Guatemala: indelebles imágenes de un genocidio, por Jean-Marie Simon



Vía ElPuercoespin

Dice la fotógrafa Jean-Marie Simon:
Para 1980, cuando viajé a Guatemala por primera vez, el país ya se había vuelto el tercer tema regional en una serie de destacados sucesos. En 1979, la huida del dictador nicaragüense, Anastasio Somoza, impulsó el triunfo Sandinista días después. En El Salvador, en cambio, el conflicto era prolongado y terrible: en 1980 fuerzas militares mataron a miles de personas, incluso a un Arzobispo. Los eventos en estos países eran visibles y palpables: triunfo socialista en Nicaragua, y, en Salvador, el país más pequeño del Istmo, guerra accesible: uno entrevistaba a la guerrilla en la mañana y estaba de vuelta a la capital para la hora de cócteles.

En cambio, Guatemala era diferente y equívoco. A primera vista, el ambiente capitalino parecía normal: despegue diario de vuelos a Miami; plena venta callejera en la Bolívar; cohetes de madrugada anunciando otro alegre cumpleaños; marijuaneros vestidos de caite en Panajachel. Los niños asistían al colegio; los cines pasaban películas tontas; y en la zona viva seguían abiertos restaurantes con nombres franceses.

Paralelamente, sin embargo, Guatemala estaba siendo hendida por una irrefutable represión estatal: “guerra civil” para unos y “enfrentamiento armado interno” para otros. Amnistía Internacional, en 1981, acusó al régimen militar de dirigir un “programa gubernamental de asesinato político” –lo cual llevó al entonces alcalde a acusar a Amnistía de arruinar el turismo en Guatemala.

En realidad, la normalidad era superficial porque Guatemala vivía bajo un estado de sitio no declarado. Los vuelos sí llegaban, pero casi vacíos. Los cines pasaban películas violentas pero las de tendencia liberal eran prohibidas. Los cohetes de madrugada se confundían con ráfagas de ametralladora, y los políticos tachados de izquierdista se compraban Jeep Cherokees negros de vidrios polarizados iguales a los de los secuestradores, para así confundirlos.






Además, y en cierto sentido peor, uno se iba acostumbrando al clima de terror. Era normal que los amigos tuvieran pseudónimo; algunos tenían dos. Era insulto si el teléfono de uno no estaba intervenido — implicaba que el trabajo de uno era irrelevante. Y todos llegaban a interpretar las noticias de cierta forma: las de la radio, por el tono y énfasis del locutor; las del periódico, por lo que se infería — “delincuente” era “guerrillero” y “desaparición” era “secuestro”. De hecho, las únicas noticias relacionadas con los masivos secuestros de esa época fueron los avisos pagados por los familiares de las víctimas: una foto borrosa y la afirmación de que el ser querido no tenía ningún vínculo político. Nunca se acusaba al Estado. Y hasta la misma ciudadanía se dejaba convencer de que la persona llevada a la fuerza a mediodía enfrente del mercado a lo mejor era ladrón, o que el joven profesional de corbata y portafolio tirado del Suburban sin placas había cometido algún delito. “A saber en qué estará metido” era el mantra de aquel entonces. En Guatemala, “desaparecer” se convirtió en verbo transitivo: “Lo desaparecieron”, se decía.

Con el primer golpe, el de marzo de 1982, la represión adquirió forma casi legal. Ríos Montt disolvió la Constitución, el Congreso y, tres meses después, su propia Junta. Impuso un Estado de Sitio seguido de un estado de Emergencia y promulgó el famoso decreto-ley 46-82, que permitió la detención secreta sin orden de captura, juicio ante jueces encapuchados, abolición del habeas corpus y fusilamiento en el Cementerio General en horas del amanecer.

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