Niños y jóvenes asesinos: “No sentí ni una huevá”

Alexis tenía 12 años cuando debió asumir el rol de su padre -que cayó preso- en una banda de narcotráfico. A los 14, fue condenado por el homicidio de Erick Guerrero (16), quien también estaba involucrado en la venta de droga. Dice que sólo ahora, que tiene 20, ha logrado entender lo que hizo, pero que cuando mató no sintió “ni una huevá”, que eran sólo las reglas del juego de adultos en que estaba metido. El defensor penal juvenil, Rodrigo Torres, asevera que en medios tomados por el narco es habitual que así sea, que una vez le preguntó a un niño asesino por sus expectativas y él respondió “pero qué futuro, si uno se muere a los 23 o 25 años, los más grandes en mi barrio están muertos o presos a esa edad, y yo para estar preso 10 años, mejor me muero”.

Cuatro tiros a quemarropa, uno de los cuales tuvo un recorrido de 34 centímetros dentro del cuerpo, lesionando a su paso el pulmón izquierdo, el hígado, la vesícula biliar, la vena cava inferior y la novena costilla, donde finalmente terminó su recorrido la bala fatal, recibió Erick Guerrero Díaz cuando, con apenas 16 años, fue asesinado el 4 de mayo de 2008 en Puente Alto.

Erick era un muchacho que no tenía ningún talento especial ni para el fútbol ni para otro deporte, pero sí tenía un don para los negocios: Con 1 metro y 65 centímetros y 90 kilos de peso, el muchacho, conocido como “El Dondo”, era uno de los jefes de los “Los Batos Locos” de la población Independencia de la comuna sur de la capital y era el nexo para el microtráfico con otras bandas del sector entre ellas la de “Los Talibanes” de la Población Esperanza donde el jefe era Gabriel, que tenía en la época 17 años, y que abastecía a la Villa Diego Portales, donde vive aún Gerardo, de 14 años en ese entonces.

Gabriel y Gerardo -conocido en las calles por su segundo nombre, Alexis- asesinaron al Dondo una fría noche de mayo en que el reggetón sonaba, caliente y sin pausa, en la discoteque Acuario de Puente Alto. Allí los dos homicidas se encontraron con la víctima quien los amenazó con armas ya que Gabriel le debía una partida de cocaína que no estaba dispuesto a pagar.

“Era él o nosotros, porque esa noche él andaba cargado, con ‘la seca’ (malas intenciones) ”, relata Alexis al recordar cómo salieron persiguiendo al Dondo, él al volante, para darle caza en una esquina donde Alexis interpuso su auto Hyundai a la moto en que viajaba la víctima con otra persona, que no resultó herida.

-Ahí mi amigo le puso cinco tiros y le achuntó a cuatro y nos fuimos al toque, rajaos. Le grité algo como “hasta aquí llegaste, guatón conchetumadre”, una cosa así. El Gabriel también le gritó un par de huevás. Supimos al toque que nos habíamos piteado al Dondo. No sentí ni una huevá, ni pena, ni nada Yo sabía desde que nos encontramos al Dondo en la disco lo que iba a pasar, por algo lo seguimos, no hay que ser escurrío pa darse cuenta. Si nos iba bien,cagaba él. Si nos iba mal, cagaba yo o el Gabriel. La cosa era así. Hoy me da vergüenza, pero cuando matamos al Dondo, de verdad, la dura, no sentí nada. No recuerdo haber llorado o haberme arrepentido. Me daba lata tener que ir a juicio. Ahora no po, ahora pienso que podría haber hecho todo distinto, que el Dondo era un cabro chico, como yo.

El defensor penal juvenil, Rodrigo Torres, afirma que el análisis de Alexis sobre sus razones para matar son comunes en su medio.

-En las clases más bajas es terrible porque además de no existir una valoración por la vida del otro, no existe una valoración de la propia vida. Hace una semanas tuve el caso de un cabro que mató a otro de seis balazos. Cuando le pregunté “¿por qué lo mataste?” me dijo: “Porque yo estaba sentado en un paradero y este loco llegó y me dijo qué estás haciendo, ¿y qué me tienen que venir a decir a mí por qué estoy ahí? Así es que saqué la pistola y le pegué seis balazos”. Es un cabro que a los 12 años lo dejaban entrar prostitutas a la casa, que lo llevaban a robar al barrio alto porque era blanquito. Cuando le pregunté cuál era su apuesta de futuro me dijo, como si fuera natural, ‘pero qué futuro, si uno se muere a los 23 o 25 años, los más grandes en mi barrio están muertos o presos a esa edad, y yo para estar preso 10 años, mejor me muero’. Si alguien tiene esa valoración de su vida, qué le importa la vida del otro.

De hecho, ni Gabriel ni Alexis tenían grandes expectativas.

Los dos homicidas eran amigos de infancia. Se conocieron en la escuela particular subvencionada Emanuel 49, que en el Sistema de Medición de Calidad Escolar (Simce) promedia 196 en lenguaje y 208 en matemáticas, 50 puntos bajo la media nacional.

