Ya sé que es muy feoperiodista partir con una fecha pero pico. 1999, tengo 13 años y mi universo está dividido en oposiciones radicales: La gente que come helados Savory/ la gente que come helados Bresler. Yuri/Juan Luis Guerra. Lo de los helados, supongo, se entiende. Yuri/Juan Luis Guerra es una oposición evangélica. Los dos, canutos recientes, no son vistos con el mismo amor. Y los que ven son Madre, Padre; Tío Pastor y toda mi iglesia. Dicen: Juan Luis Guerra es un cristiano verdadero. Yuri es tibia.
Ser tibia significa ser canuta más o menos. Y Dios, dice la Biblia, vomita a los tibios de su boca.
-¿Por qué es tibia?, les pregunto.
– Porque canta canciones que van en contra del Señor, hace música del mundo y se sigue vistiendo así.

Entiendo. Así = maraca. Lo que no entiendo todavía, pero lo haré después, es que los canutos no aceptan que llegue un famoso y se convierta así como así. Supongo que el motivo más obvio es no comprarle a cualquiera su amor a Dios. Y, pensando que se le compra más al Gato Juanito o a Pato Frez que -por ejemplo- a Alejandra Herrera, también está la razón de siempre: a las minas se las sanciona por todo (sí, Yuri y Alejandra muestran demasiado las piernas).

Pero el motivo menos obvio es, creo, el más fuerte: ni Padre ni Madre ni nadie de la Iglesia quiere pasar de ser una religión indie a una mainstream. El rechazo feimus es una cara de eso pero no la única. Me acuerdo del sentimiento ambiguo entre preocupación/felicidad de mi (ex) iglesia el día en que se promulgó la libertad de culto en Chile. Felicidad porque qué bueno ser reconocidos. Preocupación porque qué malo ser reconocidos. El reconocimiento trae la masividad. La masividad trae la normalización. Y la normalización, piensan, es como el hoyo.

Cuando los canutos hablan de los primeros cristianos, esos a los que los leones se zampaban en el Coliseo, ponen ojitos brillantes de admiración: la fermosa clandestinidad de la Iglesia primitiva versus la cochina institucionalidad de la Iglesia Católica. Espontaneidad versus cálculo. Fe versus religión.

No sé si es lo mismo pero creo que se parece a cuando uno tiene un espíritu medio pendejo y un poquito sectario respecto a un grupo de música que ama y conoce desde antes que se haga famoso. Es algo así como “siento que el grupo me pertenece/me enfurezco si se hace masivo/si se hacen masivos digo que se vendieron/todos los nuevos fans son unos impostores”. Pero, por otro lado, mientras el grupo aún no es conocido, me dedico a mostrárselo a todos mis amiguitos y a mis no amiguitos y, si a alguno no le gusta, lo encuentro un huea.

En esa histeria se mueve la evangelización: quiero convertir a todos pero no quiero que mi fe la tome cualquiera (o, más exactamente: no quiero que mi fe se transforme en cualquier cosa). Mi hermana -que todo lo sabe- me habla de una parábola que aparece en Mateo 20 y que tiene que ver con eso. Es la parábola de los jornaleros. Se trata de un señor que tiene una especie de fundo que necesita labrar. Contrata a unos jornaleros que empiezan a trabajar muy temprano en la mañana. Después contrata a unos que empiezan más tarde. Y, al final, a otros que más más tarde todavía. Termina el día y les paga a todos lo mismo. Los que trabajaron desde temprano se pican más que la chucha pero el mensaje es el siguiente: el Reino de los Cielos es para todos. Incluso para los que llegan al final.

Y me estoy perdiendo mucho de la especie de conclusión que quiero dar: aunque la mayoría de los canutos no quiere aborto, no quiere matrimonio cola, no quiere asamblea constituyente (leí por ahí, en un diario evangélico, que la sigla AC significa -realmente- “Anti cristianos”. Jijiji.) no es llegar -a lo Iván Moreira- y pensar que por decir “soy el primer senador evangélico” lo van a amar altiro. O pensar, a lo Evelyn Matthei, que por decir que no se va a hacer nada que no diga la Biblia, los canutos van a pensar “ella es mi candidata” (si fuera así, no le habría ido tan como el pico).

Con eso no digo que haya muchos, tipo Hédito Espinoza (a.k.a el Pastor que odia a Harry Potter) que están relacionados con el poder en términos convencionales. Pero hay varios que, igual que mi papá cuando yo le preguntaba qué partido le gustaba, responden:
-Soy del partido de Jesucristo.