¿Algunas vez te has planteado dónde están los límites de internet? Un día estás en casa aburrido, dando una vuelta por la Red, cuando, de repente, leyendo blogs y saltando de enlace en enlace, descubres la llamada internet oscura y te adentras en las profundidades de la web. Esas páginas que no salen en Google y que dan acceso a todo lo que puedas imaginar: sustancias prohibidas, medicamentos fuera de circulación o, incluso, asesinos a sueldo para saldar cuentas pendientes de la forma más expeditiva.


Vía Experiensense

Algo así le ocurrió al artista neoyorquino Curtis Wallen. Sin intención alguna de acceder a drogas o matones, descubrió de forma fortuita la ya extinta ‘Silk Road‘, las bondades de Tor, la red que permite navegar por estas webs de forma completamente anónima, y decidió ponerse la bata de doctor para convertirse en el Víctor Frankenstein del siglo XXI.

Inspirado por los planteamientos del ciberactivista Aaron Swartz, que supuestamente se quitó la vida por la persecución de las autoridades estadounidenses, Wallen se propuso explorar los confines de internet y comprobar hasta dónde podía llegar sin desvelar su identidad. Sus pasos le condujeron a lo más recóndito y, una vez allí, pensó que el camino debía continuar y emprendió un proyecto aún más descabellado.

Como primer paso, se hizo con un ordenador en Craiglist, limpió por completo el disco duro e instaló la distribución Ubuntu de Linux en una partición para navegar desde ella utilizando única y exclusivamente la red Tor. Se encargó además de establecer unos sistemas de cifrado para no dejar rastro alguno y, para completar su equipaje, se hizo con algunos bitcoins que le permitieran comprar de forma anónima.

Con todas estas herramientas y posibilidades a su disposición, Curtis Wallen se preguntó: “¿Y ahora qué?”. Quería ir un paso más allá. Crear un seudónimo digital era una meta demasiado fácil y se decantó por algo mucho más arriesgado, que implicaba burlar ciertas barreras legales: daría vida a una nueva persona física, falsa, pero con identidad legal propia.

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Tomo fotos del rostro de sus compañeros de piso, de su chica y de él mismo y, por obra y gracia de Photoshop, creó la imagen de una nueva persona. Eso sí, sin tornillos en el cuello o la cabeza como el engendro de Frankenstein. Para completar su mutación, Wallen generó un nombre aleatorio en base a los 50 nombres propios y apellidos más comunes en Estados Unidos. Su criatura se llamaría Aaron G. Brown, con G. de Gordon. “Así pasará desapercibido”, debió pensar este científico loco contemporáneo, que se sumergió una vez más en las entrañas de la Red para poner en práctica su arriesgada estratagema.

Wallen consiguió para Brown un permiso de conducir del estado de Ohio, una licencia para manejar barcos, le hizo cliente de Comcast (la compañía de televisión por cable más grande Estados Unidos) e incluso le contrató un seguro en una de las firmas más famosas del país, State Farm. Es más, por si aún quedaba algún resquicio que pudiera desvelar su coartada, le apuntó como miembro de la tribu Lipan Apache de Texas.

Aún así, Wallen tenía el temor de que, al abandonar el anonimato de la Red y recibir los documentos en su domicilio, le pudieran relacionar con la persona que había creado de la nada. “Si un paquete llega a mi casa con algo ilícito y yo lo acepto, pero mi nombre no aparece en él, es difícil que me acusen de algo a mí”, pensaba.

No obstante, consultó con un grupo de abogados defensores de la privacidad en internet, que le avisaron de que hacerse con documentación falsa es un delito federal y podría dar con sus huesos en la cárcel. Pese a sus advertencias, Wallen no dudó en seguir adelante con su plan: como no tenía intención de cometer fraude alguno con dichos papeles, el riesgo era asumible.

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