Trapos sucios

La Policía de Investigaciones acaba de desbaratar una red de explotación sexual de menores, todavía sin nombre, a cargo de dos mujeres comerciantes, vendedoras de pureza. Tipos con plata y prestigio acudían a ellas en busca de almas limpias para emporcar en sus cuerpos nuevos. Pagaban caro si les conseguían una virgen: hasta $500.000 leí por ahí. Somos raros los hombres: podemos llegar a sentir deseos repugnantes. La noticia se centró en el nombre de los implicados. Que el dibujante de un famoso cómic para niños formara parte de este club de pedófilos le dio un tinte tragicómico. El viejo autor de Barrabases gozaba viendo desfilar a las nínfulas. La fiscalía, en un acto de irresponsabilidad sin límites, presentó entre las pruebas un video en el que una de las víctimas, llamémosla F., mencionaba entre los clientes a un asesor presidencial. Los fiscales ni siquiera se dieron el trabajo de consultarle qué entendía por “asesor presidencial”. No hace mucho conocimos el caso Spiniak, pero ya sabemos que la memoria es frágil. Como sea, el escándalo llegó a La Moneda. Nosotros fuimos al encuentro de F., la niña del video. Por ahí habían datos que conducían al lugar donde trabajaba su madre. Ella no estaba cuando el periodista Jorge Rojas se apersonó ahí, pero una conocida suya le dio su dirección. Vivía en una de las poblaciones más pobres de Santiago. La madre de F., hasta la noche antes, no tenía idea de que su hija, desde hacía 4 meses, trabajaba de juguete para sádicos. F. contó ahí, mientras su madre picaba cebollas, que un chino le apagaba cigarrillos en el cuerpo, que frecuentemente la trataban con rudeza, que la encerraban. Recordó que a los chinos les gustaban las flacas sin tetas. Había llegado al club por recomendación de una vecina prostituta, con un hijo pequeño a cuestas y otro que nació prematuro, tras veinte semanas de embarazo. Si volvía una y otra vez, era porque estas empresarias cabronas la hostigaban e invitaban a imaginar lo peor si desaparecía. F., la víctima de esta historia, el martes 20 de noviembre estaba sola con su madre, que cada tanto lloraba, en parte por la cebolla, en parte por la historia que escuchaba. Nuestros reporteros aseguran que no se veía lo sorprendida que hubieran esperado. Sus ojos desaparecían muertos entre las verduras, al tiempo que F., su hija, reconocía haber visto en el prostíbulo niñas de 12, 13, 14 años, a quienes las emprendedoras convencían de traer amiguitas. Se detuvo antes de contestar si acaso había ido al trabajo encinta. Nadie se hizo cargo de ella, estaba sin resguardo policial, sin los cuidados pertinentes, sin nadie preocupado de resarcir, de algún modo, las heridas que le habían causado estos delincuentes. Su vida pertenece a las sobras de una investigación que busca responsables. El caso Spiniak terminó con un drogadicto preso, demonizado para calmar conciencias, y la Plaza de Armas canonizada como el principal prostíbulo infantil de Santiago. Sigue siéndolo. El negocio, dicen, crece con la economía. Los periodistas de The Clinic no debieron haber llegado a F. Correspondía que ella estuviera en un centro de protección de víctimas, a resguardo de los sapos de la prensa, los buitres de la televisión y, por supuesto, de sus torturadores. Ojalá no den con su domicilio. Está sola e indefensa. Un trapo sucio en el piso del lavadero. ¡Pascua feliz para todos!
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