La de Mostro siempre ha sido música con el pecho puesto a la heráldica musical absurda -rock matemático, o progre, o kraut, o lo que venga-. Todo esto justificado: nadie más apto en el circuito nacional para compartir cartel con Damo Suzuki (al menos la mitad de Mostro), High Places, Shellac, y otras visitas internacionales con poco interés en la música amable.

“Libre para regurgitar la intemperie”, el nuevo disco de Mostro tras cinco años sin acudir al plástico, no cambia mucho el programa: no es tu programación habitual de radio Oasis, pero tampoco necesitas álgebra para entenderlo. Es música difícil que se resuelve con guata, no con cabeza.

Mostro pisa lejos del camino conocido del rock. Mejor todavía, se plantean sacrílegos contra ese relato anti-pop del rock progresivo: los de Los Andes son capaces de quitarle el cuerpo a esas complicaciones institucionalizadas del rock ñoño mediante contorsiones simples y melodías bien oreja (“G”, por ejemplo) sumergidas en el ectoplasma de decisiones retorcidas.

Las pistas están bautizadas todas con letras y a lo más se estiran hasta los cuatro minutos de vida. Las líneas melódicas se mantienen en rango acotados, machacando dentro de un rango corto y haciendo el quite a los excesos. “E” es un buen ejemplo de esto: cuando parecía que la música se arrancaba a los terrenos de los repartidores de gas, llega un descanso armónico de lo más relajante. Que dura poco, claro.

Quizás la mayor cercanía con el manual del rock progresivo aparece en “F”, con su juego de velocidades (diría Solabarrieta) y métrica quebrada. Pero es no es exclusividad de ningún género. Hay mucho virtuosismo en la batería, suficiente para llenar los pasillos de un laberinto de sonidos secos y peligrosos, pero el interés está siempre al servicio de la náusea controlada, ya sea mediante la sumatoria de arpegios satánicos (poner oreja al final de “D”) o algún pequeño infierno de caos binario (al inicio de “C”).

“Libre para regurgitar la intemperie” podría pensarse como la banda sonora de un jefe de algún videojuego de los años noventa: uno de los difíciles, de plataformas que se mueven y fondos de lava, paranoide como “H”, ágil como “G”, apoyado en líneas de bajos firmes, distorsiones graves y secciones insistentes que marcan su progresión subiendo algún peldaño en sus tonalidades (“A”). Al final del viaje, misión cumplida: guata revuelta y orejas rojas, pecho sincronizado con esta caja de ritmos cavernarios.

Mostro, “Libre para regurgitar la intemperie”.
Quemasucabeza, 2011

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