En 2008, cuando agarraron a tiros al Dondo, su proveedor de cocaína, ninguno de los dos estaba estudiando y formaban parte del 16,4% de jóvenes en Chile que han abandonado el sistema escolar. En el quintil más pobre, del que tanto Gabriel como Alexis forman parte, la tasa de deserción es diez veces más alta que en el quintil más rico.

EL HAMBRE Y LA DROGA

En el caso de Alexis, dejar la escuela no fue exactamente una decisión, sino más bien una asunto de lógica y supervivencia. Su padre cayó preso por narcotráfico cuando él tenía 12 años y le dieron tres años de condena. Era el mayor de los tres hermanos y aunque su madre trabajaba, ganaba el sueldo mínimo que en 2006 ascendía a $135 mil. La plata no alcanzaba y Alexis no estaba dispuesto a pasar hambre, así es que se hizo chofer de Los Talibanes. Cumplió así cabalmente con las estadísticas: según cifras de la ONG Paternitas en Chile ocho de cada diez delincuentes son hijos de alguien que estuvo preso.

“Claro que a mi mamá no le gustaba verme metido, pero tampoco podía decirme nada, si le hacían falta las lucas, así es que se quedó callá nomás y me dejó. Mi papá me dijo cuando lo agarraron: Alexis, quedas a cargo. Y yo era chico, pero no huevón y entendí que eso significaba ganar lucas y en mi pobla si uno tiene doce y quiere ganar lucas, uno tiene clarito lo que hay que hacer”, dice Alexis, hoy de 20 años y dedicado a ser jornalero de la construcción, el mismo oficio que desempeña su padre. Trabaja, confidencia, cuatro veces más que con Los Talibanes y gana cinco veces menos “ pero nadie me quiere pegar la cortá ni tengo que pegarle la cortá a nadie”.

Mientras Gabriel ejecuta una condena de siete años y está ahora en una cárcel de adultos, Alexis ya terminó con sus cuatros años de condena: dos en régimen semi-cerrado en un centro del Servicio Nacional de Menores (Sename) donde debía llegar a dormir; y dos de firma. Además de eso debió retomar los estudios.

Cumplió con los requisitos, pero en el periodo en que estuvo a cargo del Estado siguió vendiendo drogas. De cualquier forma, el que Alexis volviera a delinquir era algo casi esperable dadas las altas cifras de reincidencia que maneja la entidad fiscal: 36,8% tras el primer año de egreso de los programas de rehabilitación y 50,9% desde el segundo año. La estadística oculta es que “la mayoría de los que estamos en semi-cerrado nunca dejamos de hacer lo que sabemos y los tíos cachan que es así pero se hacen los leso. Cuando me tocaba firmar nomás estuve a tiempo completo con Los Talibanes, hasta que me enamoré de la Fanny y bueno, ella no me dijo na, pero me pegué la escurría y me puse a trabajar”.

-El Sename algo habrá ayudado en sacarte del tráfico.
-Na, está loca, si yo dejé de vender no fue por el Sename, fue…puta que sueno fleto…fue por amor.

Fanny tiene 20 años, es técnico en enfermería y trabaja en el Hospital de la Dirección Previsional de Carabineros (Dipreca). Vive en la casa de Alexis, ubicada en la calle Armando Díaz, en el patio trasero del hogar de una tía del joven. La construcción tiene 45 metros cuadrados y tres habitaciones que se reparten entre seis personas: la joven pareja, los padres de Alexis, su hermano menor, Gonzalo (18) y su hermana de 11. En rigor, están en el 9,1% que la Encuesta de Caracterización Socieconómica (Casen) define como hacinamiento medio –de dos a cinco personas por habitación- y que en los sectores más vulnerables asciende a 17,5%.

Gonzalo es ladrón –ha caído tres veces por robo con intimidación, pero está libre- y no ha terminado el colegio. La pequeña de 11 se salió hace dos meses de la escuela y Fanny está intentando convencerla de que vuelva a estudiar.

-Pero me cuesta hacerla entrar en razón, porque igual acá hay como malas costumbres. A Alexis yo lo conocí vendiendo droga y de a poco lo fui sacando. Con ‘el Chalo’ no hay caso y a mi cuñada chica yo la llevo al mall y le digo: ‘mira, ¿ves esto que me estoy comprando? Es porque estudié y ahora trabajo bien’. Ella me mira nomás, sabe que podría comprarse lo mismo y hasta más rápido si se fuera por el mal camino.

Fanny termina de hablar y se asoma a la puerta un niño de ojos grises y dientes grandes.

-Yo tampoco estoy yendo al colegio. Ya me aburrí.

Tiene ocho años. En su casa, la de adelante, viven 7 personas y hay, además de un televisor pantalla plana, dos libros de lectura que alguna vez recibió uno de sus hermanos cuando iba al colegio. El índice de consumo de literatura de 4,6 libros por persona al año que le asigna a Chile el Centro Regional para el Fomento del Libro en América Latina y el Caribe claramente no considera a la Villa Diego Portales.

– Alexis, ¿tú lees?
– Yo no leo libros, pero sí terminé cuarto medio, por eso ahora puedo trabajar en la construcción.

Comentarios
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