El regreso a la noche del creador de las Spandex

Las fiestas más underground de los noventa son una leyenda que juntó al red set, la tele y los punkies alrededor de los cubos donde bailaban Jordi Castell y Cecilia Amenábar. Su creador, Daniel Palma, vuelve a esos días de luces, lentejuelas y allanamientos, de jales y el sueño de cambiar Chile, con el sida al acecho. Completamente ciego, el escenógrafo que inventó las Spandex para ayudar a Andrés Pérez, lanza un libro tan evocativo como sus fiestas. Un viaje, sin plumas ni retorno, desde las noches esplendorosas hasta los días de sombras.

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La cosa era más menos así: la juventud chilena o se sentaba a escuchar a un cantautor en Bellavista, o bailaba las canciones acartonadas de Luis Miguel en Vitacura o reservaba su identidad sexual en el Fausto. Los más alternativos, los hijos de retornados, o los que formaron parte de leyendas culturales más políticas como el Trolley en los ochenta, no tenían pista. Pero en el sopor de la noche apareció una refulgente luz de desobediencia, erotismo y glamour, con un nombre moderno y expansivo: las fiestas Spandex.

Dos mil jóvenes se reúnen al interior del fastuoso y derruido Teatro Esmeralda, edificación que aún conservaba los palcos de grecas románticas y el foyer de columnas imponentes, de los tiempos en que en su sala había butacas de terciopelo. Un trío de hombres disfrazados de monjas se sacan sus hábitos y afeitan sus cuerpos desnudos y el house-music se apodera de la pista de baile.

EL REGRESO

Personajes hoy conocidos como la modelo Cecilia Amenábar, la gestora Morgana Rodríguez, el actor Nicolás Allende y el conductor de TV Jordi Castell, empezaron a conocer la fama a pequeña escala como go-go dancers, bailando sobre los cubos. El lugar comenzó a llenarse de jóvenes vestidos-disfrazados en Cero 90, mezclados en una multitud diversa con estilos new wave, darks y punks.

A la poca glamorosa calle San Diego, a pasos de Avenida Matta, llega también la gente linda. Desde Amaro Gómez-Pablos a Los Prisioneros, desde los ahora políticos Andrés Velasco y Marco Enríquez hasta el diseñador Rubén Campos y sus exclusivas modelos. Pero el naciente underground santiaguino tenía un nombre menos famoso: Daniel Palma, un escenógrafo que caminaba por la calle en lycra de algodón gris, short de mezclilla, botas vaqueras y larga cabellera al viento. Hoy se autodefine como “ciego, negro y cola”.

“Yo tenía una visión de las Spandex como una huevada que fue buena, entretenida, pero que fue. Para mí tenía una imagen mítica pero de afectos, de carrete, no le daba mucha importancia. En esta última pasada, en cambio, he cachado que para una generación fue mucho más que carrete, mi lenguaje fue una clave importante en sus vidas”, reflexiona el escenógrafo que le cambió la cara a la noche santiaguina para siempre.

Mal que mal todo ocurrió de improviso, durante el invierno de 1991. La dictadura se había ido sólo formalmente: el dictador a la cabeza del Ejército, un presidente atrapado “en la medida de lo posible”, el miedo y la inercia de 17 años de desamparo cultural y aplastamiento de la vida nocturna seguían haciendo su trabajo silencioso.

LAS TINIEBLAS DE LA TELE

En los años ochenta Daniel Palma era negro, cola después del trabajo y por cierto no era ciego, aunque vivía entre las tinieblas de Televisión Nacional, controlada por la dictadura a niveles terroríficos con la CNI caminando campante por sus pasillos. Egresado de Diseño Teatral en la Universidad de Chile, su juventud transcurrió entre la censura política y sexual.

Para esa época ganaba plata pero su relación con el canal siempre estaba al borde de cortarse. “Siempre me traicionó el subconsciente, en ‘Canta Chile’ una vez me tocó hacer un tema mapuche, puse unas varas cruzadas de eucaliptos y un poncho, una ambientación bien sencilla, casi de vitrina, y entró el Mackenna de Los Huasos Quincheros, que era codirector con Sergio Riesenberg, y empieza a gritar ‘qué hace esa huevada upelienta en el set y que los comunistas culpíos… así nomás, las cosas eran al pan-pan vino-vino”, recuerda.

