El año 1998, cuando nació The Clinic, no había ley de divorcio, existían los hijos ilegítimos, y las relaciones homosexuales eran consideradas delito. Aún subsistía la censura cinematográfica: La Última Tentación de Cristo era una película vedada que, con el morbo que despierta lo prohibido, corría en cintas VHS de mano en mano, como un tesoro sobrevalorado por los jóvenes rabiosos que no aceptaban tal estado de interdicción. Nuestro mismísimo pasquín –así le llamaban los beatos y reaccionarios-, por entonces una mísera cuartilla en blanco y negro, despertaba amores y odios desmedidos.

Había quienes lo leían a escondidas y otros que lo paseaban como bandera, mientras casi todo el resto de la prensa llenaba sus páginas con alharacas y lamentos por el ex dictador recién detenido en Londres. Pinochet, en esos momentos senador vitalicio, era un actor relevante de la política nacional. Los mismos derechistas que hoy gobiernan viajaban en procesión a Inglaterra para presentarle sus respetos al general cautivo. No era poco lo que le debían. Ese último año del gobierno de Eduardo Frei fue verdaderamente tenso. El recuerdo de los detenidos desaparecidos seguía vivísimo y la demanda de juicio y castigo para los culpables de crímenes y torturas durante el antiguo régimen continuaba siendo una demanda central de buena parte de la población.

Por esos días, circuló un candidato que se llamaba Arturo Frei Bolívar, “uno como usted”. Pocos tenían computador y sólo los expertos sabían de la existencia de la internet. Las así llamadas redes sociales tardarían todavía mucho en aparecer. Los teléfonos celulares recién comenzaban a expandirse, y se supo de arribistas que para subir de estatus fingían hablar por unos de madera. Para ciertos izquierdistas, tener un teléfono móvil contradecía sus principios. La ecología era un asunto de excéntricos.

Los sociólogos se daban un banquete analizando el fenómeno de las nuevas masas que accedían al consumo. La Florida saltó al estrellato. Todavía no terminaba la Transición. Entre los concertacionistas hubo quienes la dieron por cerrada con el arribo de Ricardo Lagos al poder. Un círculo se cerraba con el regreso de un socialista a La Moneda, pero el tema de Pinochet seguiría rondando con fuerza hasta más allá del año 2000.

Dicho sea de paso, Lavín estuvo a punto de ganarle. Los miembros de la coalición gobernante se dividían entre autocomplacientes y autoflagelantes. Los primeros defendían y se felicitaban por los logros alcanzados de manera paulatina, mientras los segundos reclamaban más arrojo y celeridad. La sociedad civil se hacía escuchar poco y nada más allá de lo que en nombre suyo discutían los políticos de turno.

La Concertación fue una experta en controlar al movimiento social. El radio de influencia de sus partidos llegaba prácticamente a todas las organizaciones existentes, conteniendo demandas que, a esas alturas, pujaban por explotar. Con el país culturalmente mucho más abierto y normalizado, surgió Michelle Bachelet. Años antes era impensable una presidenta mujer, feminista, separada, atea, e hija de un general asesinado por sus compañeros golpistas. Se trató al mismo tiempo de un logro y de una nueva contención.

Algo intuyó su candidatura cuando prometió un gabinete paritario en el que nadie se repetiría el plato, pero a veces las intuiciones llegan a destiempo, y al poco andar, los inexpertos se vieron superados por las circunstancias y volvieron a tomar las riendas los tribunos fogueados. Terminado su período, con la presidenta en el éxtasis de su popularidad y los partidos que la sostenían ya envejecidos, la Concertación concursó con un arma del pasado. El carro de la historia había sido empujado más allá de donde ahora los mismos que ayudaron a moverlo pretendían reinstalarlo.

Y ganó Piñera por default. Así comenzó otro cuento. Sigamos pasando rápido las páginas. Generaciones enteras que habían guardado resignado silencio –porque recordemos que hasta aquí la recuperación democrática estuvo, a grandes rasgos, en manos de aquellos que la vieron derrumbarse entre sus manos-, empezaron a sacar la voz: así, al menos yo, me explico buena parte de la irrupción ciudadana. Chile dejó de ser el que era. O sea, para no exagerar, es el mismo y otro. Y algo parecido sucede con sus demandas, que son las de siempre, pero en un formato recién parido. Nosotros, los del Clinic, tampoco somos los de antes. Alguna vez aceptamos cosas que hoy no.

De las películas prohibidas pasamos a querer películas inimaginadas, de la superación de la miseria a una demanda por igualdad, del reino de la plata al reino del bienestar, de la no sanción al respeto total, del derecho a hablar a la exigencia de ser escuchados atentamente. Cuatrocientos números más tarde, son muchos los que reclaman eso que cuando nacimos hubiera pasado por exceso. Cincuenta mil personas se tomaron la Alameda en contra de una mega central hidroeléctrica en la Patagonia, en torno a los cien mil estudiantes lo hicieron para reclamar una educación digna para todos, cerca de quince mil llenaron la misma avenida en nombre del matrimonio igualitario, de la no distinción legal entre amores ortodoxos y homosexuales.

Es de no creerlo; hasta hace poquísimo tiempo un desfile semejante hubiera sacado alaridos de escándalo y no habrían faltado los curas arrogantes que condenaran desde el púlpito a esta casta de sodomitas descarados. No entremos en detalles: los mismos que ayer actuaban así, hoy caminan cabeza gacha. Familias completas llenaron el centro de Santiago en pos del respeto a las opciones de cada cual. Nuestro país entró de lleno al siglo XXI. Ya no luchamos contra la herencia de ninguna dictadura. El asunto, hoy por hoy, no es la modesta conquista de una democracia electoral, sino la de esa otra, muchísimo más exigente, en la que cada hombre es un voto, y cada voto una voluntad que no está dispuesta a ser ignorada. Nuestra revista, marginal en sus comienzos, es actualmente la más leída de Chile.

Tenemos un diario online –theclinic.cl-, que en algo más de cuatro semanas ha alcanzado un promedio de aproximadamente 60.000 visitas diarias. En nuestro bar de la calle Monjitas, a toda hora fluyen conversaciones sedientas. Para ser francos, jamás imaginamos llegar hasta donde estamos. Falta mucho. Siempre faltará mucho, pero basta cerrar los ojos un instante para constatar que hay buenas razones para brindar. No es adentro de palacio donde en estos instantes está la fiesta, sino en las calles.

Salud por eso.