Mirado muchas veces como género menor respecto a la ficción, el documental como instrumento ideológico despegó con la Revolución Soviética (Dziga Vertov dirigió en 1929 la fundacional “El hombre de la cámara”). Luego los nazis, que intuían bien el poder de los medios masivos, lo privilegiaron como transmisor de sus postulados en “El triunfo de la voluntad” y “Olympia”, ambos dirigidos por Leni Riefenstahl. Tras la Segunda Guerra, el documental como forma de cuestionamiento de la realidad resurgió en Francia, a principios de los ’60, con la escuela del cine directo y los filmes de Chris Marker. Y fue justamente en la segunda mitad de esa década que cineastas como Jean-Luc Godard y el cubano Santiago Álvarez radicalizaron sus propuestas con provocadoras técnicas de montaje, discursos netamente de izquierda y rodajes en zonas conflictivas como Palestina. En Estados Unidos, este tipo de documentales se instaló en los años Reagan, con Michael Moore y su “Roger and Me” (1989) como estandarte. Es decir, en el último medio siglo, documental e inquietud social han mantenido una correlación intensa.

Hoy, las imágenes lo invaden todo en dos o tres dimensiones y, con su forma virtual, alejan al espectador de los referentes cotidianos. En este contexto de “alienación”, como se habría dicho antes, el documental vive un nuevo auge, motivado en buena medida por la necesidad de un número creciente de ciudadanos de volver a mirar la realidad. ¿Pero cuál realidad? ¿Qué verdad? Ciertamente no la que construyen a cada minuto los medios de comunicación tradicionales –demasiado a menudo subordinada a intereses comerciales y políticos– sino aquella que justamente está oculta detrás, la que no es visible desde la superficie de las cosas y la que determina secretamente el curso de la humanidad.
Esa realidad escondida que maneja los hilos del poder global es la que indagan dos películas imprescindibles que se estrenan esta semana en el Fidocs: “La doctrina del shock” (2009), de Michael Winterbottom, e “Inside job” (2010), de Charles Fergusson.
“La doctrina del shock” es un filme de tesis, que reúne cientos de imágenes de archivo de las últimas seis décadas y articula su relato a partir de las ideas desarrolladas por Naomi Klein. Su propuesta es clara: EEUU expande la ideología neoliberal por la vía de provocar crisis y guerras en países donde tiene intereses urgentes. Según explica Klein, esta doctrina del shock, elaborada junto a Milton Friedman, comenzó con experimentos de privación del sueño y electroshock en los cuarteles de la CIA en los años 50 y tuvo su bautismo de fuego en el golpe de Estado que derrocó al Presidente Allende en Chile. Desde nuestro país se expandió a Argentina, Uruguay e incluso Irak, en la década pasada. El filme hace apuntes interesantes y lúcidos, por ejemplo, cuando analiza por qué Pinochet necesitaba crear la idea de que estaba en guerra con el marxismo (“El marxismo es como un fantasma”, dice el dictador en el filme) y como ese concepto se prolonga en la “guerra contra el terrorismo” de Bush.

“Inside Job”, reciente ganador del Oscar al mejor documental, tiene más la forma de un completo reportaje. El caso pivotal que se explica ahí es el de Islandia, para luego pasar a un detallado y bien documentado análisis de la crisis sub-prime en EEUU en 2008. Con entrevistados directamente ligados a las finanzas globales, como Dominique Strauss-Khan, George Soros, lobbistas de primera línea, editores de medios y personeros de los distintos gobiernos norteamericanos, “Inside Job” arma un relato didáctico, apasionante y demoledor de la forma desregulada y codiciosa con que actúa la gran banca. También explora fenómenos que se dan actualmente en Chile (ex funcionarios de la administración pública que luego se enriquecen trabajando en las mismas empresas que debían cautelar), la unión de poder financiero y político, y hace un pesimista y bien fundamentado pronóstico del gobierno Obama.

El documental de Charles Fergusson posee más recursos fílmicos que “La doctrina del shock” pero la mirada cargadamente ideológica de éste es más potente. Por eso ambas películas forman un programa doble fundamental para comprender la evolución del mundo en el que estamos parados. Y para ver cómo nos afirmamos.