Su tránsito por la televisión lo llevó a crear mundos que para cualquier niño de la época siguen intactos, como la pandereta de Patio Plum, la casa del Profesor Rossa o la escenografía de Oreja, Pestaña y Ceja, antes que Cristián Campos se convirtiera en el Padre Hurtado. “La tele me dio una experiencia feroz, todos los días trabajando en varios programas, explotado hasta la madrugada. Ganaba plata, así que me iba a tomar un whisky al Fausto”, cuenta.

La televisión fue un gran botín de la dictadura. Y la sentencia de Palma la preparó un general que estuvo algunos meses al mando de Televisión Nacional, pero dejó una larga huella de indignación: “Llegó un día a vestuario con varios ternos para ir al festival de Viña, quería que les hicieran basta, entonces la vestuarista histórica del canal le dijo que no había problema pero, siguiendo el protocolo, le pidió una orden de trabajo. Ofendido, le dio 15 minutos para que agarrara sus cosas y se fuera”.

Poco tiempo después el milico ya no estaba al mando del canal. Pero todavía faltaba una parte de este mal chiste que tenía a Palma al borde de la renuncia. Un día fue a cobrar su cheque y venía la mitad de la plata. La misma situación vivió el ballet, los cómicos, los actores y todos lo trabajadores a honorarios. La respuesta fue que era para pagarle la indemnización al ex director.

“Fue mucho más desagradable que un 11 de septiembre en que me pidieron que me subiera arriba de un bus para hacerle claque a Pinochet y yo figuraba en el baño escondido detrás de un water. Así que en un arranque de furia renuncié, todos me decían ¿qué vas a hacer? Porque la tele era el único lugar… pero justo conocí al Pérez”.

LA LUZ DE ANDRÉS PÉREZ

La vida de Palma cambió de forma misteriosa. Cesante, aburrido, un día, mirando por la ventana de su casa en calle Constitución, parado al lado de un poste vio a un flaco moreno, con la cabeza rapada, unos anteojos pequeños, con pantalones bombachos y un chal hindú. Un marciano en el Chile gris de entonces.

Era Andrés Pérez, que había llegado a Chile desde Francia luego de una residencia de tres años en el famoso Théâtre du Soleil de Ariane Mnouchkine, donde cerró su participación interpretando nada menos que a Mahatma Gandhi en la obra “La indiada”. Pérez era una leyenda urbana y Palma no iba a perder la oportunidad de conocerlo.

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“Él estaba esperando a un amigo, que también era mi amigo, así que salí, lo invité a pasar y nos tomamos un café. Otro día volvió con mi amigo, nos tomamos una de pisco y nos hicimos amigos, pero era una amistad siempre vinculada a un quehacer, no era para juntarse a tomar”, cuenta.

Pérez ya había montado “Todos esos años”, así que lo invitó a trabajar en su próxima obra “Si No”. Palma, que venía de la productividad forzada de Televisión Nacional, no se demoró mucho en tener listo el vestuario de la obra. Acostumbrado a canjear hasta los canastos de mimbres para la tele, el nuevo escenógrafo del Gran Circo Teatro consiguió rápidamente todo lo que necesitaba.

“Fue cambiar el discurso, pasar del peche de la tele a pedir cosas para hacer una obra de teatro callejero, una reflexión sobre el plebiscito, la gente quedaba impresionada. Todos ayudaban, los pantalones de los zanquistas eran unos sacos horribles, pero pintores como Gracia Balmes, Bororo, Nemesio Antúnez, los dejaron preciosos. Estaba impactado, todos estos maestros colaborando gratis, con tanto sentido”.

El día del estreno en el Parque Bustamante, el mayor exponente del teatro chileno levantaba un escenario de la nada, un tenor entonaba el himno nacional sin la estrofa de los valientes soldados, una diablada se acercaba al son de los tambores, el personaje de un milico le entregaba una urna a un personaje que representaba a una viuda, un paco en medio del público miraba la obra, el sol caía y los trajes empezaban a brillar con cientos de pequeñas luces, y la compañía compartía el pan con la gente. Mientras todo eso sucedía, Palma entendía que tenía que seguir esa luz.

