Desde hace una semana, el sacerdote salesiano Audín Araya Alarcón se encuentra recluido en la casa de reposo que su orden tiene en Macul 5940. Llegó allá luego que la Corte de Apelaciones de Concepción acogiera un recurso de su abogado, que lo defiende en la investigación por abusos sexuales en el colegio que los salesianos mantienen en la ciudad. Los jueces ordenaron que el cura podía cumplir arresto domiciliario en un lugar alejado de colegios o centros de formación de alumnos mientras dura la investigación. Araya salió así de la cárcel de El Manzano y se vino a Santiago.

Araya está siendo investigado por abuso sexual impropio. En la fiscalía existen tres testimonios en su contra, uno de ellos habla de abuso sexual. Los denunciantes eran de su colegio y lo tenían a él por director espiritual. Los tres querían ser sacerdotes y tenían entre 16 y 17 años.

El caso ya es un escándalo en Concepción. Y promete ponerse más difícil para el religioso y su orden, porque la noche del martes se preparaba una presentación legal en contra de todos quienes resulten responsables del posible encubrimiento en el caso del ex rector.

Araya es el segundo salesiano en problemas que pasa por la casa de reposo de Macul. A comienzos año estuvo ahí Rimsky Rojas, otro cura acusado de abusos y que estaba deprimido. En la historia de Rojas también hay denuncias de encubrimiento y las víctimas alegan que los salesianos lo protegieron y trasladaron de ciudad en ciudad.

Rimsky Rojas habitó la casa hasta el 28 de febrero. Ese día decidió suicidarse y se colgó de un árbol de la residencia.

Ambos casos son una bomba clavada en una de las órdenes religiosas más poderosas de Chile. Los salesianos, la congregación de Ricardo Ezzati, arzobispo de Santiago, serán investigados judicialmente.

EL REGALO

Para llegar a la oficina del cura Rimsky Rojas, subdirector del Instituto Salesiano de Valdivia, había que atravesar tres puertas ubicadas en el subterráneo del establecimiento, emplazado en calle Pedro de Valdivia, a una cuadra del terminal de buses de la ciudad. Cada vez que aquello ocurría, Rojas se encargaba de cerrar cada dependencia con llave. Su oficina, en rigor, más bien parecía un búnker. Un búnker donde sólo podían entrar algunos elegidos.

Marcelo Vargas fue uno de ellos. El 3 de enero de 1986, día de su cumpleaños, fue invitado al lugar por el sacerdote, que le aseguró que le entregaría un regalo. Dentro de la oficina, Rojas le obsequió una polera Ocean Pacific. Vargas se la probó, el sacerdote lo abrazó y, de improviso, lo besó apasionadamente en la boca. Luego de la inusitada maniobra, el cura le pidió “que se cuidara y que no le contara a nadie lo que había pasado”.

Vargas acababa de cumplir 14 años y había sido víctima de un rito iniciación “perverso” que marcaría el comienzo de una seguidilla de abusos que se prolongarían por más de dos años.

Por entonces cursaba tercero medio y participaba del Movimiento Juvenil Salesiano (MJS), una organización dirigida por Rojas que tenía como propósito captar vocaciones religiosas. Al igual que otros compañeros, en su mayoría deportistas, Vargas fue reclutado para participar todos los sábados de las reuniones que impartía el cura en el colegio. En los encuentros, realizados en la misma oficina donde el cura lo besó, se leían pasajes del Nuevo Testamento y el sacerdote aprovechaba de confesar a los jóvenes.

-Generalmente utilizaba la confesión para que le contaras tus problemas y después te extorsionaba, inyectándote miedo y culpabilidad, para tenerte cerca – recuerda Vargas, hoy de 39 años.

Para entonces, Rimsky Rojas ya había ingresado al núcleo familiar de Vargas, apoyando espiritualmente a su madre desahuciada. Vargas se sentía en una encrucijada y optó por guardar silencio. Los abusos pasaron desde la oficina del cura a la residencia que ocupaban los sacerdotes en Avenida Alemania, pasando por el baño del tercer piso del colegio, la biblioteca, el interior de un furgón y la mismísima capilla del establecimiento. Su osadía no tenía límites. A tal punto llegó la desfachatez del sacerdote, recuerda Rojas, que -aprovechando su autoridad- lo sacaba de clases para llevarlo a estos lugares. Vargas reconoce, en la declaración judicial realizada luego de interponer una denuncia criminal por abusos deshonestos en octubre del año 2010, que Rojas no sólo lo besaba sino que también manoseaba, masturbaba y en ocasiones le practicaba sexo oral.

Tras la muerte de la madre de Vargas, luego de dar a luz, el poder de Rimsky Rojas en el hogar aumentó sin mayor contrapeso. Vargas cuenta que su padre, Adrián, comisario de investigaciones y miembro de la CNI, se hizo íntimo amigo del sacerdote y lo nombró padrino de la guagua. La confianza era tanta que, cuando el padre de Vargas fue trasladado a Santiago, éste le entregó la tutela de sus hijos al sacerdote. Rojas comenzó a comprar la mercadería, tenía llaves de la casa y se transformó en apoderado de Marcelo Vargas. Ya no había escapatoria.

