Con su segunda novela se sumió de cuerpo entero en lo que podría llamarse el canon excrementicio de la literatura nacional, allí donde gorgotean o flotan, entre otras, “La mierda” de Armando Méndez Carrasco y la no menos mierdosa tormenta con que Bolaño corona su “Nocturno de Chile”. El libro de Seguel Vorpahl se titulaba “Cállate viejo ‘e mierda” (2008) y su publicación desencadenaría reacciones diversas y a veces preocupadas. En la Universidad de Tarapacá se dijo que había llegado por fin la auténtica “Novela de Arica”; en Santiago hubo quienes se pusieron a especular sobre el probable y de seguro abominable destinatario del título; y en cierto foro se pidió calma o se exigió más respeto, pues en Perú acababa de editarse también “El Síndrome de la Vieja de Mierda”, un cuento en que la serenense Erna Aros mitigaba las miserias de la menopausia con un remedio compuesto a base de “lujuria en ayunas” y música de Fausto Papetti. Lo de Seguel, en cualquier caso, tendía a trascender los moldes, las fronteras o –mejor dicho– los mojones de la identidad nortina y de una presunta moda fecal, sin dejar de quitarle el confort a todo aquel que alguna vez se cagó la vida escribiendo en provincias o donde fuese.

La boutade segueliana tenía como protagonista al oscuro y pollerudo narrador Gracio Espejo, cuyo deseo de volverse igualito a Cervantes y a Shakespeare no se concretaba sino en relatos paraliterarios, bazofias kitsch, historias con malos vestidos de negro y buenos vestidos de blanco, en total concordancia con lo que se supone el gusto de la dueña de casa, el chofer de taxi o el kioskero lateado. Seguel (que era oriundo de Pucón pero que ya llevaba décadas en el norte grande) se despercudía así del localismo más acomodaticio y les daba duro a los colegas de la zona. Al fin y al cabo era toda una ciudad, todo un terruño el que exhibía su decadencia a través de Gracio Espejo y su “mierda de destino”. Guatón, cojo, medio pelado e impresentablemente acicalado con colonia Flaño, Gracio situaba sus ficciones en la belle epoque ariqueña –el tiempo en que de allí salían las citronetas y las teles Bolocco, el tiempo en que allí se apersonaban Charles Aznavour, Pérez Prado, Manzanero y la Tongolele–, aunque debía regresar una y otra vez a esa actualidad ruinosa que comenzó a instituirse, quizá, cuando a los traficas les dio por patear los jales con talco y caca de perro.

Luis Seguel Vorpahl se fue convirtiendo en escritor profesional desde que una disidente cubana, contactada por Internet, lo convenció de que su ópera prima se podía editar en Miami. “La casa de Marialba” (2000) no logró repercutir ni en Chile ni en los lares de Sonny Crockett, y si bien el de Pucón repudiaría este debut por garciamarqueano y francamente “mal escrito”, al menos lo grabó en su mollera como un modelo de lo que nunca debería hacer de nuevo. Inmune a la nostalgia que pudieron infligirle sus años infantiles en Temuco y San José de la Mariquina, Seguel tampoco hizo suyo el engreimiento maniático que suele perder a las plumas regionales y desde luego a las de Arica. En “Cállate viejo ‘e mierda”, Gracio sospechaba de la provincianidad de récord guiness (“las mejores playas del país”, “el lago más alto”, “las aceitunas más exquisitas del mundo”), y a la postre se enfrentaba cara a cara con los próceres locales de una pobretona y muy ensimismada literatura-socialité.

La sangre esta vez no llegaría al Morro; y aun cuando expusiese las lacras de aquel “hoyo caliente” o de aquella urbe “tan rechica”, Seguel no sería víctima de nada que se pareciera a una amenaza de destierro. Acaso porque su crítica apuntaba menos al espacio en sí que al palabreo ariqueñista –todavía vivo después que Pinochet y sus secuaces devastaran lo que por esas latitudes quedaba de próspero–, las peripecias de Gracio terminaron siendo bien recibidas. Por entonces Seguel se había hecho conocido como rostro de la televisión local y algunos de sus lectores o espectadores demandaban que “Cállate viejo ‘e mierda” se distribuyera gratuitamente en los clubes del adulto mayor. La novela contó en definitiva con respaldo académico, a sus trucos se consagraron papers y en la prensa se elogió inclusive la pertinencia del índice y la belleza de las tapas.

Restringiendo su inclinación a la metanarrativa y al uso machacante de diminutivos (Bach, en las páginas de “Cállate”, se oía “bajito”, y alrededor de Gracio se multiplicaban las “mierditas” y los “terremotitos”), la producción novelesca de Luis Seguel creció el 2011 con “Los muertos también lloran”, una suerte de coro polifónico de personajes unidos por la tristeza, la desgracia y la miseria. Aventurándose no más allá del hospital y del cementerio, estos infelices hacían ver al neorrealismo de Luchino Visconti como un carrete de teenagers, y en sus lacrimógenas biografías no escaseaban ni los forúnculos ramificados ni las cirrosis terminales. La manera cómo se ilustraban aquí las mugres del sistema sanitario chileno (pasillos que un anónimo paciente solía graffittiar con mierda, por ejemplo, y a mano) atrajo las alabanzas de prestigiosos críticos como Patricia Espinosa, aunque tales alabanzas darían jugo al nortinizar un relato que no se ambientaba precisamente en Arica sino en las comunas más miserables de Santiago.

Hijo de un profesor de latín y de griego, Seguel Vorpahl se ganó un puesto en las antologías de la XV Región, pero además consiguió instalar su nombre en compilados de alcance nacional, como el reciente volumen de Andrea Jeftanovic sobre los temas fronterizos o el de Pía Barros sobre el maltrato a la mujer. Si el autor habría de escabullirse de las maldiciones y los mierdales que ahogan a quien escribe lejos del centro (“ese monstruo que todo lo traga”), sus criaturas de ficción se aferrarían a una mezcla de afecto, pillería y sexualidad de emergencia. Para ellos, para Gracio Espejo y los moribundos del Hospital “San Camilo”, no todo era evocar la subsede del Mundial del 62 y aquellos días en que “la plata crecía en las plazas”. Les quedaba –a despecho del fracaso, la vejez, la caída de los dientes, el cáncer, las minas antipersonales, la cocaína, el contrabando hormiga y la contaminación por plomo– oler un calzón cochino o teñirse el pubis de rubio, soñar con las negras de Azapa o hacer que una puta los llamara “nietecitos”, enfrascarse en amores o en calenturas donde terciaban los médicos, los indigentes, los tiras, los escritores, las obesas mórbidas y hasta el santo obispo de Arequipa.