Al poco tiempo la compañía estaba trabajando en su próximo espectáculo. Pérez tenía en la cabeza las décimas autobiográficas de Roberto Parra, sobre un amor que dejó en el puerto de San Antonio, una prostituta conocida como La negra Ester, que luego el director convertiría en una de las obras más emblemáticas del teatro chileno.

Palma volvió una vez más a Televisión Nacional pero para vender bonos a 10 lucas para hacer una obra de teatro, que compartiría la Plaza de Puente Alto con los pasturris de la zona sur que pronto se convirtieron en ayudantes. Después de cuatro funciones iban a bajar el telón porque las lucas apenas alcanzaban para tomar los colectivos y comer pan con mortadela. Pero llegó un amigo de Europa para ofrecerle al director que realizara unos talleres, en unos años más, a lo que accedió a cambio del pago adelantado.

La negra Ester pudo continuar y llegó al cerro Santa Lucía. “Ahí los huevones no tiraban gamba y no nos paró nadie”, dice Palma. La escenografía de dos toneladas y media, construida con restos de un prostíbulo demolido, recorrió Chile y Europa cuando no existían los fondos de la Dirac ni del Consejo de la Cultura. “Se evidenció que soñar no era una pérdida de tiempo y que había una metodología para hacerlo. Andrés nos decía que la magia había que dejarla fluir”.

Diferencias con parte de la compañía empujaron a Palma a retirarse. La despedida ocurrió un atardecer de 1989, en Estados Unidos, con la obra recortada frente al muelle de Santa Mónica en Los Ángeles. La compañía volvió a Chile y el escenógrafo a Nueva York, donde había vivido un tiempo en su adolescencia. Allí pudo conocer de grande cómo se vivía la noche en la capital del mundo. Y de pasada, cómo el sida causaba estragos en la misma población homosexual que 10 años antes había visto celebrar en las calles.

EL RESPLANDOR DE LA NOCHE

Mientras Palma trabajaba en un delivery repartiendo sándwiches en los rascacielos de Nueva York, Andrés Pérez instalaba su compañía en el viejo Teatro Esmeralda. Se lo contó por teléfono, cuando le pidió volver aunque no hubiera ninguna obra concreta para trabajar. Como tampoco le renovaron la visa, aceptó y lo primero que volvieron a hacer juntos fue el acto de Purificación del Estadio Chile, usado como centro de detención y tortura por la dictadura.

Pérez tenía un teatro pero no tenía plata. “Había que generar las lucas. Podía ser una completada pero lo encontraba tan ordinario que le dije que hiciéramos fiestas. Le dije que yo me hacía cargo y que no me hueveara. Empecé a trabajar con la actriz Titi Ramírez, con Gladys “Lola” Hervia, con la productora de moda Fernanda Zamora a quien conocía de otras dinámicas y ella me contactó con Jordi Castell, y más la gente de la productora Órbita que había conocido en el Estadio Chile formamos un equipo de producción. Así surge Spandex”.

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El equipo creativo se juntaba en el Prosit, pero si alguna duda cabía de que Palma sería el cerebro y alma de las fiestas, bastaba saber que Spandex no era otra cosa que el sobrenombre que utilizaba cuando vivió con el “Chino” Plaza, también diseñador de La negra Ester, en Nueva York. Palma era esa nueva, expansiva y tecnológica tela y el “Chino”, era el “Lycra”. El concepto que marcaría la diferencia era el de los go-go dancers, que el escenógrafo había visto en Nueva York.

Las fiestas partieron en invierno, los sábados, después de la función de La negra Ester en el teatro ubicado en San Diego con Av. Matta. Al principio se suspendió un par por lluvia pero la gente llegaba igual. Hasta que por fin, con entradas a mil pesos, comenzó una experiencia democrática donde convivieron mundos desconectados como el de las artes, la política, las universidades y las minorías sexuales, que pronto empezaron a mostrarse abiertamente y le otorgaron un sello especial a las fiestas.

