Nunca hubo más suspenso en la serie de Mampato que en el continuará de ese final de episodio del verano de 1978, con el chico pelirrojo asustado y extraviado en la época de los dinosaurios, tras perder el cinto-espacio temporal que le permitía retornar siempre a su hogar en el (pasado) presente chileno de clase media.

Las revistas de historietas nacionales casi habían desaparecido de los kioscos, sumergidas en la ola de la crisis económica, el oscurantismo militar y el auge de la TV que ya mutaba a colores. Condorito y la recién resucitada Barrabases eran las honrosas excepciones, pero los monos ya no eran buen negocio o al menos había uno mejor, así que Editorial Lord Cochrane cerró Mampato para ocupar sus máquinas en la impresión de guías telefónicas.

Al enterarse, el dibujante Themo Lobos sintió el mismo vértigo del muchacho perdido en esa lluviosa, oscura noche prehistórica. Era el fin de un largo capítulo personal y colectivo: la cancelación de la revista que en su momento llegó a vender cien mil ejemplares por número le significaba perder un trabajo estable, pero además marcaba el término de la era dorada del cómic local, que él mismo había hecho despegar.
Tras el remezón, Themo se sentó en su mesa de dibujo a pensar también cómo lo haría para volver una vez más.

Con su amigo Guido Vallejos y su no tan amigo (el fallecido) Pepo, Temístocles Lobos Aguirre (San Miguel, 1928) integra la tríada fundamental de autores de la historieta chilena más masiva. Pero a diferencia del hombre de Barrabases y del de Condorito, Themo, digámoslo, nunca le dio completamente el palo al gato con una franquicia propia. El equipo de Villa Feliz metió un golazo con el fútbol –pasión de multitudes, se sabe– llevado a las viñetas, y el pajarraco de Pelotillehue logró con sus chistes para niños y adultos una transversalidad que más tarde cruzó las fronteras. Vallejos, con Barrabases, inició y amplificó su propio negocio editorial, mientras Pepo se dedicó de lleno a trabajar en su plumífero convertido en rentable producto de exportación. No logró la misma estabilidad Lobos, que no creó pero sí modeló estética y moralmente a Mampato y su mundo, aunque eso pesó poco a la hora de mantener la vitrina pública de un personaje/marca repartido, a fines de los setenta, entre varios dueños.

Con siete décadas de carrera, Themo Lobos sabe de éxitos y anota varios hitos, pero también ha vivido épocas de vacas flacas, entre proyectos fallidos y sequías editoriales. Lo destacable es cómo el creador de Ogú, de Alaraco, de Máximo Chambónez hizo del hándicap más un motor que un obstáculo en el camino. Y si en un tiempo no hubo revistas donde publicar, lo que quedaba era dedicarse a hacer portadas de libros, folletos educativos, cómics por encargo para el extranjero, láminas para álbumes de figuritas, biografías de santos, chistes pícaros para revistas de humor adulto, storyboards para dibujos animados y lo que fuera saliendo en el camino. Lo suyo responde a la lógica de la necesidad en sentido amplio, porque Lobos vive y paga las cuentas con su arte, cierto, pero también porque es en esencia un animal creativo, una máquina de lápices y pinceles y de ideas y relatos por contar. Así se convirtió en este Themo que siempre está en eterno retorno, que aparece, desaparece y se multiplica en distintos personajes, estilos, géneros, formatos a lo largo de más de medio siglo, mostrándose probablemente –y a su pesar, en algunos casos– como el más versátil y prolífico entre los dibujantes que han dejado huella en nuestra cultura popular.

El caballero y la princesa

¡Paf!

El puñetazo del sargento José Nazario Lobos fue directo al mentón y derribó al oficial que segundos antes aporreaba la cabeza de un conscripto mapuche con su sable, molesto porque el soldado no ejecutó una orden a tiempo. El incidente puso fin a la carrera militar del defensor y marcó el destino urbano de su futura familia con seis hijos. Lobos dejó su Talca natal y se marchó a Santiago, donde convertido en carabinero y en sus rondas por un vecindario de Renca empezó a cortejar a Julia Albertina Aguirre, con quien se casó.

El niño al que en casa llamaban Themo oía embobado cómo José Nazario recordaba el primer encuentro con su futura esposa: él iba sobre un corcel y vestido de brillante armadura y al verla a ella, una bella princesa india saliendo de su ruca, decidió raptarla para que fueran felices para siempre. El padre, ahora reconvertido en trabajador de fábrica metalúrgica al ser dado de baja de la policía por proteger a otro inocente, alimentaba el imaginario de su hijo mayor con historias y trabalenguas que lo hacían partirse de la risa como ese del “pico del pato y el pito del paco”.

