Cuatro de Agosto

Hasta el miércoles 3 de agosto, la marcha convocada en La Alameda por el movimiento estudiantil era un último esfuerzo, discutible y, de hecho, discutido, por seguir mostrando fuerza cuando ya muchos de sus cómplices creían que había llegado el tiempo de atar cabos. El riesgo de que al día siguiente se notara una merma importante en la convocatoria era alto, pero justo entonces apareció Hinzpeter, de quien no se sabía nada desde que la Udi entrara al gabinete, tomándoselo, aparentemente, por completo. Y su performance no pudo ser más desafortunada, porque, quizás precisamente para demostrar que conservaba algo de la autoridad perdida, salió vociferando que no le permitiría a estos mocosos intransigentes continuar con sus chacotas, al menos no por la principal arteria de la capital. No lo dijo así, pero fue algo por el estilo lo que Piñera mismo vino a especificar poco más tarde, cuando habló de ponerle punto final a tanta protesta obstinada. El asunto es que en ese preciso momento Hinzpeter le insufló nuevos bríos a la manifestación. Le agregó una nueva razón de ser a la movilización: ¿quién era él para venir a prohibir el uso de los espacios públicos? ¿Bajo qué argumentos unos podían y otros no marchar por La Alameda? Hay que considerar que la violencia jamás ha formado parte del espíritu de este movimiento ni mucho menos ha contado con algún espacio en la convocatoria. Los destrozos y las violencias que se desatan en sus bordes, como puede corroborar cualquiera que los conozca, le resultan tanto o más molestos a los convocantes que a las autoridades. El alcalde de Santiago, Pablo Zalaquet, reconocía que ya no daba más, y en las fotos se le veía, si no llorando, a punto, pero incluso él reconocía que había llegado a un acuerdo con los directivos de las federaciones para querellarse juntos en contra de quienes se revelaran como responsables de los destrozos. Pero llegó el 4 de agosto, y el ministro del Interior, en lugar de dar la mano a torcer o procurar, con la habilidad propia de los buenos políticos, las condiciones necesarias para evidenciar que los buenos son ellos, soltó a los pacos como fieras y los echó a perseguir jóvenes antes siquiera de que gritaran el primer slogan. Si la marcha estaba convocada a las 10.30 hrs., a las 10 Plaza Italia ya olía a lacrimógenas y los uniformados se encargaban de disolver hasta los más pequeños grupos. La orden era clarísima: que no marcharan, que se les detuviera, que se abortara cualquier intento de manifestación. Carabineros paraba a todo el que no fuera viejo en el centro y sus alrededores para revisarles las mochilas, desviarlos de su camino, desmotivarlos o detenerlos. Pues bien, no hubo marcha. Los que llegaron a reunirse para hacerse escuchar terminaron mojados o ahogados antes del primer murmullo. Con su recepción, la fuerza pública convirtió a muchos posibles marchantes en combatientes, y el ministerio del Interior y la intendencia de Santiago lograron reemplazar un lugar de encuentro por muchos puntos de enfrentamiento. A medida que el día transcurría y que, como si fuera poco, se difundía el dato de que el apoyo del gobierno, según la encuesta CEP, la más reconocida de todas, había caído a un 26%, el más bajo de un presidente desde el fin de la dictadura, fueron miles de miles los que se sumaron al movimiento rebelde. Ya no era sólo pedir una mejor educación, sino manifestar la molestia que produce el intento de silenciar cualquier voz. ¿Es que acaso la Alameda tiene dueños? La represión absurda con que se recibió a los estudiantes causó indignación. La foto de un niño de cerca de diez años siendo detenido por un silón de las fuerzas especiales terminó con la paciencia de muchos inconmovibles. Se multiplicaron a lo largo de Chile las protestas en las principales plazas de varias ciudades. Santiago estaba convertido en un campo de batalla. Más de 1300 efectivos de carabineros se paseaban por el centro persiguiendo universitarios. The Clinic Online informó de unos que le indicaban a otros dónde había cabros para apalear. Tal cual, hablaban de ir a apalear. A las 18.30 hrs estaban convocados para entrar en escena los universitarios y los profesores (¡saquen a Gajardo!), -porque la marcha mañanera era de los secundarios- y lo que sucedió fue que a esa hora se revitalizó con ellos la historia, pero resulta que ellos ya no eran simplemente los estudiantes, sino medio Chile cabreado con el abuso de poder, la desigualdad, el no ser oído ni atendido, choreado con la lógica mercantil que a las finales enriquece siempre a los mismos, muchos de los cuales o están en La Moneda o la circundan. Y empezaron los caceroleos. El llamado a golpear ollas como tambores esta vez no pretendía significar hambre, sino hacer ruído, evidenciar un reclamo que pocas veces encuentra cabida en la televisión y los grandes medios de prensa. Hubo quienes quisieron tomarse Chilevisión. Fue un día inolvidable, en que el caos, pero también los ciudadanos comunes y corrientes, se apoderaron de la escena. Como en la gloria de los ochentas, a lo largo de todo el país retumbaron las baterías de cocina. Se congregó gente en los parques. Reinó un ambiente revolucionario, y como siempre que sucede esto, hubo excesos. En fin, el tema dará para rato y es harto improbable que pare aquí. ¡Qué tontera más grande! Lo que pudo ser la última de las marchas, se convirtió en el primer capítulo de una historia de la que no podemos adelantar mucho; un primer capítulo, en todo caso, impresionante, casi tanto por las ansias de libertad y respeto instaladas en nuestra ciudadanía, como por la incapacidad y tozudez de sus gobernantes. Los que han culpado a La Concertación, simplemente no entienden nada; la Concertación es un perro mojado que se lame la cola mientras aúlla la jauría. Tampoco tienen mucho que arrogarse los comunistas, salvo la capacidad, si se les ocurre negociar (como dicen que estuvieron haciendo antes de que Hinzpeter promoviera la revuelta con sus bravuconadas) de romper la unidad de la CONFECH. Pero ya ni de la CONFECH es el asunto.
Comentarios
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