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Las anécdotas de una histórica vendedora de la Pérgola de las Flores en San Valentín: “Un día vino un cabro a comprar 200 rosas, porque se había mandado una embarrada, y me pagó $400.000”

Teresa Díaz Miño (71) ha pasado toda su vida trabajando entre baldes de agua, tijeras de podar y arreglos en la Pérgola de las Flores Santa María de Recoleta. En medio de alzas de precios y bajas ventas, apuesta a que este 14 de febrero reactive el negocio, y de paso, revive historias de ramos que ha confeccionado para pedir perdón, conquistar o incluso mantener más de un amor. "Soy feliz aquí, y no es por nada, pero los arreglos míos son los mejores de la Pérgola. Algunos tratan de imitarlos, pero yo digo siempre que quedan comparados, pero jamás igualados", afirma.

Por 14 de Febrero de 2026
Felipe Figueroa/The Clinic
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A sus 71 años, Teresa Díaz Miño sigue levantándose de madrugada para abrir, como lo ha hecho toda su vida, los locales 21 y 22 de la Pérgola de las Flores Santa María, en Recoleta. Va de lunes a domingo, religiosamente, y cuenta que desde que tiene uso de razón trabaja entre baldes con agua, tijeras de podar y el perfume que emanan de los ejemplares recién cortados. “Nunca he trabajado en nada, solamente con flores”, dice a The Clinic.

Eso sí, aclara que la historia no comenzó con ella, sino que se remonta tres generaciones atrás y que fue su bisabuela quien comenzó con la venta de las flores. Luego el negoció quedó en manos de su abuela, después de su madre, y desde hace ya varias décadas es ella quien está al mando de los puestos en la pérgola.

Fue cuando cumplió 7 años que comenzó a acompañar a su madre a la florería que ella tenía en Avenida La Paz. Ahí aprendió que cada flor tiene su carácter y su tiempo, también cuáles resisten más el calor, cuáles se marchitan más rápido, cuáles se venden en cumpleaños y cuáles en funerales. También aprendió a armar ramos y coronas, e incluso, a anticiparse a fechas claves. El oficio, para ella, se heredó.

—¿Qué es lo que más rescata de este negocio?

—O sea, todo. Porque gracias a Dios y a la Pérgola y a las flores crié a mis hijos, porque yo soy mamá soltera. Así que le agradezco a Dios y a la Pérgola que soy lo que soy. Amo la Pérgola, vivo en la Pérgola. Yo voy a puro dormir a mi casa.

Hoy en día, sin embargo, su ritmo ya no es el mismo. Hace diez años le diagnosticaron artrosis y el dolor se instaló en sus articulaciones, incluso tuvo que operarse la rodilla derecha, luego de que permanecer de pie por largas horas se volviera una tarea muy difícil para ella. Aún así, no ha dejado el local que le dejaron sus antecesoras.

“Ahora ya no hago tanto porque me duelen mucho los huesos. Sigo comprando flores, las corto y arreglo, armo ramos, pero nada más, porque los otros son muy pesados”, explica desde el escritorio que tiene al fondo del puesto. Detrás suyo cuelgan fotos familiares y se apilan tarjetas impresas con mensajes de cumpleaños, condolencias, y amor, listas para acompañar cualquier ramo o arreglo.

Como en las generaciones anteriores, el oficio volvió a pasar de mano en mano: Teresa se lo enseñó a su hija, y ella hizo lo mismo con su hijo. Eso sí, la tradición familiar se mantiene viva en otro espacio de la misma Pérgola.

Aunque trabajan por separado, comparten la rutina de levantarse entre las 4 y las 5 de la mañana durante la semana —los domingos se permiten dormir hasta las siete— y parten juntas al Terminal de Flores, en Independencia, a un costado de la Panamericana Norte. Ahí, entre camiones y mayoristas, Teresa se mueve como en casa, pues al ser clienta antigua, tiene comerciantes que le guardan flores.

Así y todo, reconoce que el negocio ya no es el mismo, y que la emergencia sanitaria del covid-19 cambió los precios y las dinámicas. “Después de la pandemia, subieron todas las flores. Antes eran baratas, un paquete de rosas valía, por ejemplo, $10.000. Hoy día valen $30.000”, señala.

