Spiniak por Spiniak, 2008

La semana pasada, Claudio Spiniak Vilensky salió de la Cárcel de Alta Seguridad luego que se le rebajara la condena. Lo esperaban afuera protestas, reporteros de distintos medios y una polémica violenta que llegó a plantear, insólitamente, el derecho que tenía a estar libre después de cumplir su condena. No habló con la prensa. Esto que presentamos ahora es un extracto de la entrevista que dio el 2008 para el libro Spiniak y los demonios de la Plaza de Armas.

Hace cinco años, con Ana María Sanhueza -entonces editora de esta revista-, terminamos un libro que se llamó Spiniak y los demonios de la Plaza de Armas, que publicamos con La copa rota y la Escuela de Periodismo de la UDP. Reportearlo y escribirlo nos tomó cuatro años. El último, el 2008, entrevistamos a Claudio Spiniak en la Cárcel de Alta Seguridad, a través de un cuestionario que luego revisamos con él durante la visita y creo que es esa la última entrevista hecha a Spiniak.

¿Cómo era en el 2008? No muy distinto al hombre que la semana pasada salió de la cárcel, creo. Recuerdo que estaba con sobrepeso y que le costaba caminar. Al conversar, era alguien que se concentraba. Con el sistema que tuvimos de revisión, cada palabra valía, cada oración tenía que tener contexto y significado. Sus respuestas estaban llenas de sinceridad. Spiniak el 2008, como ahora, era un hombre que tenía poco que perder ya.

¿Qué conversamos entonces? Supongo que lo mismo que esperaban preguntarle los periodistas que se pasaron en vela afuera de la Cárcel de Alta Seguridad la semana pasada. O los que lo persiguieron por la Costanera Norte y luego por Américo Vespucio.

Esa vez repasamos su inicio en las drogas -dijo que en su peor momento consumía entre 5 y 10 gramos de cocaína al día- y de cuándo fue que todo se desbocó (“se va produciendo un cambio en mis amistades, voy reemplazando mis relaciones sociales por relaciones del ámbito de la prostitución. Me fui introduciendo en un ambiente muy ajeno a lo que era mi vida. Y, rápidamente, se corrió la voz de que tenía grandes cantidades de dinero para gastar. Para ese mundo, que ya existía, yo era un buen cliente. Insisto en que ya existía, pues al leer la prensa cualquiera puede pensar que este mundo nació con mi participación. El cuartel general de los prostitutos se encuentra en la Plaza de Armas. Ahí yo era ampliamente conocido y por lo tanto el nivel de las fiestas. Esto hizo que algunos menores intentaran participar mintiendo en su edad, y yo los despachaba fuera de la casa cuando descubría que estaban mintiendo”) y de sus prácticas sexuales, que siempre fueron del interés de la prensa:

-En este ambiente pude experimentar con mi sexualidad libremente. Indiscutiblemente no me di cuenta que el tema era más profundo y que la solución no estaba en las drogas ni en la decadencia. Hoy tengo clara conciencia de que era un problema de la psiquiatría. Las reglas del juego eran que entre seres adultos, con el consentimiento mutuo, todo es normal; argumento que me permitía convivir con mi problema. Pero no era la solución. Posiblemente liberé mi sexualidad en forma incorrecta e insana, pero tampoco puedo dejar de lado que mi generación fue bastante reprimida sexualmente. Pero nada justifica lo que hice, y transformé mi sexualidad en una anormalidad infinita. Nada era suficiente -dijo.
Lo suyo, insistía en la entrevista, era un problema psiquiátrico. De su famoso viaje a California, contó, pasó a buscar “prostitutos y prostitutas que me castiguen y me humillen. ¿Se da cuenta de que las claves de este gran derrumbe estaban encubiertas, ya en mi personalidad, y como no tuve la visión suficiente para ir donde un psiquiatra, tomé el camino equivocado?”.

Un camino que, dijo, lo llevó al despeñadero. En sus palabras:
-Así, sin darme cuenta, el camino al abismo se abrió a mis pies.

MONSTRUO

Spiniak llevaba cinco años preso cuando hablamos. Estaba en el módulo J, donde en ese entonces se encontraban muchos reos por narcotráfico (“Una ironía conocer el otro lado de la medalla, los abastecedores. Pero para ser justos ellos son generosos y buenos amigos en el sentido de ser apoyadores cuando uno anda “bajoneado”, dijo entonces).

Por ese entonces participaba en clases y talleres, que le valieron la calificación de excelente en conducta que le dio Gendarmería en sus informes. Además, le había ayudado a otro preso a sacar la educación media, con cursos de matemáticas. Explicó que le gustaba ayudar, que le hacía bien, y entonces dijo lo único que le he escuchado sobre su futuro post cárcel y que a muchos enttonces les pareció una locura, y que acaso ahora debe parecerles más irreal: que quería vincularse a organizaciones que luchan contra la droga para contarles su historia, la de alguien que había tocado fondo.

Fuerte, porque choca directamente con lo que en ese tiempo Spiniak ya sabía: que estaba condenado de todos modos, más allá de cumplir los años que la justicia le había echado encima. Cuando le preguntamos por la imagen que la gente tendría de él, más allá de todos los mitos y mentiras que rodearon al proceso, fue tajante y respondió algo que bien pudo haber servido la semana pasada: que su imagen obviamente era la peor y que los responsables eran él mismo y la prensa, que consiguió que lo condenaran de inmediato ante la “Corte de la opinión pública”. Dijo:

-¡La opinión pública habría estado feliz que hubiese sido quemado en la Plaza de Armas al mediodía! Habrían resuelto un problema: el mío. Pero el tema hasta hoy sigue en pie, esto es lo importante y que la sociedad debe enfrentar y resolver.

Y siguió:
-Me convirtieron en un monstruo, sí. Mis encuentros eran con mayores de edad. Se me acusa de que entre toda la gente que participó 4 serían menores de 18 años. Pero en realidad el perfil de los prostitutos (as) oscilaba entre los 18 – 30 años, no tenía interés alguno para mí, dada mi sexopatía, involucrarme con menores. Según cifras del Sename hay más de 3.500 menores ejerciendo la prostitución, no pretendo reducir mi responsabilidad, pero estar drogado y cuerdo es una contradicción vital, creo no haberme equivocado respecto a la edad, pero es posible que por ganar un cierto dinero me mintieran. Es como cuando uno iba al cine a ver películas para mayores de 18 años teniendo 17 pero al cajero se le decía 18 años. No quiero hacer una reflexión no sin antes haberlo meditado muy bien: en Chile existe una incapacidad absoluta para aceptar la realidad y no ver lo sucio de nuestra sociedad, pero es de conocimiento público que en determinadas rotondas de Américo Vespucio, habitantes de los sectores altos, ABC1, van a buscar menores para liberar sus perversidades sexuales. La sociedad no tiene estructuras del punto de vista de la salud pública para dar solución, sanación, a este caso, a estas patologías. Si no fuera así, ¿cómo explicarnos las redes internacionales de prostitución infantil? Está claramente establecido en mi proceso que yo no me involucré con menores, estoy dando un ejemplo sobre algo que es un secreto a voces.

En eso, razón no le falta. ¿Cuánto ha cambiado la realidad de lo que en esos años la prensa y los partidos políticos denunciaban con arrebato diciendo que “lo que importa son los niños”? Casi cero y es una buena pregunta que hacerse.
Pero que tiene una respuesta que, eso sí, no necesita una persecución por la Costanera Norte ni acampar afuera de la cárcel.

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