Vía Yorokobu

A lo largo de más de dos años de conflicto, el presidente sirio, Bachar el Assad, ha demostrado que muy pocas cosas le atemorizan. El uso de armas químicas en contra de la población civil, por ejemplo, no figura entre ellas. La risa, en cambio, sí. Su connacional, el caricaturista Alí Ferzat, con sus 62 años y la barba canosa, constituye la prueba viviente de dos hechos irrefutables: uno, que es posible reírse de las dictaduras; dos, que los tiranos tienen toda la razón por asustarse delante de unas viñetas. Pese a que en 2011 los matones del régimen le partieron los dedos de las manos, el artista sigue dibujando desde el exilio y, sobre todo, continúa riéndose, puesto que, para él, la revolución ya ha vencido.

«¿Optimista? No. Soy muy optimista sobre el futuro de mi país»

«¿Optimista? No. Soy muy optimista sobre el futuro de mi país», corrige Ferzat en conversación telefónica desde su estudio de Kuwait. «Lo que está ocurriendo en Siria es algo novedoso. Estoy convencido de que la revolución ganó hace ya tres años, cuando se vino abajo el muro del miedo», explica. Es por esta razón que sus obras preferidas datan de antes de 2011. «Estoy muy orgulloso de mis viñetas que representan a El Assad anteriores a las protestas», dice, «porque siento que contribuyeron a que ese muro se derrumbara». Los manifestantes que salían a la calle armados con sus dibujos en blanco y negro confirman esta opinión.

Ferzat tiene un carácter rebelde, como su ciudad natal. Nació en Hama, uno de los enclaves símbolo de la insurgencia en contra del clan de los Assad y que fue escenario de crueles represalias, tanto hace 30 años por parte del entonces mandatario Hafez el Assad como hoy por mano de su hijo Bachar. Tras graduarse en la facultad de Bellas Artes de la Universidad de Damasco, empezó a colaborar en revistas controladas por el Estado. Sus primeros trabajos ironizaban sobre la burocracia, el Ejército y la corrupción del mundo árabe en general, sin poner la mira en un jefe de Estado en particular para evitar la censura. La leyenda cuenta que hasta Bachar el Assad visitó una de sus exposiciones antes de convertirse en presidente.

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Las caricaturas de Ferzat poco a poco fueron afinando el objetivo a medida que las violaciones de derechos humanos en la región se hacían más frecuentes y evidentes. Esta osadía, sin embargo, le causó numerosos dolores de cabeza, le convirtió en persona no grata en distintos países e incluso hizo que recibiera una amenaza de muerte del ex líder iraquí Saddam Hussein.

«Mis dibujos se han ido desarrollando de acuerdo con lo que pasaba alrededor»

El artista, ganador del premio Sajaróv a la libertad de conciencia en 2011 y una de las 100 personas más influyentes de 2012 según la revista Time, asegura que su trabajo no ha cambiado tras el estallido de las revueltas populares en Siria. «Mis dibujos se han ido desarrollando de acuerdo con lo que pasaba alrededor», insiste. «Al principio, mi objetivo era motivar a la gente para que se pusiera en marcha un cambio, sin calcular demasiado las consecuencias. En los últimos 50 años no se había producido ni una caricatura que representara al presidente. Sabía que era una locura tomar el pelo al poder, pero una vez que has tomado la decisión, ya no te paras a pensar en lo que te pueda suceder».

Aun no reparando en ellas, las consecuencias no tardaron mucho en manifestarse y superaron en crueldad incluso a las imaginadas. La censura se ensañó con su revista satírica Al-Domari hasta su cierre definitivo. Ferzat no se rindió y buscó abrigo en internet, pero la larga mano del régimen le persiguió hasta ahí. Las amenazas de muerte se convirtieron en pan de cada día y el 25 de agosto de 2011 pasaron a ser realidad.

La gota que colmó el vaso fue un dibujo en el que El Assad aparecía al borde de una carretera con una maleta, a punto de darse a la fuga con el ex líder libio Muammar el Gaddafi. Ferzat tenía que pagar. «Fue un castigo para todos. A través de mi ataque, estaban lanzando en realidad un mensaje a todos los intelectuales y voces críticas del país», recuerda el caricaturista. Hace una pequeña pausa y sigue su relato con el mismo tono de voz firme de alguien que ya no tiene miedo.

«Estaba volviendo a casa después del trabajo cuando algunos hombres me empujaron hacia un coche, me maniataron y me cubrieron la cabeza», cuenta. Pese a ocurrir en una de las plazas más céntricas y concurridas de Damasco, nadie le prestó ayuda. Los hombres que le secuestraron, con el rostro cubierto, le partieron los dedos de ambas manos. Mientras le golpeaban con fuerzas la cabeza, la espalda y el pecho, no cesaban de repetirle —según el artista—: «El zapato del presidente vale más que tu cabeza y la de todos los que piden libertad».

«Me ataron las manos tan fuerte que pensaba que me las habían partido», recuerda. Después de dejarle semiinconsciente, le arrojaron del coche a una cuneta de la carretera que une la capital con el aeropuerto. «Debían pensar que estaba muerto», evoca. Los medios de comunicación controlados por el Estado se hicieron eco de su ataque, achacando la responsabilidad a presuntos «terroristas» pero, cuando se enteraron de que seguía con vida, la noticia simplemente desapareció de la circulación.

«Era muy peligroso para mí quedarme en Siria, así que acepté la invitación del dueño del diario kuwaití Al Watan para ir allí y recibir atención médica», asegura el ganador del último premio Václav Havel a la disidencia creativa. «Podrían haberme vuelto a atacar incluso en el mismo hospital». Sus palabras, sin embargo, no revelan ningún tipo de odio hacia los agresores.

Su familia se encuentra actualmente repartida en el extranjero por miedo a una eventual represalia, pero Ferzat no tiene ningún remordimiento sobre su decisión. De hecho, nada más finalizar el tratamiento médico al cabo de unos ocho meses, volvió a agarrar el lápiz. «El ataque no ha tenido el resultado esperado. Al revés. Mis dibujos están cada vez más cargados», insiste. «Mi espíritu de desafío se ha reforzado. Siento que mi vida no se puede comparar con la de un país entero y, a pesar de haber tenido que sacrificarme, ha merecido la pena».

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