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Carolina, 37 años, abogada en un organismo del Estado.

“Yo estaba en la universidad en quinto año y me trataba con los médicos que hay en el Servicio Médico y Dental de Alumnos (SEMDA) y fui al dentista. Hace días que me sentía mal, me sentía súper cansada, súper mal, no tenía ánimo de nada. Cuando me iba yendo, dije “voy a pedir una hora para el ginecólogo”, porque además la menstruación me había durado como un mes, y era raro. Y me dijeron que podían atenderme al tiro. Me atendió una ginecóloga que todavía hace clases y tiene un cargo directivo.

Me revisó y cuando estaba ahí en la silla me dijo: “¡¿qué te hiciste?!” Y yo decía: “¿hacerme qué?” Y me decía: “Claro, ¡estái perdiendo la guagua!” Y yo ni siquiera sabía que estaba embarazada, ni siquiera sospechaba. Porque para mí esa era la menstruación que me había venido cuando correspondía. Yo le decía que no tenía idea de nada. Estaba llorando porque me dijo que estaba embarazada y que había perdido la guagua y yo no tenía conocimiento de nada, entonces fue bien chocante. Me dijo que tenía que hacerme un examen porque estaba perdiendo sangre y era una infección súper grande y que no sabía qué podía pasar. Yo venía de la universidad al dentista y me iba para la casa, entonces no andaba ni siquiera con un peso. No tenía plata ni para llamar a mi pololo. Entonces hablé con la asistente y me dio una orden para que me hicieran la ecografía al tiro en el hospital que está al lado del SEMDA. Llegué ahí y llamé por cobro revertido a mi pololo, le dije que se viniera y yo lloraba. No sé si me entendió lo que yo le dije, pero resulta que llegó corriendo y la ecografía decía que el bebé estaba ahí todavía. Entonces todos felices.

Llegué a la casa y le conté a mis papás. Porque igual yo ya estaba en el último año de la universidad, estaba hace muchos años con mi pololo y lo único que querían todos era tener nietos. Así que todos felices con la guagua. La doctora me dio reposo, pero un día domingo fui al baño y sangraba mucho. Me llevaron a la urgencia y me mandaron de vuelta con reposo otra vez. Tenía 9 o 10 semanas y seguí en cama como tres o cuatro días más, pero yo sentía contracciones todo el tiempo, sin moverme ni nada. Hasta que un día ya no aguantaba más las contracciones y me llevaron otra vez a la Chile. Llegué a la Urgencia Ginecológica, me pusieron en la camilla y me examinaron. Y ahí la matrona, que era una señora, sacó el feto, me lo mostró y me dijo: “mira, acá está tu guagua”. Y me trató mal. Lo cuento y me pongo a llorar. Han pasado 14 años y me pon go a llorar igual. Es que me acuerdo y me da pena.

Nadie dijo nada. Y habían más personas, era una sala pequeña que tenía una cama y un escritorio. Las otras personas ignoraron absolutamente la situación. Y había más gente ahí. Conversaban entre ellas como: “ay, estas niñitas, que pueden hacer lo que quieren”. No me decían nada directamente, pero la sala era pequeña, era imposible que yo no escuchara lo que decían. Después me puso la guagua en un frasco y la pusieron al lado de mi cabeza, en un velador, todo el rato. Y ahí me dejaron para que me hicieran un raspaje. Me tuvieron en una salita y al lado de mi cabeza estaba el feto. O sea, si a alguien le sacan una piedra del riñón, yo creo que no la dejan ahí para que la mires todo el rato y menos en un caso así. Creo que llegué allá como a las siete de la tarde, porque fue en julio y estaba oscuro. Y me deben haber entrado al raspaje como a las 11 de la noche, y todo ese rato estaba el feto en el velador en la sala. O sea, yo asumo que ellos pensaron que yo me quería hacer un aborto porque yo tenía 24 pero me veía mucho más joven. Entonces quizás pensaron “esta cabrita, qué se quiso hacer”. De hecho la doctora de la primera consulta me preguntó si yo me había metido algo, pensando que me había metido un palillo o algo así.

Al día siguiente ya se dieron cuenta que estaba mi familia, mi pololo, que en el fondo no había sido algo provocado. Se dieron cuenta además que yo era estudiante de la Universidad de Chile y había estado toda la noche llorando, me veían llorar todo el tiempo. De hecho, desde que supe hasta que fue finalmente el desenlace, estuve todo el tiempo en cama y todos esperanzados, hasta me habían comprado cosas de guagua. Hubo gente que fue de buen trato conmigo, el ginecólogo que me hizo el raspaje ese día ha sido mi doctor y recibió a mis hijos cuando nacieron. Hoy tengo tres hijos, de cinco, tres y un año.

Esas personas que me trataron mal, son el reflejo de muchas personas que están contra el aborto y condenan a los demás. Aunque yo viví esta situación, estoy de acuerdo con el aborto de todo tipo hasta los tres meses. Si científicamente antes de los tres meses el bebé no tiene una viabilidad asegurada. Yo nunca me haría un aborto, pero cómo yo voy a privar a la otra persona de su derecho a decidir si lo quiere o no lo quiere. Yo creo que debe existir libertad y el Estado tiene que preocuparse de regular ese derecho de las mujeres de disponer libremente de su cuerpo. Y también el Estado tiene que preocuparse de garantizar el derecho a la integridad física de las personas. ¿Cómo el Estado no se hace cargo de proteger a esas personas y darles un conducto regular para que solucionen su problema? Si acá el problema es que el poder que gobierna es todavía tan relacionado a la iglesia que no pueden desprenderse de esa construcción respecto de los valores que no tiene por qué compartir toda la gente. Si no toda la gente es parte de la iglesia católica o de las iglesias.

Tampoco hay hoy una institución que te de apoyo y te evalúe a ver si tú estás preparada para enfrentar la maternidad, porque es una cuestión difícil. O sea, yo que fui mamá vieja, a los 32 años tuve mi primer hijo, igual cuesta. Aunque yo deseaba con todo mi corazón tener a mi hijo, igual te produce contradicciones. Y estando en pareja, estando casada, igual la maternidad te produce muchos, muchos conflictos internos, aunque la desees con todo el corazón te produce conflictos”.