-Muchos me han dicho que pude haberme defendido pero si yo llegaba a la casa, este tipo estaba ahí y entraba a mi pieza. No tenía dónde arrancar. Yo no tuve ninguna relación sentimental con el cura. Fui agredido- explica Vargas.

“¡CURA MARICÓN!”

Una mañana cualquiera, a mediados del año 87, Marcelo Vargas llegó a las puertas del Instituto Salesiano y los auxiliares le prohibieron, al igual que a otros compañeros, el ingreso. Como Vargas tenía “santos en la corte”, logró entrar. Cuando pasó cerca del gimnasio se percató de un inmenso grafiti, pintado con enormes trazas de color negro, que decía: “¡Rimsky, cura maricón!”.

Vargas observó, además, que algunas cortinas del lugar habían sido cortadas con tijeras y que en su parte inferior tenían la forma de innumerables y sucesivos penes. Alguien más en el establecimiento sabía lo que estaba pasando. Atemorizado por la reacción del cura, Vargas se hizo el desentendido. De inmediato, comenzó una caza de brujas. Rimsky se encargó de interrogar personalmente a varios alumnos. “El nivel de persecución fue terrible”, recuerda Vargas.

Para entonces la vida paralela del sacerdote ya era un rumor a gritos en Valdivia. Ese mismo año, un grupo de apoderados encabezado por una sicóloga fue a conversar con el director del colegio, Alfonso Horn. La profesional también declaró en la investigación que hoy se sigue en la ciudad, y recordó haber atendido a unos diez niños de entre 13 y 15 años del instituto que llegaron a su consulta entre 1984 y 1986. En su testimonio detalló que algunos le habían comentado que “había en ellos una inseguridad en el ámbito de su propia identidad sexual, en una etapa crucial de su desarrollo” y que “el sacerdote los había hecho dudar de su propia sexualidad”. Además, dijo haber conversado con Alfonso Horn y que éste la escuchó “pero no nos dio ninguna solución”. Horn, también citado a declarar, aseguró que “nadie me contó que el padre Rimsky haya tenido algo sentimental con algún alumno”.

Al comprobar que el cura Rojas todavía continuaba en el establecimiento, los apoderados decidieron acudir en grupo y le dieron un ultimátum a Horn.

-Lo amenazamos con dar a conocer estos hechos en los medios de comunicación -testificó la sicóloga.

La presión surtió efecto y el lunes siguiente Rimsky Rojas ya no estaba en el establecimiento. Los apoderados se enteraron, con posterioridad que el Director Provincial de los Salesianos en aquella época, Ricardo Ezzati, máxima autoridad de la congregación en Chile, habría sido quien lo relevó del cargo. Ezatti, quien también declaró, negó tajantemente eso:

-Nunca escuché, ni supe de algún comentario o queja en contra del padre Rimsky Rojas Andrade. Yo visitaba los colegios del país unas tres veces al año, conversaba con los padres y alumnos de los colegios salesianos, mientras los visitaba nunca alguien se me acercó y me refirió algo extraño acerca de él -declaró a la fiscalía.

Las noticias acerca de los abusos del cura, finalmente, llegaron a los oídos del padre de Marcelo. Aquel mismo año en que se destaparon las andanzas del sacerdote, Adrián Vargas citó a su hijo al cuartel de Investigaciones, ubicado en calle Picarte, en la salida sur de la ciudad. Marcelo recuerda que su padre le dijo que un tío suyo le había comentado que el cura lo besaba. Marcelo le respondió que sí, que le daba besos y lo manoseaba. Su padre le dijo que si era cierto lo iba a mandar preso. El muchacho se sintió atemorizado e intentó bajarle el perfil.

-Por un lado mi padre me decía que tenía que tenerle respeto y obedecerle a Rojas y ahora me decía que lo iba a meter preso, por lo que le dije que por ningún motivo, que no era para tanto -declaró en la denuncia.

Pese a la tortuosa confesión de Marcelo, el asunto quedó ahí. Rimsky continuó visitando el hogar de los Vargas y nunca más se habló del tema.

-Igual tengo sentimientos encontrados con mi padre, él me dio la vida, pero meter la basura debajo de la alfombra no le conviene a nadie, a mi familia menos- reflexiona Marcelo.

Poco después de aquel episodio Marcelo Vargas se fue a vivir a Santiago con su padre. En la capital terminó el cuarto medio y luego ingresó a la universidad a estudiar Derecho. Nada supo de Rimsky Rojas hasta el año 2010, cuando se enteró que estaba en Puerto Montt, a cargo de un centro de menores en riesgo social, perteneciente a una fundación salesiana. Rimsky había llegado tras ser expulsado del liceo salesiano San José de Punta Arenas, ciudad donde se mantuvo durante una década luego de abandonar Valdivia. Su paso por la ciudad austral no estuvo exento de polémicas debido a otra acusación de abuso entablada en su contra y tras la sorpresiva desaparición del joven Ricardo Hárex –estudiante muy cercano a Rojas-, el 19 de octubre del año 2001. Marcelo Vargas no lo podía creer.

