Pinochet, el documental

Pinochet, el documental

Foto: Alejandro Olivares Acabo de ver el documental PINOCHET, de Ignacio Zegers. Diría que aunque frecuentemente invitaba al aburrimiento, me dejé capturar por él. Es una oda al general Augusto Pinochet Ugarte, un grande en la historia de Chile (“Cientos de presidentes serán olvidados, un General Pinochet vivirá para siempre”, afirma una leyenda al cierre), pero también es un reclamo desesperado. Cunde el sentimiento de que les han robado la historia. De que acá el cuento ha sido tramposamente relatado por la izquierda internacional, por una prensa tendenciosa y tribunales que no conocen la justicia. Como le dice un adolescente a su abuelo ya concluyendo la película -cuando el viejo termina de relatar las maravillas del dictador y el terrible odio con que se le ha retribuido-, “pero Tata, esto parece una película de terror!” (Y eso que no le mostraron las escenas verdaderamente escabrosas). Se sienten discriminados por defender la obra de un gobierno que, a finales de cuenta, consideran estupendo. Todo lo que Chile es hoy, en términos de desarrollo, se lo debemos al gobierno militar. Como se jactan algunos, ahí cambiamos de pelo. Pocos se acuerdan, sostiene el documental, de cómo estábamos antes del 11 de septiembre de 1973, y, a continuación, muestra el caos en las calles, testimonios de desabastecimiento y declaraciones de políticos demócratacristianos, como Eduardo Frei o Patricio Aylwin, asegurando que la cosa no daba para más. Un orador recuerda que la Democracia Cristiana fue parte del gobierno hasta 1976. Según un líder de los camioneros que bloquearon los caminos durante la UP, en La Moneda le ofrecieron uno o dos millones de dólares si terminaba el paro. En la entrevista con Régis Debray -filmada por Littin, quien reclama que nadie le pidió permiso para usar sus imágenes, Allende se despacha unas cuantas frivolidades. Siempre he creído ver en esa entrevista al Allende menos convincente de todos. Parece que estuviera haciéndose el interesante frente a un joven y arrogante periodista francés ansioso por saber cuán revolucionario era el chileno. Después enumeran las obras del régimen, que no son pocas. El tema de los derechos humanos es sustituido por el de la guerra encubierta. Los pinochetistas, al parecer, siempre viven una guerra encubierta. De punta a cabo el documental habla de buenos y malos. Pinochet es para ellos un caudillo incomprendido y traicionado, como Napoleón, por nombrar sólo a uno de esos héroes que entregan hasta la dignidad por el bien de sus pueblos. El hombre no tiene mácula. En sus cabezas, el trastorno de la realidad es tal, que no entienden por qué se les trata con tanto desprecio. No han salido de la burbuja en todos estos años. Algunos se reúnen con sus mártires de Punta Peuco para ver cómo reorganizar las fuerzas dispersas de Avanzada Nacional, mientras afuera los vecinos marchan por la liberación de los homosexuales. Se sienten cada día más aislados, como los viejos en los asilos, cuando desaparecen las visitas y comienzan a ser negados. Andrés Chadwick reconoció: “En la perspectiva del tiempo, de la madurez política que uno va aprendiendo y de los conocimientos que va adquiriendo, hay una situación de la que sí me arrepiento, que es la violación brutal de los derechos humanos que se efectuó en el gobierno militar, y por eso tengo un profundo arrepentimiento de haber sido partidario de un gobierno donde esos hechos sucedían”. Para los pinochetistas, como para todos los fanáticos, cambiar de parecer es sinónimo de traición. Ellos no son capaces de escuchar atentamente una voz que desordene sus convicciones. El arrepentimiento es un gesto de debilidad. Conceder es darse por vencido y entender al otro es un acto de sumisión. Para estos, imponer la propia idea es más importante que arribar a la verdad. Es la pasión venenosa de los “ismos”. Del documental, me impresionó la idolatría, el anclaje en categorías que se han ido diluyendo, aunque espejeen; pero por sobre todo, volver a encontrarse con la imagen de Pinochet, presentado bajo ese prisma con que lo vi toda la infancia, como decía Manrique, hace que uno “avive el seso y despierte” recordando cada cosa… Sólo que ahora sus herederos están clamando, pidiendo un poco de reconocimiento, mendigando, al menos, respeto. La escena de Patricia Maldonado cantándole “El Rey”, es de opereta. Me dio gusto ver el documental. Por momentos, llegué a compenetrarme del alma pinochetista. Fue una experiencia rara, pero interesante.
Comentarios
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