Themo, con ocho años, dibuja y dibuja en su casa de San Miguel, mientras sueña con ser aviador. También lee El Peneca. Allí conoce a su ídolo, el ilustrador y portadista Coré, y esos relatos de folletín que cada semana quedan en el clímax del continuará. Themo dibuja y dibuja y un día manda uno de sus monos a El Peneca, que lo publica. Los ojos del niño brillan al ver su obra impresa en la revista infantil/juvenil y Albertina, en la cocina, revuelve la olla casi segura de que por ahí va el destino de este chico siempre alegre, bromista.

Themo dibuja y dibuja. Superhéroes, monos a lo Disney, esbozos de paisajes y retratos. Para él, para sus hermanos, para sus compañeros de curso en el colegio Miguel León Prado, donde estudia con beca. Y también lee. Libros. Primero caen en su mano Los tres mosqueteros, luego El llamado de la selva y otro montón de títulos que iniciarán esa biblioteca interminable que, algún día, cuando sea conocido como Themo Lobos, tendrá en su casa de Concón. Su “internet”, como llamará, orgulloso y empecinado en no usar computador, a ese librero de casi tres mil volúmenes entre novelas, enciclopedias, libros de historia, astronomía, geografía, arte y un largo etcétera.

Los tres mosqueteros y lo que seguirá definen también temprano su ruta como narrador y ambientador de relatos. Es un lector formado al alero de Alejandro Dumas, Jack London, Emilio Salgari, Charles Dickens y otros nombres de la tradición europea y anglosajona. Con ellos aprende el modelo de la aventura clásica y el melodrama, columnas vertebrales de una obra y un futuro que aún están por dibujarse.

Aprendizaje

La firma de T. Lobos A. reaparece a principios de 1948 en el diario La Nación, estampada en dos tiras cómicas dominicales: Homero, el Piloto y Ferrilo, el Autómata. El dibujante tiene 19 años y han pasado casi tres desde que debutó en El Peneca haciendo viñetas didácticas como Las letras mágicas y Geografía ilustrada, y El indio feroz, su primer personaje fijo, antes de esfumarse sin que ningún lector lo echara de menos. Con todo, Themo atesora esa tímida incursión con la que prueba la mecánica del chiste gráfico y la posibilidad pedagógica de la ilustración.

Lo de Homero y Ferrilo es un salto cuántico. El trazo del muchacho ya es el de un profesional, tras un breve paso por una Escuela de Bellas Artes que lo decepciona con su instrucción de museo, y una estada más larga en la Escuela de Artes Aplicadas, donde estudia y practica Diseño de Afiches y mastica la certeza de que lo suyo es crear para el consumo masivo. Nada de públicos reducidos o exclusivos; por eso Themo golpea las puertas de un diario de circulación nacional para mostrar esos gags sobre un robot y un aviador que es su propio álter ego, el primero de varios que vendrán en una carrera plagada de guiños personales y familiares.

Publicar lo que más se pueda, intuye el joven Lobos, es la mejor manera de seguir perfeccionándose y así llega a las oficinas de Zig-Zag, que por entonces tiene el monopolio de la industria editorial con revistas como El Peneca, el semanario de humor político Topaze y la picaresca Pobre diablo. Colaborando en esta última conoce a estrellas del dibujo como Alhué, Lugoze, Nato y Pepo, con quien tiene un desencuentro legendario, y aprende a la mala que en este negocio hay que ser cauteloso y que las ideas propias –aunque no sean brillantes ni demasiado originales– hay que cuidarlas como a hueso de santo.

La mirada themolobesca

Temístocles, devorador de enciclopedias que sabe que su nombre viene de un antiguo político y militar ateniense, descubre que los griegos pronunciaban la ‘t’ como una ‘th’. Es entonces cuando se rebautiza artísticamente como Themo Lobos y, ya casado y convertido en padre, a mediados de los cincuenta vuelve entusiasta a El Peneca, de la mano de la pequeña Adita –basada en su hija mayor–, Sapolín, el Niño Rana y Michote y Pericón.
En esta etapa se redondea el estilo de su dibujo: los personajes de Lobos hablan por bocadillos –esos globos con diálogos–, pero también con sus rostros: la cara de asombro, los ojillos entrecerrados, el ceño fruncido, la sonrisa ingenua o triunfal. Con Michote y Pericón, Themo amplía el paisaje limitado de la tira cómica –tres, cuatro viñetas– y se mueve a página completa entre selvas, mares, desiertos; lo otro es que toma el hábito de documentarse en forma acuciosa para hacer la saga interminable de un gato y un ratón que, buscando un tesoro, recorren el mundo para toparse con piratas, dinosaurios, aviadores, tribus exóticas. Con la dupla del roedor listillo y el felino tontorrón, el dibujante convertido en autor homenajea semana a semana al folletín y equilibra la mezcla entre aventura y comedia que serán sello en su obra.

