Opinión
11 de Agosto de 2013
¿Le puedo hacer unas preguntitas otra vez?
Seguramente esta será la primera pregunta que deberán realizar los encuestadores del censo abreviado que el gobierno de don Sebastián Piñera estima como posible solución para subsanar en parte el desastre que significó la encuesta nacional de 2012. Imagino la cara de los censistas, tratando de imitar el histrionismo del actor Koke Santa Ana, quién […]
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Seguramente esta será la primera pregunta que deberán realizar los encuestadores del censo abreviado que el gobierno de don Sebastián Piñera estima como posible solución para subsanar en parte el desastre que significó la encuesta nacional de 2012. Imagino la cara de los censistas, tratando de imitar el histrionismo del actor Koke Santa Ana, quién alcanzó popularidad en Youtube imitando un encuestador que nos interroga con 42 insólitas preguntas como: “¿Prefiere el Pulpo a lo pobre o Chupe de Repollo?”, o “¿a usted lo entrevistamos el 2012?”. No cabe duda, estos encuestadores entregados al servicio social deberán caer en gracia, deleitarnos con un repertorio de chistes o pegarse un bailecito al menos, ya que el “condoro” fue grande, el costo muy alto y la gente se siente fastidiada.
Atrás quedaron los tiempos de la inocencia cuando empatizabamos con sencillez y hasta con orgullo de formar parte de una cruzada al servicio de saber cuántos chilenos éramos, de sorprendernos cada diez años con cuánto nuestro país había cambiado –ojalá progresado en medio de tantas inundaciones y terremotos. Aún recuerdo durante mi infancia el censo del 1982 y cómo la gente se preparaba. Sin duda éramos otros, y a pesar de la represión política imperante, el día del censo era un día distinto. Hasta el cura del pueblo donde crecí incluía en su prédica el bíblico censo que convocara el emperador César Augusto, en los días previos al nacimiento de Jesús, como forma de instruir y sensibilizar a sus feligreses en lo valioso de este tipo de conteos.
Sin duda eran otros tiempos. Por muchos años permanecía adherido a la puerta de las casas la pegotina con la palabra CENSADO, que caracterizaba a los hogares que habían participado en la consulta. En este pueblo pequeño donde crecí, una puerta que no tuviera el adhesivo característico significaba sólo dos cosas: algún tipo de disfuncionalidad familiar o muerte del propietario. Los días posteriores en la escuela giraban en torno a la pregunta ¿y a ti también te censaron? Y es que éramos otros, distintos, apartados del mundo; inmersos en la experiencia de lo recóndito la sociedad chilena encarnaba un Macondo García-Marqueano, un Comala Rulfeano, un Marulanda Donoseano, en donde, y hasta cierto punto, la oligarquía política y religiosa, las capas medias de la sociedad, los trabajadores, y las fuerzas de orden estaban al servicio y dispuestos a participar en esta cruzada colectiva al servicio de construir una instantánea en un solo día declarado feriado.
Pero las cosas cambian luego de 30 años, y nuestra reciente inclusión en la OCDE requería de otro modelo de censo que fuera capaz de entregarnos datos más precisos, un censo de derecho fue la opción. Por primera vez por ejemplo, se conocería una cifra exacta de parejas de un mismo sexo habitando bajo un mismo techo; existiría precisión en la población indígena existente y su diversidad étnica; mayor conocimiento sobre la inmigración hacia nuestro país, o los recientes movimientos de población dentro del territorio nacional. En definitiva, la forma en que nuestro país había cambiado en una década en temas como hábitos, actividad económica, integración, educación y cultura. Toda esta información no sólo sería útil para el diseño y orientación de nuestras políticas públicas en un Chile distinto, más complejo; sino además sería materia fundamental para quienes hoy nos encontramos realizando tesis de investigación de posgrado.
Las consecuencias del fracaso del censo de 2012 son muchas, en lo inmediato se avizora la dificultad para establecer el presupuesto de la nación que debe ser diseñado durante este segundo semestre; por lo que cuestiones tan sensibles como cuánto dinero se debe destinar a la construcción de viviendas sociales, seguridad ciudadana, hospitales públicos o la ya tan maltraída educación pública constituirán un estimativo calculado con datos parciales construidos con la información de hace más de diez años atrás. El problema de lo que significa trabajar con proyecciones es que éstas siguen siendo representaciones con un considerable margen de imprecisión; es por ello que algunos alcaldes ya se muestran inquietos, pues sin un conocimiento acabado de la población en sus comunas resulta difícil anteponerse a sus necesidades.
Al respecto el Presidente Piñera ha ofrecido sus más “humildes disculpas a todos los chilenos”, lo que me parece un buen comienzo para ir reconociendo los errores en los que suelen caer las prácticas políticas cuando el interés descansa sobre la presión de cumplir con los plazos para demostrar liderazgo y eficiencia. Y es que no existe otra realidad desde que asumiera la derecha, con frases como “el gobierno de excelencia”, desconociendo los logros de las administraciones anteriores, y de paso prescindiendo de profesionales que se formaron en el servicio público, despreciando con esto capital humano con valioso conocimiento técnico.
Sin embargo, si hubo un cambio en la balanza durante las elecciones de 2010 dejando a la Concertación en segundo lugar, se debe en gran parte a los vicios políticos que se adhirieron como dura costra a las prácticas de la centro-izquierda chilena, cuestión que aleja a los partidos de Concertación de ser blancas palomas en esta hoguera de intereses y vanidades políticas. Sin embargo, cabe preguntarnos ¿tiene sentido una disculpa del presidente si al mismo tiempo la candidata a la presidencia de la derecha responsabiliza a los gobiernos anteriores por una mala administración del Instituto Nacional de Estadística, INE? Sin duda que estamos hablando de dos personas distintas, y como tales están en su derecho de diferir en sus declaraciones públicas, pero cuando se han tirado por la borda 30 millones de dólares en lo que se llamó “el mejor censo de la historia” ¿hasta qué punto nos sirve a los chilenos la contumacia en nuestros políticos de culpar al empedrado?
Como chileno, que cuenta con la fortuna de tener una plataforma comunicacional como esta columna, mi única reacción ante este desastre es de pesar por mi gente y por mi cultura. Estimo que nadie con escaso sentido común, y aunque fuera de oposición debería sentir regocijo por este nuevo “Transantiago”, este “SHOA” en tiempos de Piñera, ya que no sólo nos veremos afectados por las consecuencias de un mal censo, sino también porque la credibilidad de una institución como el INE se ha visto erosionada. En adelante lo que queda es aprender nuevamente de los errores, evitando la “transantiaguisación” de los mismos. Me refiero con esto a construir una administración que no sustente su arquitectura moral en culpar a los gobiernos pasados por decisiones apresuradas tomadas en el presente. La consecuencia ya la conocemos, y la brecha entre el ciudadano y sus gobernantes corre el riesgo de distanciarse aún más si la altura de la respuesta política no va acorde con los tiempos.




