Natalie Basedow, corresponsal en Berlín

Les escribo desde la Kastanienallee, una de esas calles en Berlín donde los alquileres y el precio del café están subiendo a menudo, porque el barrio se está poniendo “hip“.

En este lugar de día se toma café y por la noche se convierte en un bar. ¿Qué les cuento de aquí? Bueno, lo que no deja de ser un gran tema es la “crisis”. Y para empezar, en mi opinión esta “crisis” lleva el nombre equivocado. La “crisis de Grecia“, “la crisis del euro”, “la crisis de las deudas” o “la crisis de los bancos” son imágenes camufladas que esconden causas más profundas. “Grecia”, “euro”, “deudas”, “bancos” son usados como pretextos discursivos que esconden una complejidad más grande. Estos conceptos le permiten a los políticos, los medios masivos de comunicación y a los ciudadanos reducir transformaciones de poder económico y político a acusaciones simplistas.

Las razones de la “crisis” casi no se tratan, o solo de manera superficial. La respuesta dominante se reduce a una acusación: “Las deudas del Estado Griego” o -para articularlo en una frase más popular y cotidiana- “esos griegos vagos”. Este comentario muestra de manera ejemplar cómo complejas relaciones económicas son reducidas a “diferencias culturales” que conllevan a percepciones desfiguradas de la realidad. En los diccionarios existe una palabra para esto: discriminación. Pero bueno, los medios prefieren llamarlo “ayuda”. “NOSOTROS, Alemania estamos ayudando a Grecia! No puede ser que trabajemos tan duro y taaaaaan eficientemente para pagarle la crisis a ELLOS! Eso no corresponde, ¿por qué debemos mantenerlos? ELLOS son flojos, corruptos y andan disfrutando el sol!”

Lo que particularmente me preocupa de esta “crisis” es su dimensión discriminatoria, o sea, la disposición de alguna gente de retomar estas posturas y hacérselas propias por el simple hecho de que son posturas convenientes y hasta a veces cómodas. Hace solo pocos años, nadie dijo nada contra “los griegos“. Se solía disfrutar sobre todo la comida griega en Alemania, y visitar sus playas y su cultura. Ahora la comida griega se sigue consumiendo, pero las visitas a sus playas están disminuyendo y la cultura griega se está prostituyendo (a colación de esto último, en Atenas se sancionó una ley para crear fuentes alternativas de ingreso y ahora se pueden arrendar los monumentos históricos: Jennifer López podrá hacer su desfile de moda en las ruinas de la Antigua Metrópolis).

Lo que es importante de acentuar es que estas imágenes sobre el pueblo griego son falsas. Primero, Alemania no está “ayudando” a Grecia. Entre otros, algunos bancos alemanes le están dando créditos por una alta tasa de interés a bancos en Grecia. En el contexto de la Unión Europea, estos créditos están ligados a profundas reformas institucionales que afectan la democracia griega y sobre todo el estado de bienestar. Estas reformas (sobre todo privatizaciones, reajustes sociales, reajustes sociales y reajustes sociales y más reajustes sociales…) no afectan a los bancos griegos, afectan al pueblo griego.

En Chile, conocieron muy bien este tipo de “ayuda” –también llamada “reformas”-, cuando el Fondo Monetario Internacional (FMI) hacía sus primeros ensayos con las economías latinoamericanas. En los años ochenta el Fondo Monetario prescribía mediante el Consenso de Washington las recetas para recibir sus “ayudas”. Ahora el 64% (117 mil millones de euros) de los créditos del FMI va hacia once países de Europa. Los tiempos cambiaron. El otro día conocí a Roger Nord, un funcionario del FMI de África. “El Consenso de Washington desapareció hace un largo tiempo”, dijo con cara de gringo convencido.

No entendí, porque no veo grandes diferencias a la “ayuda” que se está dando a Grecia y a las “reformas” que se aplicaron a algunos países de América Latina en el reciente pasado. Di voz a mis pensamientos y el señor Nord me respondió sonriendo: “Sí, sí, pero el programa que se aplica a Grecia ahora es muuuuuuuuucho más estricto que las medidas aplicadas por el FMI a América Latina”. Entre otras cosas, también me habló de la gran diferencia institucional que domina este proceso ahora -entre la Comisión Europea y el Banco Europeo, el FMI es solamente un prestamista entre tres. Y en comparación con el FMI, la Comisión Europea está muy interesada en estructuras institucionales. A la Comisión Europea no le basta dictar en qué se invierte y sobre todo en qué NO se invierte y adónde dirigen los flujos monetarios. Quiere que estos cambios se institucionalicen, es decir, que el Estado griego se reestructure.

Segundo, no solo los bancos hacen su negocio en Grecia; también las empresas. Muchas firmas alemanas y francesas están teniendo una creciente participación en la economía griega. Además, Alemania, país al cual en un principio por sus crueldades en la Segunda Guerra Mundial ni siquiera le permitían un ejército, ahora con una cuota en el mercado del 11 por ciento, es el tercer exportador de armas más grande del mundo. Y para sorpresa de todos, los clientes más importantes son Turquía, Grecia y Suráfrica.

Tercero, no le encuentro ni un sentido a la comparación y magnífica reducción de decir que los ciudadanos de un país son más “flojos” que los de otro. Pero para los que creen en ese tipo de argumentación, la estadística da una lección. Son datos de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE): En promedio un trabajador en Alemania trabaja 1390 horas en el año y un trabajador griego 2119 horas.

Cuarto, el pueblo griego nunca votó a Angela Merkel u otros actores que llevan su máscara. El jueves pasado, justo cuatro días antes de las elecciones en Grecia, sus ciudadanos una vez más supieron que habrían votaciones sin opciones en su país. A la edición alemana de la Financial Times se le ocurrió redactar una carta al pueblo griego en griego y alemán. La carta se tituló “Resistan al demagogo” y recomendaba lo siguiente: “Queridas griegas y queridos griegos […] sean valientes y voten por las reformas en vez de estar furiosos y en contra de cambios estructurales necesarios y dolorosos. Solo con los partidos que aceptan las condiciones que proponen los prestamistas internacionales su país podrá quedarse con el euro. Su país por fin necesita un Estado que funcione. Para que se pueda gobernar en orden recomendamos la “Nea Dimokratia“ […] Tsipas está creando un mundo que no existe”.
Los griegos no deben votar por la izquierda, deben aceptar que le bajen los sueldos, que pierdan el trabajo y obedecer a las decisiones que se toman desde Berlín. El pueblo griego nunca votó por Alemania, pero Alemania ganó las elecciones. Llamar a esto una “crisis económica“ no basta.