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Cultura

20 de Junio de 2010

Nuestro señor del tedio

Por

EL ARTE DE LA RESURRECCIÓN
Hernán Rivera Letelier
Alfaguara, 2010, 254 páginas.

POR TAL PINTO
De la mano de una nostalgia roma, ridícula y repugnante, Hernán Rivera ha construido sobre las ruinas de Macondo un imperio de lo exótico, cursi y folletinesco. Invariablemente, esta grosera masa de escasísimos méritos, captura la imaginación de un lector extranjero medio siempre presto a recibir con los brazos abiertos el último aperitivo de subdesarrollo, magia y calculada y extravagante estupidez, de procedencia latinoamericana. Y aunque esperable, no por eso menos lamentable, la imaginación del lector chileno también se vacuna con este pastiche borreguil y tarado.

El capítulo más reciente del evangeliano riveriano se llama “El arte de la resurrección”, su protagonista es Domingo Zárate Vega, o el Cristo del Elqui, y conquistó el último Premio Alfaguara de novela, lo que dice mucho de Alfaguara, o quizá lo suficiente, o tal vez nada nuevo.

La elección del impostado Cristo del Elqui hace imposible no relacionar a Rivera Letelier y a Nicanor Parra, cuando de ninguna manera deberían compartir la misma frase. Si el Cristo de Parra era un vehículo irónico contra la censura y una parodia evidente, entre otras cosas, a la televisión en la dictadura (Sábados Gigantes, por ejemplo), el de Rivera es apenas un viejujo lunático inserto en una población a la deriva de la historia, en la que se dan cita todos los manierismos de su prosa, de los cuales destacan la sobreadjetivación, la imaginación cursi, la incapacidad de conjugar con mínima aptitud un verbo –el primero de muchos errores gramaticales se encuentra en la segunda página, para los valientes que pongan sus manos sobre esta novela- y mecanismos narrativos tan burdos como predecibles.

Del argumento se puede decir que hay putas, una oficina salitrera, borrachos y milagros, más o menos lo que se puede decir sin vacilación de toda la narrativa de Rivera; que triunfa el bien y pierde el mal; que la cursilería es central a su economía y a su estructura y que la historia popular en sus manos se verá destazada como un corderito después de la matanza.

Puede parecer muy severo, pero incluso en el contexto de una narrativa hecha a la medida de la más rústica de las demandas literarias, “El arte de la resurrección” no tiene ni siquiera una cualidad redimible. A la obra de Rivera no le es propia un análisis literario, o preferiblemente no uno concentrado en la calidad de la sintaxis, en la fortaleza del argumento, en la belleza de sus imágenes; lo que corresponde aquí es una observación económica, o todavía más pedestre, una financiera, y en ese aspecto Rivera Letelier descolla, y su posteridad estará ligada a la de Isabel Allende, los libros de autoayuda, los libros de cocina y la guía de teléfonos que, dicho sea de paso, está mejor escrita y es gratis.

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