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Una de las características de las sociedades capitalistas de nuestro tiempo, o sea, del mundo entero, es que todo, todo, absolutamente todo, acaba transformándose en industria, es decir, en actividades que mueven grandes cantidades de dinero y que resultan muy lucrativas para sus dueños y para otros actores del respectivo sector.

La salud, la educación, la previsión –al menos en nuestro país– se transformaron hace ya tiempo en industrias, lo que poco tendría de grave si no se tratara, en los tres casos, de satisfacer derechos fundamentales de las personas. De acuerdo: el Estado no es el único responsable de los derechos humanos, pero de allí a externalizar casi por completo la satisfacción de éstos –y no sólo privatizarla, sino además mercantilizarla– hay un largo trecho. Externalizar es lavarse las manos. En el propio sector privado, los bancos ya no responden por la lentitud y torpeza de algunos de sus cajeros. Cuando un cliente protesta, la respuesta es simple: no son empleados del banco.

El fútbol, que es juego, deporte, pasión, locura, vía de escape, terapia, neurosis, savia, toxina, bálsamo, hipnosis, asfixia, atadura, aire, causal de divorcio, medicina con claros efectos secundarios, cable a cielo, principal amistad de la niñez y hasta de la vida entera, materia literaria e inagotable tema de conversación, se transformó también en industria, es decir, en algo que tiene que ver ante todo con el dinero. No está mal el dinero. Todos queremos llevar algo de él en el bolsillo porque es una convención necesaria para adquirir lo que nos gusta, sea comida, ropa, libros, licor o entradas para el mismo fútbol. Pero que el dinero se haya transformado en amo y señor de prácticamente todas las actividades humanas, mientras lo demás se inclina ante él con sumisión completa, debilita y hasta empobrece el gusto que podamos tener por esas actividades. De la hípica se habla también como industria, y es cierto que mueve no poco dinero, pero cuando los fanáticos llegamos a un hipódromo lo que sentimos y vivimos allí es otra cosa, algo así como una excitante fatalidad compartida por una comunidad de ilusos que esperan que los caballos cumplan con los deseos que no les cumple la vida.

Lo malo del fútbol no es que venda entradas, sino que todo en él se vende. O se roba. Hasta el cuerpo de los jugadores se vende, nalgas incluidas, transformados en paneles ambulantes que exhiben todo tipo de marcas. Ni qué decir del buzo de algunos entrenadores –partiendo por el nuestro– en el que no queda un centímetro sin ocupar por la marca de una cerveza, una bebida de fantasía, un banco, una línea aérea, una tienda de artículos de construcción, una industria de cecinas, y así. Aunque hay cosas peores, como leí en un libro de Grinor Rojo, puesto que ya la intimidad del living de las casas se transforma a veces en punto de venta de ropas y mercaderías. También es frecuente que propietarios de departamentos cubran la fachada de sus edificios con enormes lienzos publicitarios de cosméticos o universidades.

Sí, el fútbol es también opio del pueblo. Es decir, fuente de algo parecido a la evasión y la dicha. Bienvenido entonces, a pesar de que hoy destaquen más su condición de industria y las oscuras y salvajes actuaciones de sus máximas cabezas. La Copa que empieza a disputarse en nuestro país, con ser una industria, nos aliviará un tanto del enorme peso que en el último tiempo nos han dejado caer otras industrias también poco transparentes: la industria de la política y la industria de la elusión y evasión tributaria por parte de grandes contribuyentes, acompañada esta última de legiones de ingenieros comerciales, abogados y contadores cuya especialidad es que los más ricos paguen menos impuestos que los que les corresponden. Universidades que se hacen llamar públicas ofrecen hasta programas de Magíster en esa especialidad.