En algún momento fui a X a hacer una especie de asesoría de redacción publicitaria y mostrar algunos textos supuestamente creativos de literatura contemporánea cuyos dispositivos les resultaran novedosos o interesantes a los de la Agencia. En mi generación era muy mal mirado hacer cualquier cosa relacionada con televisión o publicidad, por no decir que era derechamente motivo de discriminación, pero una pega es una pega y después de todo, los que castigaban mancharse las manos en eso tenían el futuro asegurado por distintos motivos.

X es tan hi tech como la Ciudad Empresarial o Sanhattan, palabras todas que dan vergüenza ajena y que dan ganas de poner entre comillas, al igual que la palabra creativo. En la enorme sala de recepción había un muro tapizado con una suerte de maceteros en forma de sobres muy estilosos y cada uno tenía un poco de tierra y unas plantas que había que regar con muchísimo cuidado. Eran cientos, miles, me atrevería a decir. Había que sacarlos y regarlos cada cinco días, tiempo en el que las plantas comienzan su proceso de oxidación. Cuando eso ocurría, una cuadrilla de jardineros con uniforme impecable hacían lenta y silenciosamente esa labor de chinos en un silencio extraterrestre. Sacaban esos maceteros, los regaban y ponían nuevamente y así cada cinco días.

Aunque se trate de un lujo completamente innecesario, la cosa tenía cierta belleza, pero uno no podía dejar de pensar en la paciencia de los jardineros y en el enorme gastadero de plata en mantener una cosa como esa, opuesta completamente a la máxima de la Bauhaus, que proponía la funcionalidad por sobre el diseñismo y el glamour. El diseño del muro en esa agencia era impresionante, pero encubre una especie de mensaje. Ser recibido por ese muro, con o sin obreros regándolos concentrados y pacientes, encubre una especie de ostentación económica refinada. Quizás habría que reconocer que dan pega, tanto a esos obreros como a mí, que eso es estilo aunque a algunos nos parezca que es un lujo obsceno, que incluso tenía interés en cuestiones literarias y que pagaron por eso de manera que no son unos philistines ni unos brutos. Pero sin duda es caro y difícil lograr esa instalación a la vista que tenían. Tal vez su objetivo era pensaban salirse de la clásica oficina e impresionar a los clientes de las marcas que van ahí a hacer negocios grandes. Pero no deja de dar vértigo, estamos en Chile.

Es una tarea bastante compleja salir de lo común, de lo seriado. Hay que escarbar mucho o ir a buscar muy lejos. En el tipo de sociedad que padecemos, el mercado –la publicidad de la que hablo es la punta de lanza del mercado– ofrece un set muy limitado de productos, libros, vestuario y alimentación. Y hasta de plantas y flores.

En cierto momento del año aparecen en la cordillera chilena, a 2.700 metros, unas flores muy especializadas, capaces de resistir el viento blanco, las heladas posteriores a la nieve, la falta de oxígeno y otras obstrucciones que les pone el clima. Ellas son un milagro, un verdadero secreto de la montaña y uno descansa del set limitado de flores industriales al ver esas bellezas inéditas; son definitivamente magníficas.

Los europeos se llevan muestras en algún tubo de vidrio ultra sofisticado para reproducirlas luego en sus países. No es ilegal sacarlas con esos dispositivos antisépticos y no dudaría de los escrúpulos ecológicos de esa gente que hasta mide la cantidad de centímetros cúbicos de agua cuando sube.

El poeta Juan Carreño, que sube montañas y que es también uno de los organizadores del Festival de Cine Social, me dijo que esas flores no se pueden llevar a la casa, que son muy celosas y sólo viven en ese contexto, pero a pesar de lo que me dijo hice el intento: me puse el saco de dormir verticalmente, metí una botella con agua por arriba en el saco, puse las flores que quedaron como las flechas de un carcaj o funda cilíndrica para llevar flechas. Funcionó. Pero para poder salir de lo que ofrece el mercado, hay que subir mucho cerro y hacer bastante operación. En mi caso, sin duda que valió la pena.