La siguiente columna fue escrita por Jaime Parada, concejal de Providencia y activista por los derechos LGBT, el día 4 de enero, a pocos días de la muerte de Luz María Sotomayor. Hoy la da a conocer tras hacerse pública la realción amorosa de Luz con Ana González.

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Hace un par de días murió Luz María Sotomayor, Lute, la “amiga de toda la vida” de Ana González, según El Mercurio; o su “cuidadora”, como salió en varias notas de prensa el 2008, año que murió la Premio nacional de artes.

Todo incorrecto. Todo hipócrita. No era ni su amiga, ni su cuidadora, o a lo mejor: lo era adicionalmente. Porque la verdad sea dicha, era su pareja.

¿Por qué una amiga, por muy cercana que sea, merecería ser mencionada como tal en la necrología de alguien? ¿Por qué llamarla cuidadora, como si se tratara de su enfermera, siendo que ambas estuvieron juntas, buenas y sanas durante cuatro décadas? Simple: por hipocresía. Por miedo a decir las cosas por su nombre. Por una idea de respeto mal entendida en el mejor de los casos.

Todos sabían que eran pareja. En lo personal, lo sé porque Lute era prima hermana de mi madre. Lo sabía, también, todo el circuito teatral santiaguino y para nadie era tabú. Lo sabían quienes me han comentado de la vida marital que llevaron los años que estuvieron juntas. Lo sabía la gente que las veía en la calle, saliendo del departamento de ambas o caminando por el Parque Forestal. Los sabían también quienes vieron a Lute sola durante 6 años, algo ida, algo triste, sentada en una banca del barrio Bellas Artes, probablemente pensando en Ana. Sus amigos, sus cercanos y hasta sus enemigos (Lute era una persona compleja, según dicen) las veían y trataban como lo que eran: una familia. Era público, muy público, aunque no se haya dicho por la prensa.

Acabo de llamar a mi mamá y a una de mis tías para pedirle más datos sobre Lute y sus hermanos. Quería confirmar algo que ya sabía. Uno de ellos, Justiniano, se suicidó en los años 50, “porque era homosexual”, me dicen ambas. “Parece que dejó una carta donde lo contaba”, aclara mi tía al teléfono. Justiniano cargaba con un peso adicional: llevaba el nombre de la familia. Su padre, su abuelo y su bisabuelo fueron hombres públicos, ministros y parlamentarios. Todos se llamaban Justiniano. Hoy me trato de meter en la cabeza de ese tío: él sería el fin de la estirpe y debería cargar con el peso social de aquello. Qué difícil en esos años y ese contexto.

Pienso en los cincuenta, cuando Justiniano se quitó la vida. Pienso en los sesenta, cuando Ana y Lute –quizá- se conocieron. Un medioambiente duro para un gay o una lesbiana, en el Santiago de las apariencias. Tal vez más duro para él, que trabajaba como Secretario de la Cámara de Diputados y, a lo mejor (sólo a lo mejor) menos duro para ella, por desenvolverse en el mundo del arte.

Pienso también en la hipocresía. Con la muerte de Lute se cierra el ciclo de la familia González Sotomayor, o Sotomayor González (como quieran), pero no desparecen los eufemismos con los que fueron tratadas en vida. Hasta el día de su muerte, siguieron siendo las mejores amigas de acuerdo a la prensa.

Al hipócrita chilensis le conviene repetir el discurso de las mejores amigas. Mal que mal, no desordena su reducido universo de creencias. A quienes queremos igualdad social y legal, y en especial a los que pedimos vivir nuestra orientación sexual sin eufemismos, nos parece que el lenguaje sí importa. La forma en que las parejas del mismo sexo sean tratadas incide directamente en su integración a la vida social, alimenta mejores prácticas institucionales y estrecha los vínculos de las propias parejas. Está demostrado.

Lute sobrevivió al Chile homofóbico; no así su hermano. Nos hicieron creer, sin embargo, que ella pasó por la vida sin haber construido una familia, y que vivió y envejeció para cuidar a una amiga como podrían ser muchas. Nada más lejos de la realidad. Nada más hipócrita.