Pero la oferta del dibujante-editor Guido Vallejos es irresistible y Themo se muda a Barrabases y a la naciente publicación de humor adulto El Pingüino. Su trabajo en la revista del equipo de fútbol es marcadamente autobiográfico y Lobos se ríe de sí mismo con todos esos personajes –Máximo Chambónez, Ñeclito, Cicleto, Cucufato– que reflejan su eterna ineptitud para el deporte. En El Pingüino también se mira al espejo y así nace Alaraco, inspirado en la pataleta que le hace a Juanita, su esposa, cuando un día descubre que falta un botón en su camisa recién planchada.
Trabajando para Vallejos, Themos Lobos se revela como un observador acucioso de sí mismo y de su entorno. La mejor muestra de lo último es Máximo Chambónez, que vive en un pueblo –Piduquén– entre provinciano y moderno y que no es otra cosa que una reproducción a pequeña escala del Chile de fines de los cincuenta.

Viaje espacio-temporal

El puñetazo de José Nazario ahora llega desde el espacio.
Es 1965 y Themo ya no quiere ser empleado de otros y se lanza con su propio proyecto: Rocket, la primera y exitosa revista chilena de cómics de ciencia-ficción. Hay que dibujar en estilo realista y el editor-argumentista-dueño de su negocio adopta el nombre paterno como seudónimo para firmar esas historias que venden bien y le hacen mal: el estrés le provoca una alergia nerviosa en las manos que lo obliga a dejar Rocket en su número 29. Zig-Zag, que distribuye la revista, saca cuentas alegres con los 20-30 mil ejemplares que se venden por tiraje, y se queda con el título para dar pie a todo un catálogo de historietas hechas en Chile. Así nacerán El Siniestro Dr. Mortis, El Jinete Fantasma, Jungla, El Capitán Júpiter y otras series que alimentarán a lo que, décadas más tarde y en retrospectiva, se conocerá como la mentada “era de oro” del cómic chileno.

Themo, eterno optimista, ya dio vuelta la página cuando un desconocido golpea la puerta de su casa, el año 68. Su nombre es Eduardo Armstrong y lo invita a hacerse cargo de la serie Mampato, que se publica en la revista homónima. Lobos releva al dibujante Óscar Vega –coautor del personaje junto a Armstrong, editor y guionista– y convierte una trama anémica –la de un niño llevado al espacio por un amigo extraterrestre– en el inicio de una obra mayor. Así Lobos se toma su revancha con la ciencia-ficción e inventa el cinto espacio-temporal, la excusa perfecta para que Mampato viaje a todas las épocas. También crea a Ogú, su inseparable camarada cavernícola, y más tarde a Rena, la amiga-novia del futuro. Armstrong se limita a dejarlo hacer, sin poner límites a este Themo inspiradísimo y trabajólico, que fuma dos, tres cajetillas diarias de cigarros mientras idea relatos y dibujos y aplica todo lo que ha aprendido en su oficio hasta la fecha.

“Eduardo Armstrong es fundamental para entender Mampato. Un tipo culto, cuico, que había leído montones de cosas y venía con otro background”, teoriza el ilustrador y periodista Pedro Peirano. “En el fondo Armstrong ‘adultizó’ a Themo, lo convirtió en un dibujante maduro, un narrador maduro”.
Mampato y Ogú llegan a la corte del Rey Arturo, al África, a la Primera Guerra Mundial, a la era de los vikingos, al Chile de la Reconquista. Themo Lobos devora libros y libros de historia para darle contexto y sentido pedagógico a estas historias de ficción que están lejos de ser evasivas: Ogú es polígamo, la gente muere atravesada por balas y espadas y el dibujante –hijo de obrero, simpatizante de izquierda– alcanza en el agitado 1973 su cumbre creativa con la saga de El árbol gigante, regida por una clase aristocrática mutante mantenida con la explotación de unos siervos que un día se rebelan. La figura del opresor es una constante en las idas y vueltas por el tiempo de Ogú y Mampato, que siguiendo el ejemplo del viejo sargento Lobos siempre harán lo que corresponda para ponerlo en su lugar.
No será facil seguir después de la muerte de Eduardo Armstrong, de cáncer, ese mismo año 73. Themo tendrá serias disputas creativas con Isabel Allende, la directora que lo sucede y que quiere “más presencia de niñas” en las historias, y la revista pasará por varios editores poco experimentados o derechamente inoperantes antes de bajar el telón.