“Fue diferente desde la primera”, advierte Palma, “había gente del teatro, del Espiral, de Órbita, del diseño, de la tele, gente linda y los punkies que se juntaban en Vicuña Mackenna. Siempre estaban en la puerta pero no querían pagar, así que en nuestra lógica colaborativa hicimos un trato: dejan sus cadenas en la oficina y desarman la galería del teatro. Así podían entrar gratis. Tenían disciplina de tribu”.

La primera noche llegaron 600 personas, que dejaron sus chaquetas de cotelé en rumas para bailar al ritmo de “Everybody dance now”. A la semana siguiente los conceptos de producción y evento entraron a escena, el look pasó de ropa usada a vintage, con algo de new wave, medio depresivo, a lo lúdico, erótico y exhibicionista. La música bien house, Deee-Lite, C+C Music Factory, también una media hora de punk setentero para las crestas de colores que llegaban. Las chicas del barrio alto se empezaron a producir, medias caladas, minifaldas, tacos. Se empezaron a mezclar las clases sociales.

“Yo creo que se debió a que era una propuesta muy interesante en términos estéticos y de ambiente, y sobre todo la urgencia de tomar aire, sacar la cabeza del agua y respirar, veníamos de una época muy huevona. Yo había estado en Londres, París, Nueva York, y las fiestas eran así, ¿por qué no podíamos tener las nuestras, sin hippies, guitarras y esa huevada depresiva que no daba ni para un polvo? La gente más de izquierda tenía la misma opinión de nosotros que la gente más conservadora, simplemente éramos una manga de vándalos degenerados”.

Una opinión parecida atravesaba un artículo de El Mercurio. Bajo el título “Importan nuevos conceptos para la diversión juvenil”, el artículo describió con conservadurismo lo que ahí sucedía y recogió los testimonios de los vecinos furiosos con los “volados e hijitos de papá”.
Palma recuerda que el día que fue publicado el reportaje, el Teatro Esmeralda se llenó a tal punto que hubo gente que se empezó a pasar de los departamentos que estaban detrás del recinto al techo del teatro. Afuera cientos de personas querían entrar con o sin la plata de la entrada.

“El gobierno de la época hizo varios estudios y concluyó que era mejor dejar a la gallada en guetos porque las fiestas eran disruptivas, peligrosas, un espacio seductor donde se cruzaban diferentes tipos de personas. El reflejo de eso fue que no hubo ninguna fiesta donde Carabineros no llegara a pararla”, cuenta.

El problema para carabineros es que dentro de las fiestas había gente con tifas, diplomáticos y hasta el hijo de un general de Carabineros que se encontró con su papá en una redada. Nadie arrancaba, los gays los agarraban para el hueveo exigiendo una fila en el medio cuando separaban a los hombres a un lado y a las mujeres al otro, porque todos sabían que cuando los pacos se fueran la música continuaría. No existía ni una actitud contestataria ni miedo. Además, tenían un as bajo la manga. Andrés Pérez era muy amigo de Enrique Correa, entonces ministro secretario general de Gobierno.

“Lo llamábamos a las 4 de la mañana, o sea, a qué ministro llamas a esa hora si no es para decirle que se está hundiendo el Bismarck”, dice riéndose Palma. Pero ese mismo año las llamadas dejaron de servir. Andrés Pérez, que nunca estaría más cerca de tener su teatro financiado, no estaba en condiciones de renunciar al espacio, ni a los fondos que el Estado le daba para parte de las giras, ni a su interés de liderar las políticas culturales aún inexistentes.

Como la plata para la compañía se había recaudado hace rato y el objetivo de Palma ahora era político-cultural, se emancipó de la compañía, agarró sus lentejuelas y cubos, y se llevó las Spandex a otro lugar.

EL FIN DE LA FIESTA

La segunda parte de leyenda se escribió en el Teatro Carrera, en el Barrio Concha y Toro, los días viernes. A esas alturas Spandex era una marca y todo el mundo hablaba de ella. Llegaban buses de Concepción y Mendoza con gente que venía especialmente a las fiestas. Incluso algunas las hicieron en Viña durante el verano. Por otro lado las bandas de la escena local, renacidas entre los restos del pop ochentero, pedían cancha. Se inventaron tocatas los días miércoles, las Cama Bar.

