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LA CALLE

11 de Febrero de 2014

La historia del calzón: Un viaje por los antepasados de la tanga brasileña

Vía Revista Don Juan Hoy, casi todas los usan. Más grandes, más chicos, diminutos, para realzar la cola o aplastar el estómago. Generan fantasías y sirven como elemento de seducción. Hay calzones de todos los tipos y colores. Pero no siempre fue así. No siempre fue tan variada la oferta de ese pequeño fragmento de […]

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Vía Revista Don Juan

Hoy, casi todas los usan. Más grandes, más chicos, diminutos, para realzar la cola o aplastar el estómago. Generan fantasías y sirven como elemento de seducción. Hay calzones de todos los tipos y colores. Pero no siempre fue así. No siempre fue tan variada la oferta de ese pequeño fragmento de seda o algodón que media entre nosotros y el placer. Con el paso de los años, cambiaron las modas y las costumbres; variaron los materiales, las formas y decoraciones; sin embargo, en la historia de esta prenda interior se mantuvo la máxima de Montaigne que a mediados del siglo XVI espetó solemne que hay cosas que sólo se ocultan para mostrarlas.

Hubo un tiempo en que el calzón era un lujo. En el antiguo Egipto, las esclavas, de origen árabe o nubio, iban desnudas. Sin nada de nada. Sólo aquellas que por su belleza se destacaban del resto podían usar pequeños slips. La ropa interior era un símbolo de distinción reservado exclusivamente a las grandes damas: debajo de sus túnicas, la inalcanzable Nefertiti usaba otras, transparentes, llamadas kalasyris. Y luego, el shenti, primer antecesor directo del calzón: una especie de enagua, bordada y ribeteada de hilos de oro.
Cientos de años más tarde, las griegas se ponían túnicas abiertas que recogían el cuerpo como un triángulo: el peplo dórico (grueso, sin pliegues) o el chitón jónico (de textura fina y abundantes pliegues). Debajo, nada. Como tampoco usaban nada las espartanas cuando competían en los juegos olímpicos. De allí que las denominaran phainoméridas (las que descubren los muslos). Un elemento más para agigantar la expectativa que producían estas competencias.

En la Roma Imperial había grandes túnicas que cubrían el strophium, versión previa del corpiño, y la zona alrededor de las caderas. “Esta prenda va a originar un curioso vocablo: zonam solvere, que significaba casarse. Literalmente: traspasar la zona”, cuenta la periodista de moda Lola Gavarrón en su libro Piel de ángel, historias de la ropa interior femenina. En esa época, pero en el norte de Europa, era diferente la situación de las mujeres de los bárbaros, que vivían en climas más fríos: lejos de la toga, usaban una especie de pantalones que las abrigaba y les permitía cabalgar sin lastimarse los muslos.

Según el mito, en la Edad Media, al irse a la batalla, los cruzados aplicaban sobre sus mujeres calzones de metal, cerrados con llave. Famosos cinturones de castidad que si bien no evitarían la infidelidad (el sexo oral es tan antiguo como el viento), anularían la penetración a mansalva. Pero lo cierto es que la historia nunca se ocupó en detalle de la ropa interior femenina. Salvo contadas excepciones, lo más importante de un calzón siempre fue la manera en que se podía sacar. No existe una profusa bibliografía sobre el tema. Sí, muchas versiones. En el libro Candados y fajas de la castidad: un aviso histórico y descriptivo, la filóloga francesa Alcide Bonneau cuenta que estos cinturones se inventaron mucho después de la Edad Media; como mínimo, en el Renacimiento. No existen referencias históricas probadas antes del siglo XIX. Y varios museos han tenido que retirar los que exponían al descubrir que eran falsos.

En sus orígenes, estos aparatos se habrían usado como defensa contra posibles violaciones: durante viajes y en estancias nocturnas en posadas. Sin embargo, por las infecciones y lastimaduras que producía el contacto de la piel con el metal, no habrían podido usarse más que por algunas horas, o pocos días.

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