Zamarreado

–¡Hey…! ¡Pero si la semana pasada ustedes me vieron aquí mismo, hombre…! ¡Si yo trabajo acá!
La escena con Themo Lobos es digna de historieta de Themo Lobos: cada vez que aparece por la oficina de la revista Dos puntos para entregar sus historietas pasa lo mismo: un par de gorilones lo pone contra lo muralla y lo registra de pies a cabeza en busca de armas. La publicación depende de la Fundación Nacional de la Cultura, cuya directora es Lucía Pinochet Hiriart, hija del dictador, y hay militares de civil encargados de su seguridad. Pero qué diablos, trabajo es trabajo y Lobos se limita a llegar puntual con su serie de una chica y un chico que también viajan por el espacio-tiempo, pero en sueños, y con sus episodios de Andrak, un héroe espacial a la Flash Gordon –sí, en el estilo realista de Rocket– inspirado en Andro, su hijo menor.

Es 1986 y las cosas no han sido fáciles para Themo en los últimos años. Hubo buenos momentos, como la reaparición de Alaraco en el suplemento Historietas, de La Tercera, a principios de la década, trampolín para que el personaje se convirtiera en el primero del cómic chileno en tener una versión en carne y hueso, en el programa Jáppening con Ja, de TVN. También cosecha dividendos no despreciables dibujando a Los Pitufos para cuadernos y álbumes de figuritas, pero a la larga es frustrante eso de ser un ilustrador fantasma; el mismo que realiza historietas de Disney para el extranjero con guiones que escriben otros y que le parecen pésimos y, peor aún, el que hace monos de Condorito para los layouts de una serie animada del personaje.
Lokán, el Bárbaro, creado poco antes para el mentado suplemento Historietas, quizás grafica cierto estado de ánimo de Lobos con su humor ácido, exasperado: el cómic está en las antípodas de la épica de Mampato, con un héroe inepto y que se mueve en un mundo grotesco, acosado por una princesa mórbida y peleando contra enemigos como los coprohelmintos (copro=mierda; helmintos=gusanos).

Themo Lobos deja Dos puntos y se asocia con un editor para sacar Cucalón, revista donde reimprime material de la mayoría de sus personajes y que será su carta de presentación para un público que poco o nada sabe de su nombre diluido. Las buenas ventas de esta publicación antológica lo llevan a intentar un autogestionado regreso con nuevos viajes del niño colorín y su amigo cavernario; así llega Pimpín, a principios de los noventa, que dura pocos números, lo deja lleno de deudas y a medio camino con la historieta más floja, en guión y dibujo, de su dupla: Ogú y Mampato en el Tíbet.
Cansado de tragos amargos, el artista se traslada desde Santiago a Concón, donde recibe encargos como las biografías ilustradas del Padre Hurtado y de Sor Teresa de Los Andes. Themo Lobos dibuja vidas de santos rodeado de demonios personales.

Retorno y no retornos

El verdadero regreso de Mampato al presente es en 1996, cuando la editorial Dolmen relanza su saga completa en álbumes que compilan cada uno de los relatos publicados en los setenta en forma unitaria. El proyecto traiciona en parte el espíritu de una obra donde el fuego se avivaba capítulo a capítulo con la incógnita del continuará, pero gana visualmente con el recoloreo de los originales que su autor hace con acuarelas. Ogú y Mampato pasan de los kioscos a las librerías y se convierten de nuevo en un éxito comercial.

Lobos y su hijo adoptivo se han oficializado de pronto como clásicos y llega una oferta para aprovechar el vuelo y llevar la historieta al cine, en lo que será el primer largometraje local –en coproducción española– de dibujos animados. Ogú y Mampato en Rapa Nui (2002) lleva 350 mil personas al cine en Chile y 130 mil en México, pero las cifras finales de público no son las esperadas y a la hora de los retornos fijados por cláusula estos son para bancos, distribuidores y postproductores… menos para Themo, que siente que ha sido simple y muy legalmente estafado.

2012. El artista está sentado en su mesa de dibujo y trabaja para volver una vez más.

Ahora es Mondadori el sello que reedita los libros de cómics de Ogú y Mampato, y el dibujante, enfermo, muy débil, revisa cada día viñetas y portadas para un próximo volumen. A la insuficiencia respiratoria, esa cuenta que le está pasando el tabaco inhalado por años, se sumó hace unos meses un problema en las cuerdas vocales que lo tiene hablando en susurros. A ratos la vista y el pulso también lo traicionan, pero el cerebro está aún intacto, así que a ponerle el hombro se ha dicho. Porque además hay propuestas para recuperar a otros personajes de la cantera personal y uno de estos días deberá ponerse a revisar y clasificar entre los diez mil originales que tiene guardados en su casa; esa obra que seguirá viva cuando él ya no esté.
Porque qué tanto, hombre, si de algo hay que morirse. Y al final, aunque ajetreada, no ha sido tan mala esta vida. La gran aventura de Themo Lobos.

*Este trabajo pertenece al último número de la Revista Dossier de la Facultad de Comunicación y Letras de la UDP.