Woodstock permanece como el concierto de rock más famoso de todos los tiempos, la sublimación del sueño hippy. Asistieron medio millón de personas y un millón más se quedó en el camino. Tocaron Jimi Hendrix, Janis Joplin, Joan Baez, The Who… Ang Lee reconstruye en «Destino: Woodstock» la trastienda del festival a partir de las memorias de Elliot Tiber, uno de sus organizadores.

-¿Usted tuvo su propio Woodstock?
-Tenía catorce años en 1969. Vivía en Taiwan, un país muy conservador, en un pueblo que albergaba una base aérea de Estados Unidos. Allí estaban destacadas las tropas que combatían en Vietnam. Entre mis recuerdos de adolescente conservo el de los bombarderos americanos sobrevolando mi cabeza. Y el de unas imágenes muy fugaces de Woodstock en los noticiarios en blanco y negro de la televisión. Pensé que debía de haber sido algo muy cool. Aquella fue mi edad de la inocencia. Mi liberación vino a los 23 años, cuando me fui a Estados Unidos a estudiar teatro. Al fin pude leer los libros comunistas y descubrí que ellos eran los malos, que había estado equivocado todo el tiempo. Las obras que representábamos eran muy sexuales, todo un shock cultural.
-Vuelve a la comedia tras dos dramones como «Brokeback Mountain» y «Deseo, peligro».
-Me apetecía rodar una comedia que careciera de cinismo. Una historia sobre la liberación, la honestidad, la tolerancia y un espíritu ingenuo que no podemos ni debemos perder.
-La juventud actual es bastante más cínica que la de hace cuarenta años.
-Todos los días trato de ser divertido sin mostrarme cínico. Claro que no soy Jim Carrey, no me sale tan fácil el humor. Surge cuando introduzco a gente normal en situaciones cómicas. Y tiene razón, cuando te haces mayor es difícil no mostrarte cínico, porque dejas de ser ingenuo. Los jóvenes de hoy no se comportarían igual que los de entonces. Tengo dos hijos, uno de 25 años y otro de 19. No los comparo con los hippies de la película, sino conmigo mismo, y son más maduros y sobrios. Es otra juventud, aunque siguen rebelándose contra sus padres o la autoridad y tomando drogas. Son menos soñadores.
-Incluso con Obama.
-Mi hijo mayor acudió a la toma de posesión en Washington. Me dijo que Woodstock debía de haber sido algo parecido.
-¿Y ya ha llegado el desencanto, el final del verano del amor?
-No. Si las cosas no funcionan con Obama, ¿qué vamos a hacer con nuestros hijos? Woodstock permanece en la memoria colectiva como la encarnación de la edad de la inocencia. Fue una fiesta, pero plantó la semilla de muchas ideas políticas relativas a los derechos humanos y el medio ambiente. La elección de Obama también se puede ver como el fruto de esas semillas.
-Su filme habla de cómo el dinero acaba cargándose los sueños de paz y amor.
-Muestro a los asistentes al concierto, soñadores que compartían todo, y a los hombres de negocios que estaban en la trastienda. Al fin y al cabo, para ellos Woodstock era un negocio. Irónicamente, el festival no se celebró en Woodstock, sino en los terrenos de Max Yasgur, que era el propietario de una granja en Bethel. Él representa la parte comercial en el filme.
-¿Qué deberíamos conservar de los 60?
-El espíritu de inocencia, de cambio. Paz, amor, no ser egoístas… ¡Y la música actual no es mejor ni de lejos!