“El Guarén” encierra, en sus pocas páginas, imágenes desoladoras del Chile de los últimos treinta años. Para Germán Marín, en cierta manera, Chile es como Las Vegas: los cimientos de esas sociedades se erigen sobre las ruinas de los muertos. Si en la ciudad norteamericana los casinos están construidos sobre cementerios indios, en el Chile post dictatorial los muertos y torturados (y por sobre todo los que quedaron a la deriva de la historia), “los vencidos”, son el abono de una sociedad que mide el éxito por el rasero de la posición social, el dinero y la vileza. Por supuesto, ese diagnóstico no es solo propio del país: las sociedades modernas, o súper modernas o postmodernas, o como se las llame hoy, incentivan y premian el ascenso social, el desclasamiento y la ambición de respeto y estatus.

El “Guarén”, William Araya, nacido, criado y educado en La Pincoya, es un retrato a escala de esa sociedad chilena. Es un hombre de oportunidades, un self made man a la chilena. En sus años tempranos, tomaba lo que le pertenecía a otros (incluyendo a las mujeres) por hambre o por ánimo de poder. Adolescente en los ochenta, vislumbra, con la inteligencia que sólo tienen los pillos, que la mano va por enrolarse en el Estado. El Guarén, así, pasa de ladronzuelo a gendarme: las mismas habilidades con distinto uniforme. La gendarmería es su trampolín a la CNI, y la CNI, su ascensor. Recomendado por un superior, se convierte en guardaespaldas de un empresario de derecha. El Guarén ya no es más de La Pincoya, ahora es de La Dehesa.

William Araya es un héroe stendhaliano. Reemplaza la picardía y la seducción de un Sorel por el uso vehemente de su voluntad, la fuerza bruta y el silencio obediente de un sicario, pero, tal como el protagonista de “Rojo y negro”, lo que quiere es ascender, o, mejor dicho, ser alguien, poder ser visto como un hombre que no arrastra el tufo pesado de la criminalidad, la pobla: la carencia de medios y de una historia agradable para la sociedad, en definitiva. La diferencia entre ambos estriba, también, en que Sorel consigue –aún si no por mucho tiempo– enquistarse en la aristocracia, ser percibido como uno de ellos; el Guarén, en cambio, accede por la puerta trasera: apenas es un guardaespaldas.

Su oportunismo y amoralidad son temperados por el amor que siente hacia María Paz, la mujer de Juan Luis, su empleador. Su deseo por ella es doble: por una parte representa el último tramo de su desclasamiento, su ambición por “estar” con una mujer de otra extracción y linaje, el anhelo de lo prohibido; pero, por otra parte, es a la vez un riesgo para su permanencia en esta clase de adopción. En esa antinomia peligrosa, Araya se complace en un comienzo con imaginar su deseo, pero pronto se le hace imposible persistir sólo en una fantasía. Es por María Paz, eventualmente, pero también por el apego que siente hacia su nueva vida que, en el desenlace de la novela, toma acciones contundentes para mantener el statu quo.

Marín le sigue sacando provecho a los tópicos que alimentan su obra narrativa completa. “El Guarén” es una muestra sucinta del talento de uno de los narradores chilenos más importantes de los últimos años, famoso por su tenacidad para destruir las imágenes ideológicas del pasado y del presente, su malhumor y sus brillantes, y llamativas, escenas calentonas.