Editorial: No ha dejado de temblar

POR PATRICIO FERNÁNDEZ

Según todos los pronósticos, esta semana comenzarán las lluvias en el sur. Hay miles de familias que las padecerán prácticamente a la intemperie: en carpas de nylon, bajo empalizadas cubiertas de plásticos y fonolitas. Gente que lo perdió todo, cuando ese todo ya no era tan poco. De las 70,000 viviendas de emergencia que se requerían, Piñera aseguró que el gobierno había construido 23.000, sin mencionar que más o menos la mitad han sido obra de Un Techo para Chile. El alcalde de San Vicente mandó de vuelta unas enviadas por el Estado, debido a su pésima calidad. Tenían un techo denominado ondulain que, como explicó el alcalde, era de un material parecido al de las cajas de huevo. Otras llegaron húmedas, y nadie quiere vivir en una pecera. Hay sitios, según dicen, donde las paredes han quedado arrumadas, sin nadie que las instale. Es decir, son muchísimos los que llevan más de dos meses atónitos, incómodos, despojados, como sobreviviendo. En Santiago, el ombligo de Chile, los olvidamos hace rato. Perdieron raiting en la televisión. El presidente llegó a replantear el proyecto del Mapocho navegable, mientras en Lebu continúan recogiendo escombros. En determinado momento, no hace mucho, se dieron cuenta en La Moneda de que un gobierno abocado exclusivamente a la reconstrucción, dejaba fuera de sus atenciones a toda esa otra parte indemne, que no cesa de querer más. Pero ahora comienzan las lluvias, el frío, y las enfermedades. Hay pueblos del interior de la octava región, donde hubo cerros que se desmoronaron, cambiando la fisonomía del lugar. Hasta las noticias del PPD, sin embargo, parecen concentrar más miradas. Para muchos, el 27 de febrero comenzó el terremoto, y para una multitud nada despreciable, ni siquiera ha ido bajando su intensidad con el tiempo. Lo que para nosotros fue un gran susto, para otros fue la primera escena de una larga película de terror. Amigos que han ido por allá últimamente me cuentan que se ve gente con la mirada perdida, señoras que responden sin variar el tono de voz, que mañana será otro día, y ojalá… Pero también cunde la molestia. No faltan quienes temen levantamientos populares, sobre todo en las grandes ciudades, donde la resignación de la naturaleza no es el ánimo que impera. Está llegando el invierno, y nadie tiene muy claro de qué se habla cuando se habla de reconstrucción. En torno al tema aparecen con más frecuencia nombres de empresas que proyectos sociales y culturales coherentes, liderados por el poder central. Los voluntarios han sido harto más protagónicos en la tragedia que las autoridades. El gobierno está revuelto. La Udi no está contenta. Desde adentro arrecian las críticas, y el barco navega sin rumbo identificable. Las ideas se compran y se venden al vertiginoso ritmo del mercado. Ni siquiera existe una oposición capaz de organizar alguna agenda sensata. La Concertación está chapoteando en su chiquero. Como si fuera poco, se destapa lo de Karadima. (¡Y éste, Sebastián, sí que fue un “marepoto”!) En el sur se siguen registrando temblores nada de insignificantes. El cataclismo se coló en todos los ámbitos. Hay incluso quienes lo vinculan con rupturas matrimoniales. La realidad como una batidora, de la que vaya a saber uno qué menjunje saldrá. Es de esperar que no sea explosivo. En una de esas no pasa nada, y lo que resulta es un merengue.

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