ya la vieja oligarquía republicana, reemplazada por una de nuevo cuño— es que, salvo contadas y muy honrosas excepciones, sigue teniendo un déficit de verdadero ethos democrático y le hace demasiado a la prepotencia. Ser gobierno podría ser una oportunidad de aprendizaje, pero, claro, al final lo que manda son los intereses, siempre.

¿Y cómo lees los conceptos -emprendimiento, eficiencia, experticia, “cultura de hacer las cosas bien”- que la derecha ha relevado?
-No sé si son conceptos o meros lemas. Como conceptos, serían deseables, pero siempre bajo ciertas condiciones de las que se puede hablar mucho, y que en todo caso tienen que ver con una visión política de largo plazo, que busque compatibilizar democracia y desarrollo. Lo que me sorprende en este inicio de gobierno tan accidentado (y un poco patético) es comprobar que las cosas que dicen los términos que mencionas en tu pregunta simplemente no han estado presentes en su puesta en escena. Lo que se ha visto es más que nada hiperkinesia. Y es una gran desdicha para el país que, en situación de catástrofe y emergencia, se tenga que estrenar un gobierno tan sobre-poblado de empresarios y actores del mundo privado que parecen no saber qué es el Estado y cómo funciona.

¿Se ha terminado -con este gobierno que esconde su ideología- por reemplazar la política por la mera administración, suprimiendo todo atisbo de discusión? / En The Clinic el año pasado dijiste: “En este país no hay política en el genuino sentido de la palabra, no hay visión ni discurso que apunte al devenir de la existencia histórica del pueblo de Chile”. ¿Qué queda ahora?
-Bueno, queda siempre la política, que nunca falta, aunque su nivel pueda ser totalmente insuficiente, que era lo que decía, o sea, que nuestros políticos, salvo contadísimas excepciones, no están a la altura de la exigencia que expresa esa palabra. Por otra parte, las versiones meramente ingenieriles de gobierno (tampoco creo que el actual cumpla con ese “ideal”) nunca han llegado ni llevado muy lejos, y por supuesto que siempre excluyen toda pregunta y toda discusión de fondo sobre la comunidad y su destino. Y aquí sí que hay un problema grave: porque la discusión necesita circulación y resonancia, y el monopolio mediático que tenemos en el país la hace escasamente viable.

¿Te entusiasma o preocupa lo que pueda pasar en educación, en particular con la universidades estatales, con el nuevo ministro del ramo, Joaquín Lavín?
-Parto por este otro lado: le preguntaron a Lavín si el ministerio que le confiaron era un presente griego. En toda la nómina de nuevos ministros, tengo la impresión de que Lavín es el más político y el que mejor conoce las características de la administración pública. Ahora, eso no es garantía suficiente para augurarle un futuro promisorio. Ciertamente, fui de los que quedaron un poco desconcertados con este nombramiento (pero parece coherente con la idea de que la UDI esté fundamentalmente a cargo de toda el área social), y ciertamente soy de los que mira con recelo lo que pueda pasar con las políticas públicas en educación y, particularmente, en educación superior. Pero creo que habrá que esperar un mínimo de tiempo para ver cómo se perfila el ministerio en este rubro, y me parece que buena parte del futuro de Lavín se jugará precisamente en la capacidad de entender la importancia insustituible que tiene el sector estatal, así como entender también la conveniencia de asegurarle condiciones que le permitan superar las constantes tensiones que le genera la vulnerabilidad de su subsistencia, y le ofrezcan opciones efectivas de insertarse en el medio social proyectando en éste su potencial de innovación.

¿Cómo crees que debiera articularse la izquierda, o la Concertación, para hacer oposición y ofrecer una real ALTERNATIVA a la derecha? ¿Crees que sólo en lo “valórico” tiene campo para marcar diferencias?
-Creo que hay dos factores aquí. Por una parte, están los efectos que las políticas y acciones del nuevo gobierno produzcan en la población y la vigilancia ciudadana que se pueda ejercer sobre ellas; piensa, por ejemplo, en la capacidad que los consumidores tengan para reclamar sus derechos, en los niveles de organización social que puedan alcanzarse para generar dinámicas de desarrollo local, en las reivindicaciones de las minorías. Todo eso no sólo es síntoma, sino también germen. Por otra parte están la izquierda y la Concertación, muy desdibujadas ambas, teniendo que aprender mucho, creo, del mundo social y debiendo ser capaces, en fin, de darle un sentido político de convergencia a todas las demandas sectoriales: un sentido que pueda poner en la mira los problemas estructurales del país. Y está por verse si podemos llegar a ese punto, que me parece es el criterio fundamental de la rearticulación.

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