Orellana in Wonderland

* NO es tema de familia. NO vengo a pedir perdón. NO sienta vergüenza ajena. NO pretendo hablar de mí mismo. NO se puede por mucho rato sin caer en la vanidad. Así lo enseñó David Hume en el siglo XVIII, simpático filósofo escocés que fue el mejor amigo de Adam Smith. (Sean estos cinco NO inaugurales una conmemoración del cuarto de siglo del plebiscito de 1988. “PleSBicito”, como dice quien cree que en él se pregunta qué opina a la “pleSBe”, y no a la “plebe”). El tema de esta columna es el affaire Orellana. Suficiente con identificarlo así. Orellana es el quincuagésimo apellido más frecuente en Chile. Según el Registro Civil, hace poco habían 123.619 personas que “tenían ese apellido por delante”, por decirlo así. Una bicoca comparada con las 741.388 que se llaman “González”, el más frecuente apellido chileno. Corriendo el riesgo contra el que advierte Hume diré, eso sí, que NO soy pariente del ciudadano Orellana del affaire. Mi bisabuelo de ese apellido solo tuvo un hijo. Y, aunque mi abuelo tuvo varios hijos e hijas, solo mi padre se reprodujo. Y ese señor Orellana no es ni mi medio hermano. En el contexto de un quiebre matrimonial, Orellana, padre de tres pequeñas hijas y gerente bancario, fue acusado por su ex mujer de sodomizarlas entre 2009 y 2010. Absuelto en un primer juicio, luego de anulado ese fallo, un segundo juicio lo condenó a sesenta años de prisión. Anulado a su vez el segundo juicio, el acusado fue absuelto en la última instancia. ¿Es lo ocurrido motivo de vergüenza o de orgullo ciudadano? ¿Qué ocurrió? Según algunos, una bestia, un degenerado, un monstruo capaz de buscar placer incluso en una relación incestuosa, logró zafar. Los tribunales lo dejaron libre. La “puerta giratoria”. ¿Por qué? Porque pertenecía al sector poderoso de la sociedad. En suma, una vergüenza que indigna a toda persona bien nacida. Según otros, es al revés. Un hombre se enamora de una mujer distinta de su cónyuge. Acusado por esta última del crimen recién mencionado pierde hasta la posibilidad de una relación futura con sus hijas y enfrenta el infierno: las fuerzas unidas del Estado (Fiscalía, Instituto Médico Legal, etc) y la prensa (tanto la sensacionalista como la que se vende por seria y “de investigación”), el maltrato físico y psicológico durante la prisión preventiva (tanto de gendarmes como de otros prisioneros). Al cabo de tres años, es reivindicado. Es un triunfo de la civilización sobre la barbarie. Un razonamiento apresurado, frecuente ante asuntos escabrosos, concluiría que estamos en presencia de un monstruo. Ya sea la despechada y desalmada madre lo es o bien lo es el degenerado y bien conectado padre. Pero, ojo, hay más opciones. ¿Acaso la madre no pudo haber consentido en el abuso de sus hijas mientras el padre permaneció con ella y, cuando la abandonó, romper el pacto de silencio para vengarse? Podríamos estar -¿me sigue?- ante dos monstruos y no solo uno. Lo único cierto es que las tres niñas son las víctimas. ¿Qué ocurrió en realidad en ese hogar? ¿Cuál de las tres opciones recién mencionadas es la correcta? No lo sabemos. Nunca lo sabremos. Para saberlo habría que haber estado ahí. Pero ninguno de nosotros puede estar en todas partes. Ni mantener siempre la atención indivisa y completa en todo lo que ocurre. La vida comienza a civilizarse cuando una sociedad tiene un ordenamiento jurídico separado de la religión y de la moral. Es decir, cuando define mediante las mismas reglas para todos, qué conductas son obligatorias, cuáles permitidas y cuáles serán castigadas, al tiempo que señala cuáles son las penas, quién puede acusar a quién de haber incurrido en ellas, cómo probar una acusación en un proceso y qué instancias dirimirán el asunto. Pero eso no basta. Además tiene que aceptar la inocencia de los acusados hasta y cuando se pruebe en un juicio su culpabilidad. En otras palabras, que es menos malo que, por un defecto en el procedimiento, un culpable salga libre a que un solo inocente sea condenado. Y proveer a los acusados a una defensa de calidad. Tenemos acuerdo respecto a que el incesto y el abuso con fines eróticos de menores de edad son conductas repugnantes, que nunca merecen ser tratadas con respeto y que corresponde castigar. Por eso la ley de matrimonio civil impide que suscriban dicho “contrato solemne” consanguíneos cercanos. Dije “tenemos acuerdo”, pero no me hago ilusiones. Solo el silencio de los incestuosos y los abusadores de menores nos permite dormir tranquilos. Las niñas chilenas comienzan temprano, a los nueve, diez, once, doce o trece años a comprobar cuán frágil es este consenso. Basta con oír al pasar los silbidos, los susurros y los jadeos de los adultos, incluso adultos mayores, para saberlo. No hace falta ver la palmada en el glúteo que un desconocido propina a una “lolita” en la calle. ¿Cuántos de los indignados por el affaire Orellana miran para el lado, en vez de defender a las niñas que son acosadas en la vía pública? Mucho tartufo moral aún cree convencer de su honorabilidad, pureza y rectitud condenando conductas ajenas deleznables. Se sabe, el hediondo no se huele. *Consultor, ensayista y profesor universitario.
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