Pero el incremento de precios no fue el único golpe: el trabajo también bajó mucho. Si antes en su local trabajaban 15 personas y no daban abasto —hacían coronas fúnebres, cruces, arreglos grandes de todo tipo— hoy apenas son cuatro. El movimiento ya no es el mismo y los pedidos voluminosos escasean. A eso se suman las obras de remodelación del histórico recinto, que comenzaron en marzo de 2025 y que buscan habilitar más puntos de venta hacia el exterior, pero que por ahora dificultan el acceso de los clientes.

“Ahora hay que vender las rosas a $3.000 por lo menos, para hacer plata y pagar el costo” explica, pero aun así, los ingresos no repuntan. Ese día, por ejemplo, llevaba apenas cuatro arreglos vendidos: uno correspondía a un abono de una compra anterior; mientras que los otros eran de $25.000, $12.000 y $10.000, respectivamente. “Esa es la venta de todo el día”, acota, asegurando que la situación está “muy complicada”.

También plantea que hay varios locales cerrados, ya sea porque algunos pertenecían a personas que fallecieron, mientras que otros a locatarios que no pudieron pagar las deudas y dejaron el espacio vacío. Cuando terminen las remodelaciones, dice, se verá si algunos regresan, aunque primero deberán ponerse al día.

Con todo, Teresa no pierde el orgullo por su trabajo. “Soy feliz aquí, y no es por nada, pero los arreglos míos son los mejores de la Pérgola. Algunos tratan de imitarlos, pero yo digo siempre que quedan comparados, pero jamás igualados”, menciona con una sonrisa pícara.

Así las cosas, febrero siempre trae una cuota de esperanza. La Pérgola se llena de globos rojos y en el centro se levanta una estructura en forma de corazón que invita a las parejas a sacarse fotos. El Día de los Enamorados se aproxima, y Teresa —como tantos otros locatarios— espera que el 14 de febrero sea, como ella lo denomina “un buen día de ventas”.

—¿Qué espera para este San Valentín?

—Estoy esperando que llegue gente, y que vendamos. Quiero descansar aunque sea una semana, porque no he podido descansar porque no tenía plata para echar adelante el negocio, así que espero que me vaya bien.

De cara a la celebración, Teresa no duda de que las flores mantienen su simbolismo intacto. “Es el Día del Amor”, remarca, y para esa fecha ya tiene previsto abastecerse con rosas —sobre todo rojas—, además de tulipanes, girasoles, y lilios. Sin embargo, no hay discusión sobre la favorita: “La que más se vende es la rosa roja, y después los tulipanes”, sostiene.

Aunque, a su juicio, hoy hay menos romanticismo que antes, asegura que todavía existen grandes gestos. Recuerda, por ejemplo, a un joven que llegó a comprar 200 rosas para enmendar un error. “Un día vino un cabro a comprar 200 rosas, porque se había mandado una embarrada, y yo le dije ‘pero valen tanto, $2.000’, y me dijo ‘no importa, démelas, yo quiero 200 rosas’. Y me pagó $400.000, le hice un ramo gigante”, comenta sobre el episodio ocurrido el año pasado.

No ha sido el único caso. Más de una vez le han pedido arreglos de último minuto para que “me perdonen, porque me mandé una embarrada”. Para ella, los ramos se compran casi siempre por dos motivos: por amor o para pedir disculpas.

Entre las historias que más la divierten, recuerda a un cliente habitual que cada cierto tiempo la llamaba por teléfono. “Teresita, mándame un arreglito”, le comentaba. Y no era solo uno, sino que encargaba varios: el más grande y más caro —que podía llegar a los $100.000— era para la amante; uno más pequeño, de unos $25.000, para la esposa; y a veces otro más sencillo, de $15.000, para una tercera mujer.

“Llevaba para todas”, resume Teresa, entre risas. El hombre hacía los pedidos con naturalidad y pagaba sin problemas, a veces era por el Día de los Enamorados, y otras, para cualquier día de la semana. “Le tocaba a algunos hombres”, declara como quien ha visto suficientes historias como para no sorprenderse.

Mientras cae la tarde en la Pérgola y algunos locales comienzan a bajar sus cortinas ante la baja cantidad de clientes —como suele ocurrir durante febrero en la capital—, Teresa sigue en su puesto, acomodando ramos y cambiando el agua a los baldes de flores. Se queda hasta la noche, como casi todos los días, aunque con la esperanza de que este sábado 14 de febrero sea distinto y que lleguen más parejas, más jóvenes apurados buscando perdón o amor, y más clientes dispuestos a pagar por un ramo de color rojo.

Que, al menos por un día, la Pérgola de las Flores vuelva a sentirse como antes.

 

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