Opinión
9 de Enero de 2013
Un mall de amor
(*) A falta de mall en nuestro querido Copiapó, mi amiga Yoya Zambrano y quien les escribe partimos rumbo a Santiago para conocer el Costanera Center. Estábamos cansadas de regalarle a nuestros sobrinos uniformes escolares para cada Navidad. Además, yo quería renovar mi cajón de lencería fina, comprar una falda tejida y la Yoya quería […]
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A falta de mall en nuestro querido Copiapó, mi amiga Yoya Zambrano y quien les escribe partimos rumbo a Santiago para conocer el Costanera Center. Estábamos cansadas de regalarle a nuestros sobrinos uniformes escolares para cada Navidad. Además, yo quería renovar mi cajón de lencería fina, comprar una falda tejida y la Yoya quería comprar un masajeador de pies.
Cuando llegamos al mall perdí a la Yoya. De entradita. Es que había mucha gente. Yo me quedé conversando con un guardia muy animada y de pronto la perdí de vista. El guardia tenía brazos muy fuertes y unas cejas tremendas que me pusieron muy nerviosa y feliz a la vez. Se llamaba Antonio y llevaba un mes trabajando ahí. Me dijo que este mall se llena de flaites que llegan directo por la línea 4 del metro. Antonio me convidó un helado y me mostró unas esculturas de renos plateados y un enorme y grueso pino de Navidad rojo.
“Este pino nos representa como hombres chilenos”, dijo el guardia. Yo me puse colorada, me olvidé de la Yoya y me entregué al amor. Mi corazón palpitaba como en las teleseries. “Por suerte me duché en el terminal Alameda”, pensaba mientras el guardia me llevaba de la mano casi corriendo entre la gente, los pasillos, los renos tan preciosos.
Llegamos a un rincón donde había unos ascensores enormes. Antonio apagó el walkie talkie y me dijo, “mijita, vamos a conocer lo más profundo de este mall” y estaba metiéndome en un ascensor vacío con él cuando apareció la Yoya gritando que fuéramos a ver al Viejo Pascuero que estaba encerrado en una cápsula. Me cagó la onda, como si una le viera el ojo a la papa muy seguido allá en el norte. “Me cloteaste medio a medio”, le dije, y partimos igual.
El Viejo Pascuero estaba sentado en su trineo dentro de una burbuja transparente donde corría el viento y la nieve. Tenía unas ayudantes muy lindas, hermosas, casi tanto como mis sobrinas. Andaban con mini falda, muy sexys. Otra vez me puse nerviosa. La Yoya quería sacarse una foto con el viejito pero nos pedían boletas por veinte mil pesos en compras para entrar. “Imagínate cuántas piscolas nos podríamos tomar con esa plata”, razonó la Yoya. Yo le encontré razón y nos fuimos.
Nunca más volví a ver a Antonio. Por eso les pido, señores de The Clinic, que publiquen mi carta desesperada.
Antonio, si estás leyendo esto, llámame al 52-287459. Tuya siempre, Gyllotina.
*Dueña de casa y presidenta del Rotary Club Autónomo de Copiapó Norte.




