Yo hice la práctica a fines de los 60 en Las Últimas Noticias cuando se usaba que todos partieran en policía. Los viejos, con muy buen criterio, pensaban que esa era la mejor escuela para aprender a reportear. Te tiraban al agua y aprendías a nadar o te ahogabas. Sigo creyendo que esa es la mejor fórmula. Recuerdo que la primera noticia que me tocó fue el derrumbe de una muralla en el Zanjón de la Aguada. Estaba lleno de polvo y de ladrillos. Yo me acerqué a un carabinero y le pregunté:

-Tengo entendido que en este lugar murieron unas personas ¿dónde están?

-Los está pisando- me contestó.

Jaja. Ese fue mi primer reporteo. Pero el más importante al principio de mi carrera fue un doble homicidio con suicidio, en la Plaza de Armas. Resulta que una mujer engañaba su marido con un vecino. El cornudo se dio cuenta y un día los siguió hasta un motel. Cuando salieron, los mató y se suicidó. Las Últimas Noticias estaba en Compañía a dos cuadras del lugar. Pedí los antecedentes a los policías y me di cuenta de que todos vivían más o menos cerca. Con la inocencia del practicante, fui a la casa de uno de ellos. Golpeé la puerta y pregunté: “vive la señora tal por cual”. La mujer que me atendió me dijo: “Sí, qué necesita”. “Mire, es que vengo por lo de la tragedia”. Ellos no tenían idea de nada. ¡Imagínate! Una señora gritando “¡yo sabia que esto iba a pasar! ¡algún día el Mario iba a descubrir que le eran infiel!” Fue una cosa atroz.

A fines de los 60 me tocó otra cosa bien terrible. Hubo una explosión en Chuquicamata: un tren cargado con explosivos voló y más de 30 personas murieron. Cuando yo llegué todavía estaban buscando los restos. Si el cuerpo estaba relativamente entero, lo echaban a un cajón. Si sólo hayaban restos los tiraban a otro lado. Vi también cómo a algunos cajones les echaban paladas de tierra o piedra, para que los deudos, a la hora de sepultarlos, sintieran que estaban enterrando a alguien. Te aseguro que mucho de esos cajones estaban llenos de tierra y arena. Ese reporteo fue impresionante. El dolor en el pueblo era tremendo. Me acuerdo que al final terminamos huyendo por el cementerio, mientras los obreros nos perseguían a peñascazos porque nos entrometíamos en su dolor.

Eso de que nos anden insultando y gritando es muy común. Hay un tema ahí que no vamos a poder solucionar nunca porque va la prensa, en medio del dolor, a averiguar datos y, obviamente, la gente en ese momento lo que menos quiere es que lo molesten. El dolor es una cuestión íntima: es como echarse un polvo, es como defecar. Tiene que ver con la intimidad de la gente. Por eso es que con los años uno va aprendiendo métodos, tacto, formas de acercamiento. Tú no puedes llegar donde una señora y ponerle la grabadora en la cara y decirle “¿Qué opina usted que hayan violado y asesinado de forma tan salvaje a su hija?”, Jaja. Hay que saber respetar y si hay gente que no quiere hablar, para qué insitir. La sociedad no se va a perder nada si no salen detalles morbosos. Yo, en ese sentido, jamás he perdido la sensibilidad frente a los hechos, ni frente al dolor ajeno. Lo que ocurre es que tal vez nosotros ironizamos mucho con la muerte… Yo soy famoso por mis chistes negros, pero esas cuestiones son mecanismos de defensa. Es una forma de defender nuestro fuero interno. Creo que el día que pierda la sensibilidad, mejor me voy para la casa.

Las noticias que más me impactan son las que tienen que ver con los niños. Puede que sea muy impactante que alguien trate de asesinar a un ejecutivo de la central hidroeléctrica del sur, pero esa hueá no deja de ser un atentado. Pero los niños que mueren en accidentes de hogar me resulta brutal. O los que fallecen víctimas de incendios, asesinados o golpeados o víctimas del alcoholismo o la drogadicción de sus padres. Esa cosa me ha resultado muy fuerte.