En ese tiempo se acercaron a Spandex organizaciones vinculadas a la lucha contra el sida. El equipo de las fiestas realizó la producción de la primera feria en el Parque O´Higgins, apoyados por ConaSida, con tocatas para todos los segmentos etarios y stands con condones, un evento familiar sin la presencia de Carabineros que intentó destruir el mito de que el VIH era “una enfermedad de putas y maricones”.

El futuro estaba abierto pero pronto Palma se estrelló con la realidad. Las fiestas que ya incluían temáticas como el sida, estudiantes y minorías sexuales, y donde Palma hacía el Show del Condón -enseñando junto a sus performers Carlos Moreno y Carlos Franco, entre otras cosas, a poner preservativos con la boca-, empezaron a ser mal miradas por la autoridad. Pronto el Gobierno los sacó de los eventos de prevención y, paradójicamente, el sida se instaló en su círculo.

El acoso policial se hizo más fuerte y, como por arte de magia, el red set desapareció. Algunos de los miembros del equipo organizador también se retiraron. “Nos empezamos a poner más rebeldes, más marginales, en ese tiempo no estábamos atravesados por la droga como el underground europeo, pero con ese nivel de producción pronto entró el jale con todo”, recuerda el gestor.

Precisamente Carlos Franco fue el primero en contraer la enfermedad. “Pero no te preocupes me dijo, a ti no te va a dar porque tú eres bueno… y yo le creí, jajaja”, cuenta el escenógrafo. Años antes había visto morir un enfermo frente a él, cuando fue a dejar un sándwich a un hospital en Nueva York. Ahora la enfermedad empezaba a tomar los rostros de su círculo más cercano.

Luego de algunos años, los mismos en que la iglesia cambió su discurso de la reconciliación por la crisis moral, las fiestas se acabaron definitivamente. La Oz empezó a llevar los shows de la Spandex y tras la Fiesta del Sexo Seguro o que le hace el agua al pescado, el dueño del Teatro Carrera firmó un documento notarial para que no se hicieran más fiestas.

En 1995 Palma se hizo el examen por primera vez y se sacó el “premiado”. Aunque Palma tuvo la ayuda de sus amigos y su hermana, se realizó la triterapia y volvió a trabajar en teatro con Andrés Pérez, en el vestuario de sus obras y también en televisión. Pero un herpes en los ojos le fue quitando la visión hasta que definitivamente la perdió hace un par de años. En la oscuridad Daniel Palma pudo ver con claridad qué significó para él y un país ese fulgor qué le dio sentido a una época maldita.

De eso trata el libro que lanzará el jueves 17 en el GAM. Se llama Hijos de la trampa (Asterión Ediciones) y es el resultado formal de un taller con Pía Barros, y también espiritual, pues relata sus vivencias con tres amigos que se llevó el VIH: Andrés Pérez, Carlos Franco y Andrés Pavez. En el libro Palma se desdobla como narrador y personaje, el Ciego.

“El objetivo del libro es recordar a los amigos, gente tan importante como Andrés Pérez y tan anónima como Carlos y Andrés Pavez, todos golpeados traicioneramente por el sida. No digo que no es nuestra culpa, pero nos agarró muy sólidos en términos artísticos y muy vulnerables socialmente. Fue una mala muerte, súper poco glamorosa y poco solidaria”, reflexiona.

Después de muchos años sin volver al Teatro Esmeralda, Palma se para en la puerta de ese lugar mítico para ver si da para unas fotos delante de las columnas fastuosas. Por la rendija se ve que es una bodega y tiene un techo falso. Afuera recuerda inagotables historias como la del paródico show que hicieron en homenaje a Michael Jackson cuando vino a Chile y sus roadies se fueron indignados, y otras que aún no se escriben. Y aunque no pierde el sentido del humor sabe que en el retrato de ese Chile de la Transición que atraviesa su libro no hay un arcoiris.

“Es una experiencia de vida que a todos nos sirve, de hacer política desde el teatro, pero también de una decadencia tan fuerte desde que ganó el No, de la que nos dimos cuenta recién en 2011 con el movimiento estudiantil. Todos queríamos abrir las alas y despegar, vivir la democracia con dignidad, algo que estaba en nuestros sueños, pero no en la realidad. Una paradoja de lentejuelas pero con una política rastrera. Esa fue la trampa”.

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