Jaime Lepé, amigo íntimo de Lemebel: “En los planes de Pedro no estaba morir”

Lo conoció cuando todavía se llamaba Pedro Mardones y era flaco como Fido Dido. Cuando se pasó a llamar Pedro Lemebel cultivaron una amistad que perduró más de cuarenta años, la que tuvo sus altos y bajos, y que aquí recuerda con nostalgia.

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¿Cuándo se conocieron con Pedro?
-No sé si en la primavera del 72 o el otoño del 73. Yo tenía 14 años, y él 20. Fue una situación realmente chistosa. Yo tenía una gata siamesa a la que sacaba a pasear. Un día con una amiga y mi gata estábamos en un café en el UNCTAD, y llega este personaje flaquísimo, alto, como un Fido Dido, con cejas a lo Marlene Dietrich, y me dice: “uy, ésta, sale a putear hasta con el gatito”, ja, ja, ja. No le respondí nada, la dejé ser. Esa fue la primera vez que vi a Pedro.

¿La amistad surgió al tiro?
-No, después nos volvimos a ver por ahí. Después del Golpe, no me lo encontré hasta el 74. Tampoco era que éramos “los amigos”. Pero lo llevé a mi casa a tomar once. Por supuesto, el Pedro personalizaba los propios miedos de mi mamá. La preocupación que yo fuera a ser gay, siendo que ella tenía muchos amigos gays. Una cosa era que ella tuviera amiguitos mariquitas, pero yo no podía tener amiguitos mariquitas. Pero, cuando ella resolvió sus propios temas, se quisieron mucho.

¿Qué tenías en común con Lemebel?
-Había una afinidad hasta astrológica: él era escorpio, yo piscis. Somos de la tríada de agua. Tenemos los planetas transpersonales. Y, bueno, no quiero decir ciertas cosas, pero era otro Chile, no era tan internacional ni tenías tanta ropa que elegir. Y, bueno, no las había más regias, más volás, más a la moda, más de avanzada, como nosotras.

Se creían la muerte…
-Ja, ja, ja. Sencillamente, vivíamos la nuestra.

Conociste a Pedro cuando era Pedro Mardones. ¿Era muy distinto a Pedro Lemebel?
-Pedro Lemebel podía darse el lujo de ser todo lo mala onda que podía ser. No le importaba ninguna huevada. Por eso siempre digo que me cambiaron al amigo, ja, ja, ja. Igual nos decíamos cosas horrorosas, como parte de un humor negro, pero sin malas intenciones. Entendí que esto de enojarnos era parte de un juego y me encantaba también. Así aprendí a requererlo. A Pedro no le importaba ninguna huevada. Se cagaba en las formas.

Era como una diva.
-Como una diva punky. Si le caías mal podía escupirte en la cara. No se arrepentía de nada. No estaba ni ahí con esa cosa piadosa cristiana…Vi toda esa transformación que tiene que ver con la escritura del Pedro que toma un canal como la crónica. Pedro Mardones era más jipi. O sea, muy buena onda, más sociable. Era más aventurero, pero eso no se lo quitó nunca. Y lo de vivir tanta fiesta, le pegó bastante. Pero ahí me pierdo. La historia de la farra no me interesa tanto. Todo lo contrario: siempre intenté que Pedro viviera de una manera más saludable.

¿Y te pescaba?
-Imposible. Lo único que lo cambió de eje fue saber de su enfermedad.

¿Por qué lo querías llevar por una vida más saludable?
-Era mi onda, nomás. Él de repente me encontraba media fome. Había otras que lo entretenían más yo, porque lo acompañaban a todos los hueveos, donde estaba todo pasando… Pero Pedro se tomó su primer ácido conmigo.

¿Y lo pescó bien?
-Lo pescó bien. Yo estaba en esa línea de lo chamánico, de ciertas drogas, como vía de iluminación espiritual desde los 17 años. Y Pedro quería probar. Andaba en otras lides, pero conmigo se conectaba bien. En Buenos Aires, hicimos yoga y meditábamos juntos. Pedro hace muchos años frecuentaba un templo hinduista. Iba a meditar a las ceremonias de plenilunio. No es que se haya puesto hinduista ni místico. Pero las experiencias chamánicas lo cautivaron en el último tiempo y lo ayudaron bastante a su fuerza interior, a afirmar sus propósitos de repente de no tomar.

¿Y le resultaba?
-Cuando hacia esta experiencia podía dejar de tomar dos meses. Pero vivía en la calle del pecado, pos, niña. Y con una botillería al frente más encima. Si la otra no era Jesucristo tampoco. La tentación estaba ahí.

¿De qué hablaban con Pedro?
-De cosas domésticas, amores pasados, de recuperar nuestro pasado. Porque ésta confundía todas las fechas. De vieja sería, ja, ja, ja Hablábamos de los lugares, del Santiago antiguo. A él le gustaba mucho la música de la Nueva Ola, la que a mí me enfermaba. Le encantaba una mina, de Puente Alto, una gorda que se llamaba Carmen Maureira. Ponía esa música que enfermaba. Pero a él, uf, uno no podía tocar una perilla de su equipo musical. Si lo hacías, significaba la expulsión de su casa por unos tres o cuatro meses. Una vez me sacó cagando por cambiársela. El cambio más heavy de Pedro viene después que muere su madre. Le costó mucho superar esa pena. Fue la pérdida más grande que tuvo. Quizá con algún novio del pasado se abrió las venas. Por suerte, el tema de los novios no fue tanto. Con su madre tenía una relación muy estrecha. Violeta era una persona muy amorosa, muy afable, y lo aceptaba.

Con el resto de su familia, ¿cómo se llevaba?
-Con el padre, más bien, no se hablaba del tema. Pero es parte de una generación que era así. Los padres esperaban más de sus hijos hombres.

Pedro tenía fama de lacho…
-Sí, donde le sonreían, era matrimonio vía Normandía, ja, ja, ja.

Pero nunca se le conoció pareja.
-No, pero es que pasaban rápidos. No fue de amores largos. A nosotros no nos gustaban las locas y huíamos de ellas. Era complicado encontrarse con el otro sexo. Nuestro objetivo eran los hetero. Eso era algo que compartimos: el no haber sido tocados por la gracia del amor de pareja. No porque no queríamos, sino que no se dio.

¿A él le habría gustado tener una pareja estable?
-Es que eso te lo han metido por todos lados. Por suerte, cuando uno deja de creer en esa historia del amor y la pareja, no te afecta. Acostumbrarse a vivir con otro en su casa, no.

Por lo que cuentan sus amigos, Pedro no quería morirse.
-En los planes de Pedro no estaba morir. No existía la palabra muerte. Se aferraba muchísimo. Y dio la batalla. De hecho, Pedro debió morir muchos días antes. Era una fuerza que nadie sabía de dónde salía. Se te partía el alma. Todo esto me tiene sumido en una tristeza muy grande. Pero sé que está mejor que antes. Era sobre humano la situación que estaba viviendo. Él debe haber puesto mucha fuerza para no dejarse ir.

¿Dejó muchos planes?
-Quería ir a Petra. Quería terminar unos libros. Pero sobre todo quería seguir viviendo.

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