Este razonamiento llevó a Vargas a presentar un requerimiento al fiscal nacional, Sabas Chahuán, el 10 de mayo de este año, para investigar a la congregación salesiana por el delito de encubrimiento.

-Mi principal objetivo es evitar que opere una red de protección para que esto no siga ocurriendo con más niños -concluye Vargas.

Pero Rimsky Rojas no era el único caso. En la misma ciudad de Puerto Montt por ese entonces se encontraba otro salesiano que venía escapando de denuncias de abusos sexuales y que su orden había decidido trasladar: Audín Araya.

EL DIRECTOR ESPIRITUAL

Audín Araya llegó a Concepción en marzo del 2008 a hacerse cargo del Colegio Salesianos. Pero sus denunciantes lo conocieron durante el verano, cuando se reunió con los postulantes al noviciado de la orden. Todos de tercero medio pasando a cuarto.

Seis de los postulantes lo eligieron como director espiritual. Tres de ellos hoy son los denunciantes. “Él era su guía espiritual y director del colegio, y se aprovechó de ello para abusar sicológicamente de Juan Pablo”, dice el abogado Renato Fuentealba, que junto a Gonzalo Contreras llevan adelante la querella en representación de Juan Pablo Medina. La elección de las víctimas, señala el abogado, fue con pinzas:

-No fue al azar. El pidió informes sicológicos de los jóvenes que se encontraban en cursos vocacionales para postular a ser sacerdotes y luego abusó de tres, de los más vulnerables -explica.

Los abusos se habrían registrado durante ese año en la oficina de Araya. Durante ese tiempo, Araya estrechó lazos con los alumnos. Del tuteo, explicó el profesor Hipólito Rocha a los policías, el director pasó a un trato de más confianza, que incluía groserías.

No era el único comportamiento atípico en el colegio. En su oficina, dicen las declaraciones que tienen los fiscales, Araya había instalado cortinas que dificultaban la visión. Ahí, señalan los testimonios, el sacerdote efectuaba tocaciones a las piernas y a la zona púbica de los jóvenes.

Esta situación se extendió hasta fines de 2008. Un día de diciembre, dos alumnos llegaron hasta la oficina de Hipólito Rocha, coordinador del proceso de Orientación del colegio y le contaron lo que ocurría.

Rocha habló con el director de estudios Mario López y con éste, al día siguiente, se reunieron con las familias de los estudiantes. López además llamó a Santiago, para comunicarse con el superior de los salesianos, Leonardo Santibáñez.

Al día siguiente, dos salesianos viajaron desde Santiago a Concepción a apagar el incendio.

JUSTO LO VIERON

Santibáñez declaró en abril con los detectives que le mandó la fiscalía de Concepción. Les dijo que en cuanto recibió el llamado de López explicándole que había dos estudiantes de 16 años que acusaban a Araya de manoseos “cerca de los genitales” convocó a otros altos cargos de la orden y decidieron mandar a dos sacerdotes a la ciudad, “para que conversaran con los jóvenes y sus familias para conocer más detalles, además de traerse al padre Audín Araya”. Santibáñez pidió una carta de los dos estudiantes para “una investigación interna”.

La visita de los enviados de Santibáñez terminó con conversaciones entre las familias, el colegio y la orden. De ahí salió un acuerdo: no habría denuncia judicial si Araya se iba del colegio, si desaparecía.
-A ese compromiso se llega por un consenso entre el colegio, las familias y la orden -dice Fuentealba.

Araya llegó a Santiago. Lo evaluó un siquiatra que lo encontró con tendencias suicidas. Se pasó 15 días internado. De ahí partió a Colombia, donde estuvo tres meses en tratamiento siquiátrico, que según Santibáñez no arrojó ninguna desviación sexual, lo que dejó conforme a la cúpula salesiana.

Y Araya regresó a Chile.

Y los salesianos lo mandaron a Puerto Montt.

Y renació el problema.

El provincial Santibáñez se lo resumió a los policías en su declaración:

-Lo enviamos a Puerto Montt, de ayudante de las tareas que le dieran en el colegio, pero justo jóvenes de Concepción que viajaron al sur lo vieron, decidiendo presentar la denuncia -dijo.

La presencia de Araya motivó la denuncia. El abogado Fuentealba explica:
-La institución faltó el compromiso asumido con los alumnos y apoderados.

Y empezó el ocaso de Araya.

No sólo el ocaso. Hoy, definitivamente está enredado. Y con él, los salesianos. Fuentealba, que al cierre de esta edición se encontraba elaborando una querella por encubrimiento contra quien resulte responsable, quiere que se aclare qué información tenía la orden y por qué actuó de esa manera:

-Algunos salesianos protegieron a Audín Araya. El Director nunca denunció los hechos revelados por los alumnos. Por el contrario, se le envió al extranjero y luego se le derivó a otro establecimiento educacional, aún cuando la institución estaba en conocimiento de la denuncia de abuso sexual.