Los bares bolivianos donde se toma hasta morir



Foto: Alejandro Olivares

Los cementerios de elefantes son los lugares donde supuestamente iban a pasar sus últimas horas los paquidermos en África. En Bolivia también existen estos sitios. No hay elefantes, pero sí personas que quieren morir al pie del cañón. Estos recintos, llamados irónicamente como “suites presidenciales”, son tugurios con piezas que se arriendan para quedar, literalmente, muerto de curado. Un suicidio de copete.

Estas suerte de pensiones funcionan de día como sitios acogedores en los que no se respira la muerte. Pero llega la noche y el ambiente se pone turbio. Después de las 20 horas, cuando se cierran las puertas de estos locales, quedan en su interior los curados de tiro largo. Esos que están consumidos por el copete y no hay nadie que los saque de su silla. Los más extremos aún, que ya no tienen vuelta, arriendan piezas, ubicadas en el mismo bar, para tomar hasta estirar la pata. Estas piezas suelen ser similares en todos los tugurios: un viejo colchón de paja, un tarro de lata para mear y dos litros de alcohol de 40 Grados marca Cocodrilo. Nada de comida: “cuando uno está borracho, la comida es lo que menos interesa”, dice el escritor y cronista Víctor Hugo Viscarra en sus memorias “Borracho estaba pero me acuerdo” (Correveidile, 2002). Viscarra, conocido como el Bukowski Boliviano que murió de cirrosis en 2006, ha sido uno de los pocos que ha dejado en evidencia la existencia de estos tugurios en sus escritos.

Cuando se arrienda una pieza, no hay vuelta atrás. Una cholita cierra con candado la pieza y sólo vuelve para ver como está su “hospedado” y si quiere más copete. Los más resistentes pueden durar hasta dos semanas tomando y sin comer nada. Otros estiran la pata a los dos días.

Una vez muerto, el cuerpo es botado a la calle. Horas después pasa una camioneta de homicidios y se lo lleva. Antiguamente, en los peores casos, se lo llevaba el camión de la basura. Pero ahora eso no pasa. Los restos del finado van a parar a una fosa común. Porque en la mayoría de los casos, se trata de indigentes que nadie los reclama. Sobre los cementerios de elefantes no hay mucha información. Para los bolivianos son parte del tabú. E incluso los niegan. Pero los hay. Están desperdigados por toda La Paz y El Alto, obviamente, de manera clandestina. El año pasado, en El Alto, la policía clausuró más de 250 bares, pensiones y cantinas. Una decena eran cementerios de elefantes.

La acusación vino de los mismos vecinos que están chatos de tener que pillarse “sorpresitas” por la mañana. Pese a la intervención policial, a la semana ya estaban abriendo sus puertas nuevamente. Y eso que les habían decomisado sillas, parlantes, mesas y hasta los vasos. Pero volvieron a funcionar. Este año se clausuró el bar más importante que se llamaba justamente “Cementerio de Elefantes”, tras la muerte de tres parroquianos intoxicados con copete.

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